sábado, 7 de agosto de 2021

EL INSTITUTO CELIA VIÑAS


EL INSTITUTO CELIA VIÑAS. Mi pésame, arquitecto Rojí.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 30 de noviembre de 2020. Ilustración del autor.

"Almería, primavera de 1931. Vestidito de Escuela de Artes yace el edificio del Instituto Celia Viñas en su cuna cuando alguien se acerca y sin miramiento alguno, le arranca la corona de su escudo, la de la monarquía de Alfonso XIII que aprobó y realizó su proyecto. Al poco vuelve el agresor y le encasqueta una corona republicana al escudo del rey. Y quedó para quitar los espejos: horrible, como si a un obispo vestido de pontifical le calaran un sombrero cordobés. Dos cosas incompatibles unidas por un tonto para que, juntas, hicieran el ridículo. Y en eso siguen.

Y del tonto al malo. La segunda agresión, el obús con el que la escuadra alemana le saludó el amanecer del 31 de mayo de 1937 reventándole el laboratorio y las ventanas de la última planta.

Y del malo al cerrado. La tercera fue en los años 80: el enrejado de los bajos por la seguridad decían, entiendo que de asegurarse víctimas en caso de evacuación.

Ahora sufre la cuarta agresión: el ascensor y la rampa de discapacitados, mejora doble y agridulce: buena de fondo, mala de forma. Aunque la cirugía para el ascensor produce graves heridas, no son estas, por interiores, muy agresivas en lo estético. Al contrario de lo que acontece con la intervención en el exterior; una cirugía que no quita sino pone, causándole un daño significativo a la portada monumental del edificio, al añadirse una sólida escalera adelantada que elimina el primer tramo de escalinata, recibe la rampa de acceso y acaba enterrando a la vista las basas de sus columnas.  

Una actuación que debería ser de acero y vidrio para aligerarla de "peso", hacerla "transparente" para que parezca que no está; y si está que parezca provisional, como las terrazas cerradas en los bloques de pisos: con aluminio, madera, cristal y una fe infinita en ser eternas.

No voy a decir que como sorber y soplar, pero compaginar estética con funcionalidad siempre ha constituido un reto de aupa para el proyectista y quizás por ello haya sido inevitable una actuación como esta; puede ser… pero aún así me resisto a aceptar como única solución la de la puerta principal y no la del patio o la de la Rambla, en donde la agresión hubiera pasado casi desapercibida, que es la primera obligación de todo parche. Quiero creer que alguno de estos dos males menores habría sido, eso sí a regañadientes, el aceptado por el arquitecto creador. 

Nacido en Valladolid en 1878, Joaquin Rojí y López-Calvo marchó a Filipinas dónde había sido destinado en 1883 su padre Alejandro Roji, ingeniero militar quien con la ayuda del gran maestre Morayta, sembró de logias masónicas la isla de Luzón.

Inclinado al arte desde la niñez, a su regreso de la colonia en 1893 trajo una abultada colección de dibujos costumbristas y de paisajes, en cuyos temas continuó en  Madrid, llegando a concurrir a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1899, cuando era alumno de su Escuela de Pintura y de la Superior de Arquitectura en la que se tituló en 1901.

Si caer en la pintura es un riesgo en el que está siempre un arquitecto, lo contrario es una rareza; pero eso fue lo que ocurrió con nuestro artista: del caballete pasó a la mesa de proyectos. En buena hora. De pintor mediocre a arquitecto de fuste, ecléctico, barroco, modernista… y siempre excelente y ahí está su premiada obra para acreditarlo. La mayor parte de ella en la villa y corte, siendo su creación más conocida la Embajada de Italia, primitivo palacio del marqués de Amboage, un opulento indiano que le encargó también el edificio Plus Ultra, en la plaza de las Cortes, y el de Canalejas 6.

Su labor en Madrid no le impidió, como a las compañías de teatro, hacer sus giras por provincias, de las que surgieron obras tales como el edificio del instituto de Pontevedra y el de nuestra Escuela de Artes y Oficios, el cual anduvo como tal un par de décadas hasta que en 1951 fue esta trasladada en intercambio con el Instituto, al convento de los Dominicos, pasando así a ser Instituto Nacional de Bachillerato, luego Celia Viñas y ahora "El Celia", para los que tutean y no leen a la célebre poetisa.

Por el testimonio de la familia de Carlos López Redondo, director de la Escuela de Artes de Almería, buen pintor y pieza fundamental del proyecto, me consta el ser la nuestra una de las obras preferidas del arquitecto y de ahí su seguimiento jamás  delegado, sus visitas durante los ocho años de construcción, con más frecuencia de lo deseado por el contratista Joaquín López y por el herrero Salvador Carmona, cuyos nietos aún recuerdan, de haberlo oído en casa, la desazón que  les producía la noticia de su llegada.

En 1930, a los veinte años de haber sido proyectada, se concluyó la obra y el 30 de noviembre de 1931 tuvo lugar su inauguración, vergonzante por la miseria de los políticos, ocupados en cambiar coronas por medallas. A los tres meses su creador se fue de Madrid al cielo el 3 de marzo de 1932. Y ahora van tras él otros trozos de su querida obra. Mi pésame, arquitecto Rojí."


¿ES EL ÁGUILA FRANQUISTA?







¿ES EL ÁGUILA FRANQUISTA?

Artículo de José Luis Ruz Máquez publicado en el periódico Diario de Almería de 19 de enero de 2020.


"Desde que la ley de la Memoria anima a la eliminación de los vestigios de la dictadura, una larga cuerda de lápidas, rótulos y esculturas... camina hacia la nada y con ellos el escudo del águila, un símbolo más del estado que del franquismo, convertido por su omnipresencia y longevidad en la representación de una época vivida, que está ahí y es imborrable por mucho que nos pese.

Sin pretender el enaltecimiento de nada ni de nadie, solo en mi condición de heraldista quiero manifestar desde estas líneas el convencimiento de que autorizar la desaparición del escudo labrado fue un error, un flaco servicio al patrimonio, que se vio con ello  privado de unas obras, si no de arte, sí de buena artesanía, una obras  concebidas como elementos importantes de los edificios a los que blasonan y sensibilizan histórica y estéticamente. 

Unas obras que conservadas cara al público podrían valer más por lo que hablan que por lo que callan, del mismo modo que por toda Europa hay muchas con connotaciones negativas que se mantienen -y aún se visitan- como ejemplo de lo que no se debe de hacer. En mi opinión hubiera sido positivo mantener los blasones en sus sitios, con unos letreros explicativos de su origen y su motivación, ayudando con ello al ejercicio de la memoria, facultad importantísima a la hora de no repetir yerro. 

El escudo de 1939 es un blasón que apenas se diferencia heráldicamente del tradicional de España. Es el mismo del reinado de Isabel II y de la primera república y lo es en lo fundamental, en los cuarteles; sólo en los adornos exteriores, lo secundario de un escudo, se pusieron elementos digamos que "nuevos" pero que ya habían formado desde antiguo parte de la historia heráldica española: la corona, el yugo, las flechas y el águila de San Juán de los Reyes Católicos y las columnas Plus Ultra de los Austria. 

No puede ser más aséptico: no hay en él ni un sólo símbolo franquista. No aparece el escudo personal del dictador, ni las flechas falangistas ni el aspa de la tradición... no hay otra aportación que  la nada escandalosa  desiderata "Una Grande Libre". Así pues el escudo del águila no fue creado para Franco; fue el escudo de la nación y por tanto la representación del estado de entonces.

Los tiempos constitucionales trajeron un nuevo escudo para España y en consecuencia quedó abolido el del águila que, faltaría más, dejó de ponerse sobre la bandera, la moneda, el papel timbrado, el título académico... sin que esto supusiera el borrado del escudo en los documentos oficiales ya existentes. Una labor irrealizable por inmensa que, en cambio, está siendo posible con el escudo de piedra que se ve así pagando el pato del cambio, cuando no lo hace el edificio al que blasona que sí que constituye con su utilidad y uso un auténtico enaltecimiento del que lo mandó construir. Una práctica generalizada en toda España que tiene en Almería el ejemplo de los edificios de las antiguas sedes de Previsión y del Gobierno Civil que con cambiar el escudo del águila por el actual, cumplieron con el único trámite para seguir en pleno uso.

Esta iconoclastia llevó a situaciones ridículas tal como la del escudo de la antigua Escuela de Artes, hoy instituto Celia Viñas. El edificio fue concluido en los últimos días de Alfonso XIII e inaugurado en los primeros  de la república. Las nuevas autoridades para que la obra no pareciera monárquica -que lo era y en su totalidad- recurrieron a una chapuza: del escudo completo de Alfonso XIII borraron las lises de Borbón y desmontaron la corona real sustituyéndola por la mural; de este modo, más simple que sencillo, lograron el involuntario contrasentido de dejar bajo la protección de la corona republicana a todas las casas reinantes de Europa, figurantes en el escudo de aquel rey. Y así permanece sin que hasta ahora nadie haya exigido el apeo de la corona republicana ni su sustitución por la real.

Este respeto al que no respetó, sirve de ejemplo de tolerancia para con estos símbolos. La propia Iglesia dio fe y la da -es lo suyo- de ello: mantuvo y mantiene íntegro, sin oposición de la monarquía ni del franquismo, el escudo de la primera república blasonando la fachada del palacio episcopal. Como muestra de tolerancia de la república fue también el mantenimiento del gran escudo borbónico que coronaba, y corona, el cuartel de La Misericordia.

Pero no parecen estos, tiempos de clemencia. Poco a poco ha ido desapareciendo el escudo del águila de la Delegación del Gobierno, de las Claras, de Previsión… y ahora parece tener las horas contadas el de la Escuela de Arte. Es una buena labra que merecería, desde luego, el indulto.

Y es que no podemos tratar de resarcirnos de los agravios emprendiéndola con los símbolos, dando gran lanzada a moro muerto, peleando con lo que antes fue poder y fuerza y ahora es nada. No podemos quedar como el niño humillado que da airados puñetazos al aire cuando ya ha desaparecido el bravucón de la clase que le guanteó."

NI SOL DE PORTOCORRERO... NI DE VILLALÁN


NI  DE  PORTOCARRERO... NI DE VILLALÁN.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 1 de diciembre de 2019.

"Con cansina regularidad, reaparece en estos días el nuevo descubrimiento de la pólvora referido al hermoso sol esculpido que anima la fachada levantina de muestra catedral y, en concreto, a si el mismo es del obispo Portocarrero o del obispo Villalán. 

A  sabiendas de que no está bien la autocita, acudo a lo que escribí al inicio  de los 80 y que en parte acabé publicando en la década siguiente en mi libro <Heráldica Eclesiástica Almeriense>.

En los años sesenta y setenta abundaban en Almería los cuentistas históricos especialistas en suplir la ignorancia con la falsedad osada y a los que nada se les oscurecía a la hora de identificar y atribuir;  lo mismo inventaban la casa de Espronceda que cogían un grabado romántico de una puerta árabe y lo convertían en la del Mar de Almería o decidían convertir lo que hoy es el Archivo Histórico en palacio de Almansa, ignorando que Espronceda fue solo diputado, no vecino, de

Almería, la puerta era la del Sol de Toledo y el palacio el del marqués de Torrealta…

Pues uno de estos falsarios, rodeando un día los muros exteriores de la catedral, descubrió en la capilla del Cristo un sol grande,  animado y radiante,  y en la torre  otro, también animado y radiante, pero pequeño, casi incrustado en el escudo del obispo Portocarrero.

Y aquella lumbrera no tardó en sacar una conclusión: ambos soles eran una misma cosa; sin reparar en la mucha diferencia de años en que fueron tallados y, por supuesto, ignorando que el grande era exclusivamente ornamental y solo alusivo a la  fachada del Sol, y que el pequeño era pura heráldica, la figura secundaria de un blasón que, como tal, se refiere siempre a familia, a persona.

Blasón que en este caso era el  de Portocarrero como obispo y también el de su linaje.  Pero el historiador presunto desconocía también que el obispo se llamaba en realidad don Juan del Castillo Portocarrero quien  no usaba el primer apellido pero sí se cuidó siempre de representarlo en su escudo, poniéndolo en el cuartel  principal, relegando al segundo el ajedrezado que le correspondía por su línea de Portocarrero.

Así pues, el sol del escudo que Portocarrero puso en la torre en 1613 era el sol que  el obispo llevaba en su escudo por su linaje de Castillo, siempre representado sobre un castillo que se acompaña de dos leones.

De haber conocido esto el historiante y sus seguidores hubieran bautizado  el sol de levante de la catedral como "!El Sol de Castillo!" algo que hubiera añadido más leña -de alcornoque, por supuesto- al fuego de la tonta polémica que hoy nos ocupa.

De triunfar la atribución caprichosa del sol de la fachada a Portocarrero quedaría injustamente maltrecha la fama del virtuoso prelado,  al que sabemos incapaz de la indelicadeza de poner -agrandada y orlada de flores y cintas- una figurita secundaria como es el sol de su escudo en una obra que nada le debía, en la capilla enterramiento de su antecesor don Diego Fernández de Villalán, muerto más de setenta años antes que él…

Por otra parte si Villalán hubiera querido dejar su huella en el exterior de la capilla habría dispuesto poner allí no un sol, sino su escudo de perros, lises y veros, tal como hizo en su sepulcro así como en el cercano Cubo y en todas las partes notables de la catedral.

No hay, pues, que buscar fechas ni escritos ni,  por supuesto, parecido entre los soles, pues por similares que estos fueran -que no lo son- nada significaría. Ningún parentesco tienen estos dos soles pétreos; uno es, como digo, un sol simbólico y ornamental mientras el otro, el del escudo de la torre, es puramente heráldico, un sol que -por cierto- ya brillaba en el escudo familiar de los Castillo muchos años antes de que naciera el obispo Portocarrero...

El año que viene otro nuevo descubridor de la pólvora volverá con la matraca peregrina de que el sol de la catedral es de Villalán o de Portocarrero, cuando  !ni de Portocarrero es… ni de Villalán tampoco!

El bellísimo astro que tan felizmente reina sobre la fachada oriental de nuestra catedral no es de ningún obispo; es hijo de la sensibilidad del artista que lo ejecutó -parece que Juan de Orea- y del cabildo eclesiástico que lo encargó a mediados del siglo XVI y se debe, sólo y exclusivamente, a su ubicación en la que recibía en su cara oronda los primeros rayos solares. 

Los mismos rayos que dieron nombre a la  desaparecida Puerta del Sol, en la muralla de su nombre o de levante -en la confluencia de la actual calle Lachambre con el Paseo- hoy un mero topónimo  que apenas subsiste gracias al rótulo de una vecina droguería de la plaza de los Burros, hoy a punto de desaparecer. 

Una puerta por la que durante siglos entró el sol de cada mañana en Almería y que, sin embargo, nunca mereció de nuestras autoridades la perpetuación de  su nombre en el callejero.  Una puerta que no tuvo la suerte de su homónima del lienzo de levante de la antigua muralla de Madrid, la Puerta del Sol, célebre en boca de todos, por ser, como es, la puerta por la que salen y entran los años en España."


José Luis Ruz Márquez

Académico de la Historia Andaluza














PLAZA, PINGURUCHO Y ARBOLADO



PLAZA, PINGURUCHO Y ARBOLADO. 

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 15 de diciembre de 2019.

"El proyecto de sacar el monumento de los Coloraos de la Plaza Vieja ha originado una polémica a la que desde aquí me sumo, con el respeto a aquellos que, sin estar sometidos a la anteojera del aproveche político, mantienen un punto de vista distinto al mío que es favorable al traslado de árboles y monumento. Y lo hago con la misma ilusión que en los años setenta, cuando propuse y defendí el traslado del mercado de abastos con que la dictadura de Primo de Rivera había ocupado la Plaza Porticada de Berja y a la que al final tuve la satisfacción de ver recuperada como espacio urbano  tradicional.

Aquella plaza, víctima del "hórror vacui", del afán barroco por ocupar lo vacío, perdió hasta su identidad, oculta por elementos ajenos que lejos de mejorarla la desgraciaron, algo que suele suceder cuando nos metemos en las obras a enmendar la plana a sus creadores.

¿Mejoraría la Plaza Mayor madrileña con ponerle unas barreras de ficus que ocultaran a la vista sus arcos, los aportadores de movimiento y gracia al conjunto ? Está claro que no y afortunadamente  así lo entienden allí. Solo una proporcional estatua de Felipe III y un mobiliario hostelero de quita y pon, se vienen encargando de aportar solemnidad y animación a una plaza que se mantiene fiel a la idea de uso con que se formó: fiesta, mercado, celebración y, cómo no, prestigio municipal. La misma idea con la que se formó la nuestra y se formaron todas las plazas mayores de España.

Para justificar la permanencia de los árboles en la plaza no vale argumentar que "hace años que los tenía", cuando hace muchos más años que no, en el tiempo en que la llamaban del Juego de Cañas, cuando desde sus balcones se veían los lances toreros, el paso de la tropa o el trote de los caballos con plena comodidad, sin tener para ello la necesidad de apartar con la vista, ramas y hojarasca.

Del mismo modo que no cabe argumentar la permanencia de los árboles basándose en que se plantaron para defenderse del sol, problema que con los soportales ya tenía solucionado la nuestra y todas las plazas de su clase.

El amor al árbol no puede llevarnos a situaciones penosas tales como la plantación hecha en las estrechas calles del casco histórico que se llevó por delante el palacio de la calle Infanta, ocultándolo a nuestra vista con una maraña de árboles desgarbados.

Cuantos estamos por la retirada del árbol en busca de una visión completa de la plaza no somos sus enemigos; queremos su trasplante siempre que sea posible y cuando no, exigimos lo mandado por las viejas pragmáticas: que no se talara un árbol en tanto no se plantaran otros cinco de la misma especie... O diez, o veinte. Somos incondicionales del árbol, pero no de su ubicación. Así que no es cuestión de árbol sí o árbol no. Los árboles deben complementar la arquitectura pero en la medida justa, sin llegar al agobio de la obra que con ellos se quiere enriquecer. Ahora cuando los usos de la plaza no son los de antaño sino escénicos, turísticos y festivos, parece llegada la ocasión de dotarla de una ornamentación ligera, limitada a unos macizos con plantas y árboles de poca anchura que sean respetuosos con su visión global.

En el centro de la Plaza Vieja el blanco monumento a los Coloraos, copia casi exacta del primitivo, se somete al análisis del visitante que no tarda en detectar la inexistencia de favor mutuo: el Pingurucho queda ahogado entre las fachadas de la plaza, mientras esta resulta empequeñecida por las grandes dimensiones de aquel. Así que no tarda uno en recordar aquello de  "mucho marinero para tan poco barco", el dicho popular y reversible referido a la proporción, instinto innato que nos lleva a la crítica por la vía de la comparación.

Tiene difícil defensa la permanencia del monumento en la plaza argumentando que "ya estuvo allí años antes", pues aunque esto es cierto,  no lo es menos que no fue pensado para ella y existiendo como existía ya aquel espacio, no fue colocado allí cuando se hizo, sino que con anterioridad, en el último tercio del siglo XIX, estuvo en la Puerta de Purchena, en la culminación del Paseo, la única vía recta y moderna con que por entonces contaba la ciudad. Ubicación esta más acorde con la querencia que columnas, monolitos y obeliscos -"pinguruchos" para los almerienses- tienen por la perspectiva, por colocarse en el punto de fuga al infinito de paseos y avenidas, para desde allí cortar el horizonte con su verticalidad.

Todos sabemos lo que el monumento conmemora, como sabemos también que nada va a cambiar de su significado porque mude de barrio. Parece, pues, llegada la hora de que el Pingurucho, haciendo honor a la libertad que simboliza, escape del corsé de la plaza, ejerza su obligación de monolito y se "fugue" saltando a otro punto de la ciudad. Un punto digno, por supuesto, desde el que seguir recordando a los Coloraos. Si ya es inviable la puerta de Purchena, queda el arranque de la Rambla, junto al mar que los trajo, vestidicos de rojo, un día de San Bartolomé de 1824."

PEORES QUE FALSOS


PEORES QUE FALSOSA.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 15 de marzo de 2020

"Era muy  niño cuando pasé de la afición al cromo a la del sello, su hermano serio y distinguido, y en ella estuve hasta que jovencillo, me apasioné por el arte y las cosas animadas y cambié de afición, arrinconando aquellas estampas para siempre. O al menos eso creía yo.

Hace más de cuarenta años, quién sabe si guiado por la nostalgia, llegué al mercadillo de los sellos de la Plaza Mayor de Madrid y sin saber cómo -dicen que lo que se es de niño se es siempre- me vi inmerso al cabo de tantos años en el escenario de mi niñez coleccionista.

Aquella feria ya no se ceñía al rincón noroeste de la plaza, sino que había multiplicado por mucho su extensión y la variedad de su contenido; los sellos tradicionales tenían ahora que compartir espacio, no ya con las monedas y las vitelas de puro, como siempre, sino con coleccionables de lo más variopinto entre los que hallé unos peculiares sellos y monedas de cartón que son los  motivadores y protagonistas de estas líneas.

Abundantes en extremo, eran como diosesillos que andaban por todos los puestos y, según ellos mismos proclamaban en sus textos, procedían de nuestra guerra civil y la inmediata postguerra. Confieso que en un primer momento me resultaron atrayentes, pero no tardó en encendérseme el piloto rojo de la duda.  

¿Cómo había sido posible que unos sellos tan abundantes y llamativos no los hubiese visto jamás por la  Plaza Mayor? Desde niño sabía que si se buscaba un sello o una moneda, real o falso, y no aparecía en aquel santuario de la filatelia no es que faltara, es que, simplemente, no existía. Así es que si no los vi fue, sencillamente, porque aún no los habían inventado. Contestada esta pregunta ya sólo podía darme respuestas. 

Aquellos sellos se presentaban sueltos o en pliegos dentados para su división y hasta que esta no se producía, el total del reverso mostraba una sola ilustración de parecida estética y variada temática y cromatismo: el legionario, el divisionario azul, las enfermeras... todo un lujo que los hacía hermanos imposibles de los pobres sellos oficiales, los de verdad, los que solían ser, como los quintos, de talla corta, austeros y monocromos, acordes con la miseria de su tiempo.

No figuraba en ellos paternidad clara, no eran sellos del estado, de correos, de diputaciones ni de ayuntamientos, sino que aparecían como cupones de racionamiento, hijos de la Beneficencia, de la Checa, de la CNT, de la División Azul… de entidades difusas elegidas con el fin de que los catálogos especializados y los archivos no nos confirmaran su ausencia y con ella su falsedad.

Por el carácter masivo de la falsificación aparecían estampillas de infinidad de ciudades y pueblos de España y, por supuesto, de  Almería y a estos les dediqué mayor atención por apego a la tierra y por limitar de algún modo aquel océano de inventos. Con los sellos aparecían también unas monedas de cartón  simulando ser de la capital, Adra, Berja, Bédar, Dalías, Cuevas.... y otros muchos nombres de pueblos que habían pasado de dormir tranquilamente entre las páginas de cualquier listín de teléfono a bautizar "monedas" de la República gracias a unos estafadores,

Unos estafadores rematadamente vagos y poco estudiosos que ignoraron que para mentir bien hay que informarse; son cosas de primer curso de Estafa Filateliconumismática, recabar datos históricos del país y de los pueblos, comparar cronología y tener todo en cuenta para evitar lo que ellos no evitaron: el ridículo. 

El ridículo inmenso de inventar unas monedas republicanas de cartón de 1937, de pueblos que entonces eran cortijadas, anexos o simplemente no existían: El Ejido creado en 1981,  La Mojonera, en 1984, o Balanegra, en 2015... Un cerro de casos esperpénticos en cuya cima figura la "moneda" de Almerimar, "acuñada" cuando solo era un llano costero, sin casas ni nombre y al que le faltaba más de treinta años para nacer y ser bautizada así, como lo que es: una urbanización veraniega de El Ejido.

Un fraude dañino para el bolsillo del que pica y sobre todo para la inteligencia del coleccionista que si jamás acepta el llenar el hueco del ejemplar perseguido con uno copiado, por muy bién que haya sido reproducido, difícilmente dejará entrar en su colección unos ejemplares como estos que nos ocupan que no son falsos, sino inventados, unos sellos y monedas ful que nunca existieron y ahora tratan de colarnos por cosas originales y de época. 

Los coleccionistas, que no toleran copias ni inventos, perdonan y aún buscan los falsos de época, aquellos sellos y monedas que aún siendo más falsos que Judas, suplantaron a los originales, circularon y tuvieron la valentía de llevar una carta o pagar un vino, con riesgo de su propia "vida" o de cárcel para su introductor. O sea: premian al falso que tuvo las narices de vivir con la realidad al margen de la ley. Unos auténticos héroes que poco tienen que ver con los simples sellos y monedas falsificados y menos con estos inventados, que nada merecen por ser lo que son: peores que falsos.'


LOLA ESPEJO OSCURO DE PERCEVAL




LOLA, ESPEJO OSCURO DE PERCEVAL

Artículo de José Luis Ruz Márquez  publicado en el periódico Diario de Almería de 21 de abril de 2020. Ilistración del libro, original de Jesús de Perceval.


"Si no veo, no me ven. Así espantan los pequeños a sus demonios. Los mayores recurren, al menos en lo que concierne al diablo literario, a un método también cegador pero retorcido; ellos no tapan sus ojos, cierran los de los demás, para que estos no vean las obras de los que están al otro lado de su pensamiento, de su ideología. Obras escondidas en una inmensa biblioteca oscura en la que no pueden leerse títulos ni autorías. Solo en el vestíbulo de aquella estancia es posible la consulta nítida y clara de las fichas de los autores en las que aparecen como facha, censor, falangista, delator… echando para atrás a cuantos pretendan entrar en aquel recinto del olvido en el que está Fernández-Flórez, en el que está Pemán, en el que están tantos.

Este año se cumple el 70 aniversario de "Lola Espejo Oscuro" la novela que depararía a Darío Fernández-Flórez el éxito negado por "Zarabanda", la primera de sus novelas, nacida muerta en 1944.  Una obra que constituyó el mayor éxito de la literatura española de posguerra, la más popular y editada de su autor quien, al calor del éxito, la estirará con segundas partes teniendo siempre por protagonista a Lola, una "chica  muy mona. Muy mona y muy cara”, una bella prostituta de lujo, castigadora de sus ricos clientes.

De los años de su inocencia, que alguna vez la tendría, del nacimiento y estancia de Lola en nuestra ciudad, de sus idas y venidas, se ocupó con la brillantez de siempre Antonio Sevillano en este mismo Diario de Almería (28/8/2014).

Lo mío se ciñe ahora a la relación de "Lola espejo oscuro" con Almería a través de Jesús de Perceval, su "paisano", el ilustrador de la obra en 1950 y  quien le puso cara con papel, tintas y maestría, convirtiéndose así en coautor del personaje; diríamos que Darío le pone el alma y Jesús el físico... el físico y también un poquito de alma. He querido creer que alguna vez en el barrio compartido, calles Real, Eduardo Pérez…, Jesús se cruzó con su belleza y desde entonces se conocieron... 

He pensado que tal vez no fuera solo la cara la aportación de Perceval al personaje. Siempre me pregunté si tuvo participación nuestro artista en la gestación y nacimiento de Lola. ¿Es posible que el personaje fuera sugerencia suya a Darío?

Él mismo Jesús me contó quién era la Lola real, cuál era su origen, distinto y escondido tras el nombre, Lola,  y el apellido Vélez, y cuál fue su recorrido vital. Reconocí la familia, y era creíble por indicios… algo que callaré siempre por carecer de la seguridad plena -aún siendo mucha mi fe en Perceval- y, sobre todo, del derecho a molestar a nietos suyos aún vivos.

En la primera de las dos ilustraciones hechas por Perceval en 1950 -el año en que nació la novela- la Lola de la sobreportada es contundente. Todo el espacio muestra el concepto que el artista tiene de la belleza femenina; la cabeza tocada de Lola luce como antecesora de la  "cabeza de mujer", temática practicada por el pintor durante gran parte de su vida artística; aquellas bellísimas testas percevalianas comparadas por Eugenio d'Ors con las de Miguel Ángel. Perceval ha aproximado al lector el rostro de Lola y lo ha acercado tanto que apenas le queda espacio para los inevitables guiños, en esta ocasión  paisajísticos, a su Almería: el mar y el blanco cortijo arcado.

En un nuevo ejercicio de amor por su tierra, nuestro artista en su segunda ilustración, también de 1950, refleja la salida de Lola por El Cañarete. Tal parece que hubiera cogido unas perras del legado de sus anónimos padres y, al consejo del artista, comprado un vestido de mojaquera, que  acaba de ponerse en la Venta Eritaña.

Se acompaña del gitano Juan, uno de los pocos hombres que salen bien parados en sus memorias, la mujer de este, una mona, palmera y chumbo. Al fondo el mar de la bahía, la Alcazaba y el castillo de San Telmo. Aparte de su proyecto no lleva Lola equipaje alguno; más que de viaje, pareciera ir de excursión -de gira, cómo se decía entonces- y así está captada por el pintor en el camino que serpentea entre riscos en busca de Aguadulce y la serenidasd del llano; una ruta que, por cierto, recorrí muchas veces, en la compañía siempre enriquecedora del artista.

Pasado El Cañarete ya no hay ilustrador, los paisajes del camino solo se impresionan en la retina de Lola. Adra es lo último que ve de su tierra almeriense; luego Ronda, Cádiz… unos años de allá para acá hasta recalar en un Madrid que se restriega los ojos recién despertado de la pesadilla de la guerra civil.

¿Vió Perceval a Lola en Madrid? ¿Salieron si es que alguna vez perdía su tiempo de oro nuestra cara meretriz?

Yo quiero creer que sí, que puso ella una pizca de ocio en el negocio y pasearon por Sol, por la Gran Vía, y que al pasar por la calle de los Peligros  juntos evocaron, entre risas y nostalgias, las Cuatro Calles de su Almería. 

¿Y por qué no? Estar dónde, cuándo  y cómo quieren, es uno de los muchos privilegios que gozan los personajes de fantasía."

miércoles, 4 de agosto de 2021

Un vals alpujarreño. La osadía a la guitarra


UN VALS ALPUJARREÑO. La osadía a la guitarra. Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería el 12 de abril de 2021.


"Hará unos cuarenta años que visitó el estudio de Perceval en Almería Rosario Fernández-Huidobro y Pineda (Madrid, 1914-1999). Concertista internacional de guitarra estaba relacionada con el mundo de la pintura por su matrimonio con el sanluqueño José María Romero Escacena excelente dibujante y caricaturista colaborador de ABC, por lo que pronto corrió fluida la conversación al surgir amigos comunes, tanto de los que tocaban como Regino Sainz de la Maza y de los que pintaban como Baldomero Romero Resendi quién por cierto era sobrino de ella.

Se indispuso el maestro y fui yo el encargado de enseñarle la Alpujarra a la que accedimos río Andarax arriba, por Fondón, Laujar... como descanso de curvas nos detuvimos en el mirador de uno de sus pueblos y contemplando el paisaje andábamos cuando siento un golpecito en la espalda, me vuelvo y un hombre me dice -¿Qué hacemos por aquí? No lo conocía y pensé que él a mí tampoco, que era el clásico desocupado tratando de pegar hebra, pero no tardó en preguntar -¿Como es que no ha venido don Jesús?  Entonces le presenté la señora como concertista de guitarra y pronto traté de despedirme. 

-De irse nada. ¡A mi casa!

Bueno, pues allá que fuimos. La casa era una joya; tenía un mirador como el que acabábamos de dejar pero con la acogida de lo privado, sombra de parra, mecedoras de lona y un puñado de parientes, un balcón privilegiado sobre la Alpujarra mitad almeriense, mitad granaína y enteramente grandiosa.

El ama de la casa, mujer afable y simpática, en un santiamén sacó vino, sacó jamón y me sacó el tema de la pintura, que por su marido supo que yo pintaba y allá que me dió una vuelta por pasillos y habitaciones mostrándome sus obras: figuras pocas y deformes, y vengan flores con fondo negro, malpintadas al óleo sobre soportes caprichosos, redondos, ovalados y hasta uno con pinta de pentágono irregular, con planta de ataud.

El hombre me preguntó por Perceval, dejó ver su admiración por él y no tardó nada en dirigirse a la señora:

-¿Entonces es usted concertista de guitarra? 

- Pues sí, lo soy.

Para qué le habría yo dicho nada. Se pierde por un pasillo para reaparecer con una guitarra cogida del cuello y lo que, a escondidas de la señora me venía pidiendo que le dijera, que tocara, ahora se lo ordena a ella:

-!Tiene usted que tocar algo! La mujer se excusó con aquello de llevar largo tiempo sin practicar, pero no cejaba aquel hombre en el empeño y continuamente le hacía el gesto de entregarle la guitarra. Yo estaba violento con la situación y notaba que ella también y empecé a arrepentirme de la hora en que decidí enseñar la Alpujarra desde de aquel pueblo.

Ante tanta insistencia doña Rosario toma la guitarra, la templa e inicia el toque con una pose elegante reforzada por su piel fina y blanca que a mí me recordaba los cuadros de Álvarez de Sotomayor, y aquí tuve un tanto de adivino, al saber luego por su hija Elisa que aquel artista la había retratado al óleo en su juventud.

Desde mi desconocimiento se me antojaba un minué… era algo leve, lo equivalente al apunte en la pintura, y que sonó a gloria el poco tiempo que duró. No se habían parado las palmas en aquel improvisado auditorio cuando aquel hombre se pone en pie, coge la guitarra y dice en voz alta -¡Yo también toco! Como si después de haber dado Goya unas pinceladas de maestro hubiera salido el aprendiz de pintor que se las rogó anunciando sus brochazos con un "¡yo también pinto!"

Y al tiempo que inicia el toque, anuncia la pieza: ¡El vals del cura! Y aquella artista entre sorprendida e incrédula oye imperturbable desde su elegancia a aquel espontáneo; de vez en cuando me miraba con ojos de pedir socorro... no sé si es por que le sobraban dedos o por que los administraba mal, pero el caso es que a mí me parecía desde mi ignorancia musical estar oyendo una cosa atropellada, que sonaba a vals y  pasodoble y a ratos tango.

Despedida y agradecimiento, carretera y manta. Ya en el coche aquella artista exclama como pensando en alto: -¡El vals del cura… qué barbaridad! Nos adentramos más en la Alpujarra y fue llegar a Ugíjar, su vieja capital, y otra vez; luego en Berja y finalmente en Almería, ya a las puertas del hotel, ¡El vals del cura... qué barbaridad!

Estaba claro que aquel alpujarreño de guitarra osada había sorprendido a la concertista, como creo que a ella le impactó también aquel recibimiento acogedor, todo un privilegio, pues no suele ser frecuente que en los viajes turísticos te abran los indígenas las puertas de sus casas, te den vino y jamón y concierto por añadidura. La verdad es que no fue para arrepentirse la parada en aquel mirador.  

Quiero pensar que la ilustre guitarrista habría sumado esta actuación al archivo de sus conciertos de haberlo formado. De ser así hoy estará donado -tal como ocurre con su magnífica colección de música impresa- como fondo al conservatorio de Castilla La Mancha "Jacinto Guerrero" en el que fue profesora de guitarra. 

A la mañana siguiente tomé café con mi amigo Manolo del Águila, músico y poeta de fuste, le referí el suceso y resultó que conocía a aquella pareja. Vi el cielo abierto. Tenía ante mí a quien me podría aclarar el grado de pericia del tocador del Vals del Cura, de aquella barbaridad de vals que más que sonar chirrió en el oído sensible de la concertista.  

Desde mi desconocimiento sobre la música siempre me ha parecido milagroso el juntar notas con el mínimo resultado de que acabe pareciendo algo, por lo que siempre me pregunto por el nivel del ejecutor; ahora se me había presentado la ocasión de que un entendido me precisara la calidad de un guitarrista al que ambos habíamos oído tocar.

Le pregunté por el nivel de su toque que yo intuía malo pero podía ser peor y aún pésimo... y  Manolo lejos de llenarme de razones técnicas, de explicaciones extensas, sirviéndose de una pregunta me dió una respuesta tan breve como inteligente:

 -¿Viste los cuadros de la mujer?

-Sí. 

-¡Pues él toca como ella pinta!