sábado, 7 de agosto de 2021

GARRUCHA, PUERTO SOÑADO


GARRUCHA, PUERTO SOÑADO 

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 8 de marzo de 2020.


"No surge la vida por arte de magia; a todo nacimiento precede una gestación que con más o menos contratiempos suele culminar en alumbramiento feliz. Sólo los pueblos cuando se emancipan nacen siempre de partos dolorosos, ante la hostilidad de los vecinos y hasta con la de su propia madre, como es el caso de Garrucha que nació de Vera en 1858 sin recibir de ella ni siquiera el espacio donde crecer y desarrollarse. Sin término municipal alguno anduvo hasta hace una veintena de años. Sin término y sin puerto -ella tan marinera- hasta que el afán por la obra pública de la dictadura de Primo de Rivera se lo concediera en 1926 y la segunda república, recién estrenada, la que se lo construyera.


Pero ni Garrucha nace realmente en 1858 ni su puerto en 1926. Estas cosas empiezan siempre mucho antes. Hay trás de ellas mucho sacrificio callado que solo algunas veces aflora y pone cara al luchador anónimo. Como es el caso de don Pedro de Cueto Ponce León, caballero de la Orden de Calatrava y personaje perteneciente al estamento hidalgo de Vera, su ciudad natal de la que fue su regidor perpetuo y su teniente de corregidor. A este personaje ilustrado debe Garrucha un valiosísimo antecedente en su caminar hacia su consolidación como entidad municipal plena.


En 1787 Cueto presenta al rey Carlos III su proyecto de "crear un puerto de Mar de consideración en la ciudad de Vera, su patria". A la vista del mismo, aquel monarca nombra informador de la pretendida obra a don Antonio de Robles Vives y Alarcón, un abogado lorquino que desde 1785 es superintendente general de las Reales Obras de Lorca, quien en absoluto defiende la propuesta del veratense sino que, al contrario, la esconde en lo más profundo del cajón de su escritorio, por temor de verla convertida en competidora del puerto de Águilas, idea que ampara con un afán tan desmedido, que no falta quien le acuse de perseguir intereses personales en ello y aún de meter la mano en la caja del proyecto.  Acusaciones estas en absoluto turbadoras de su tranquilidad, confiado en que su mujer, doña Gregoria Moñino, es hermana del Conde de Floridablanca, célebre secretario  de Estado.


Siendo corregidor de la villa y partido de Villa Real de Purullena, don  Pedro reclama la atención de Carlos IV sobre el proyecto enviado a su padre. Aunque lleva un lustro sin respuesta, no hace esta reclamación al rey hasta 1792, cuando ya sabe de cierto que Robles ha sido depuesto, caído en desgracia y desterrado a Albacete, perdida la protección de su otrora todopoderoso cuñado Foridablanca, cesado aquel año como secretario de Estado.


No nos consta que recibiera tampoco contestación del rey a esta demanda. Al parecer le sirvió de muy poco lo mucho que encomendó su proyecto a la patrona de Vera, precisamente venerada hoy en la capilla familiar que sus antecesores, don Pedro García Cueto y doña Catalina Ponce de León, edificaron en 1719, templo que aún se conserva, disfrazado de gótico, en la plaza de la Virgen de las Angustias.


Y estoy seguro que ante aquella imagen -sigo empeñado en creerle piadoso- rezó por el alma del enemigo de su proyecto, don Antonio de Robles quien en 30 de abril de 1802, avisado del colapso inminente del muro del pantano de Puentes, corrió en coche de caballos desde su finca del cauce del río a refugiarse en Lorca, siendo  alcanzado y muerto por las aguas impetuosas liberadas por el reventón de aquella obra hidráulica. Una desgracia que costó seiscientas víctimas y que el boca a boca y los pliegos de cordel de los ciegos se encargaron de contar hasta la saciedad por toda España.

    

Está de más decir que el ilustre veratense no buscaba el puerto para nada que no fuera su ciudad natal, "su patria", pero también es cierto que en aquella época ni él, ni nadie, concebía una Garrucha desgajada de la ciudad de Vera.

Lo que está claro es que de haber prosperado su proyecto -de un modo inmediato, porque prosperar, prosperó a la larga- el florecimiento del puerto hubiera supuesto, también, el florecimiento de Garrucha y con él se hubiera adelantado el parto de su independencia.


Si en 1787 estaba Cueto convencido de la mucha utilidad del puerto proyectado, es fácil suponer cómo se hubiera reafirmado en ello sólo medio siglo después, en 1839, cuando se descubrió el filón Jaroso en la sierra Almagrera, disparándose la exportación del mineral de plomo... o, años más tarde, con la traída para su embarque del mineral de hierro de Bédar. 


Hechos ambos que pusieron de manifiesto la necesidad de puerto para Garrucha, un puerto que hubiera sido, también, el de la propia Vera, el de Mojácar, el de Cuevas y el de toda la comarca, como al final acabó ocurriendo. Verdaderamente tuvo el proyectista un claro perfil de visionario. Y así lo estima Garrucha cuando alza su voz mayúscula desde el lema de su escudo municipal para decirnos: EX MARI ORTA". "Surgida del mar"... Del mar y de aquel puerto con el que un día del siglo XVIII soñara don Pedro de Cueto Ponce de León."




OJOS MOROS EN FELIX


OJOS MOROS EN FELIX

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 3 de febrero de 2020.

"Hace años cayó en mis manos una guía turística de esas que tienen notable desproporción entre la bondad de la foto y el texto. En buenísimas imágenes aparecían sus blancas casas con la inevitable comparación con las árabes y, como no, el rostro bello de alguna de sus mujeres, cuyos ojos eran  para el comentarista, la herencia inequívoca del pasado moro de la población. Y lo decía como halago, como un piropo, por profundos, por bonitos…  eran los ojos moros de nuestras coplas, de nuestros dichos, pues hasta hace poco la palabra moro, no tenía en España connotación peyorativa alguna, sino al contrario. Y así la empleo yo. 

Lo que pasa que esta herencia, en el caso de Felix, es como la del tío de América: una mitad incierta y la otra mentira. Y me explico.

Los Reyes Católicos por privilegio otorgado en Écija en 8 de diciembre de 1501 dieron a la ciudad de Almería la taha de Almegíjar, compuesta por Felix -su capital- Enix y Vícar, con tierras que luego darían lugar a los marchales de Antón López y de Miralles, Roquetas y La Mojonera.

Aunque aquella donación se hacía para que resultara "más ennoblecida y mejor poblada" la ciudad, no tardó esta en percatarse, si es que no lo sabía de inmemorial, de la realidad: una agricultura difícil, un ganado corto, en una pobre tierra carente de todo, menos de riesgo; con una peligrosa costa cara de vigilar por donde arriban continuos sobresaltos e invasiones…

Devuelta la taha a la corona, la reina Doña Juana en 1505 la da en señorío al bachiller Jorge de la Torre, el cual ese mismo año traspasa sus derechos al canciller de Granada Alonso Núñez de Madrid quien sin demora trata de rentabilizar las tierras pero no encuentra con quién labrarlas. Los moros están dispersos o en África; solo queda echar bandos en demanda de vasallos con familia que acudan bajo la promesa de casa, tierra y ganado a poner en marcha el estado feudal recién nacido.

La tierra se volvió a repoblar de moriscos. Unos moriscos que miran al mar, no con el miedo de los castellanos, sino con la esperanza del arribo de sus hermanos de allende que les ayuden a recobrar el reino perdido. Llegó al fin su rebelión y a sofocarla acude el Marqués de los Vélez, frente a cuyas tropas hacen los moros de Felix una defensa heroica que concluye con la toma a sangre y fuego del sitio en el que se había hecho fuerte la población, un  cerro bautizado entonces de la Matanza, expresivo nombre que habla por sí sólo del exterminio producido allí el 19 de enero de 1569. Felix, Enix y Vícar quedan despobladas y sumidas en un escenario fantasmal, de casas quemadas y campos abandonados.

En 1572 se procede al apeo de tierras para una nueva repoblación, una tarea difícil de por sí y más en un territorio de intrincada orografía, dificultad agravada por la práctica inexistencia de testigos, dándose  casos como el de Felix que para delimitar las lindes fue necesario traer a un vecino de Berja conocedor de ellas por haber vivido allí y solo por él fue posible la formación de los lotes para repartir entre los 25 vecinos que habían  respondido a la llamada de los bandos reales. 

Alonso Núñez de Madrid, sobrino-nieto del primer señor, protestó por haber hecho el rey aquel repartimiento que era potestad suya como titular del señorío y al final la justicia le dio la razón en 1581 y en sus descendientes continuaría el señorío… pero esto ya es otra historia que no interesa a lo que ahora nos ocupa.

Lo importante es que este último repartimiento cuajó y puso la partida a cero en lo racial, renovó la población, trayendo una castellana en absoluto relacionada con la morisca… Pero esto no significa nada para quien -"No me lo cuentes, vecina, que no me quiero enterar", como dice la copla- se empeña con fe religiosa en aceptar el sonsonete decimonónico y romántico de la herencia musulmana. 

Por respeto a nuestro pasado no podemos hacer verdad una mentira por repetirla tanto y menos novelar nuestra historia más de lo justo. Los ojos negros y profundos son frecuentes en España. No es exclusiva de las moras. Así que la genética de los ojos bellos encontrados en Felix bien pudiera radicar en las gentes de un valle cántabro  o de la montaña burgalesa; en cualquiera menos en unos moros felisarios que habían abandonado para siempre en 1569 la tierra que los albergó durante siglos.

Somos deudores de lo que debemos, pero ni de un céntimo más. Por mucho que unos cantos y escritos -malos, como se merecen las falsedades- traten de hacernos creer otra cosa. Es verdad que le debemos a los moros muchas cosas buenas, pero no todas. Otras ya las teníamos antes.

Me viene a la memoria el cuento del regadío, una actividad presente en España,  y en todo el mundo, desde los albores de la agricultura. Pero al parecer aquí a nadie se le había ocurrido -ni siquiera a los romanos, que tanto sabían de agua- regar. Por lo visto nunca supimos lo que era una col hasta que llegaron los moros. Así que tendremos que agradecerles, también, la olla de berza, pero sin pringue."

NAVIDAD EN PERCEVAL


NAVIDAD EN PERCEVAL

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 20 de diciembre del 2220. Ilustración Los Aguilanderos, óleo de Jesús de Perceval.

"Está claro que el nombre de Jesús en Perceval no fue obra suya, pero cuando en 1915 nace en el seno de una familia que tuvo participación activa en la venida de los Jesuitas a Almería, aquel niño tenía todas las papeletas para llamarse así. Para el templo en el que se establecieron, San Pedro el Viejo, realizó nuestro artista un retablo mayor que fue desmontado cuando el convento pasó a una comunidad de monjas que, poco hecha a excelencia, se desprendió de una obra que no merecía.

Aunque el retablo ganó con el cambio y hoy brilla más en el altar mayor de Tabernas, este traslado pone cara al cuestionamiento y  menoscabo de la obra de Perceval iniciado con su muerte en 1985: la creación del Indalo, la fundación del grupo de artistas, el descubrimiento de la Chanca para la pintura y la fotografía, la fuente de los Peces, su propio monumento… una sarta de grandes, y cobardicas, lanzadas a moro muerto a las que me dedicaré en breve cuando no sea Navidad ni toque ser bueno.

Una ojeada basta para ver que los habitantes del belén, desde el Niño a la lavandera y del buey al marranico, dan la cara todos. Menos Herodes. ¿Cómo va a dar la cara este zote con la escabechina que hizo con las criaturicas? y después se extrañará el borde de que la niñez le tenga la tirria que le tiene; yo, que ya soy mayor, todavía me vuelvo niño cada Pascua solo por el gusto de renovársela.

Una tirria que lo llevó a recluirse en la fortaleza -por soberbia, no vergüenza- a rabiar tras los visillos viendo a la gente en adoración al Niño, mientras los peces beben y beben en un río de papel plata, tan imposible como los de verdad de nuestra tierra a los que hay que regar en verano para que no levanten polvo.

La vida de belén es una vida de barro cocido y solo en la belenística escolar cabe la posibilidad de entrar en ella en carne y hueso de pastor y aún de virgen con la única condición de ser niño. Y no lo era Perceval en 1949 cuando rompió la norma, como solía, y se metió por su cuadro de La Degollación de los Inocentes en pleno corazón de la Navidad. 

Y ahí está nuestro artista, espalda en pilar, abatido no se sabe si por la degollina infantil, por el cavilar de don Eugenio d'Ors o por ver al Niño de camino más que a Egipto a la cruz: a ser su Cristo del Amor, de La Escucha, de San Roque. Su postura me recuerda a la que adoptaba cuando tras encender la discusión en las tertulias se apartaba para verla arder. Y en eso parece estar, observando el llamear de la polémica eterna traída por el nacimiento de la Cristiandad.

Quizás por miedo escénico ante lo grandioso de la Navidad, ha entrado en el cuadro haciéndose acompañar del filósofo d'Ors, de los poetas Lorca y García Nieto y de un Picasso que no se sabe si ha llegado allí para defender o matar la inocencia del Arte; y ha metido en la Navidad a Almería, su fijación, vestida de aguadora mojaquera, tan cálida ligando con el romano como fría ante la tragedia, pero siempre viva encarnación del ideal estético del artista.  

Roquetas, que fue Las Roquetas hasta que se comió el artículo, se merendó también Los Inocentes, la más emblemática de las obras de Perceval y hoy la saborea con un placer casi tan grande como la vergüenza de Almería por haber dejado perder la obra maestra de uno de sus mejores hijos, el más bueno de sus pintores. 

Y allí luce, en el ayuntamiento, junto a la iglesia, por cuyo retablo vemos a la Sagrada Familia llegar a un Egipto pintado que de no tener un par de pirámides, bien podría ser Tabernas, sus montes, o sus cortijos, en uno de los cuales pudo haber tenido lugar el Nacimiento a juzgar por otra tabla cercana: el Niño en un catre de tijera, rodeado por un arco de cal y el amor de unos jóvenes padres campesinos de cualquiera de los marchales de la tierra, que siempre para Perceval fue almeriense todo lo importante.

Alguna vez le oí hablar del impacto que de  niño le causaba la cola de pobres en su calle de Eduardo Pérez para recibir de la generosidad de don Juan Vivas Pérez el aguinaldo a cambio tan solo de mostrar su pobreza. Buscando copas por coplas pinta nuestro artista a Los Aguilanderos en un cuadro al óleo, y al aguardiente peleón, en el que casi se autorretrata, zambomba en mano, con la comparsa por La Chanca, en una Almería oscura que solo tiene claro el conceder a esta obra el premio del Presidente de la República en 1934.

Y como el que puede lo más puede lo menos, de escultor de fuste bajó al modelado popular creando para el belén de casa figuritas de barro ya desaparecidas y que medio conocemos merced a unos pocos bocetos suyos.

A los Reyes que llevaron al Niño oro -de Rodalquilar por supuesto- incienso y mirra nada les voy a pedir para mí. Para los que ignoran a Perceval: luces; para los que se han dejado quitar su obra: regomello grande. Y para los miserables de siempre que lo aprovechan y lo silencian: carbón, pero no, que después es de dulce; mejor una eternidad en el castillo con Herodes, a mirar envidiosos el belén de la vida tras los visillos."


NIÑAS CON ZAPATOS NUEVOS


NIÑAS CON ZAPATOS NUEVOS. Nueva Plaza de Careaga.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería  de 17 de enero de 2021. Dibujo del autor.

"Para la plaza de Careaga y sus cuatro calles es ya historia el pavimento sufrido hasta hace bien poco y por el que solo los más valientes se aventuraban no a pasear, que eso es placer, sino a andar sobre un adoquín bruto, como el que lo mandó poner, un suplicio que ríanse ustedes del de las chinas en los zapatos. 

El nuevo solado alegra de los pies a la cabeza, aliviados unos y dichosa la otra por la estética: una combinación pétrea de negro pizarra y dorado travertino alhameño, tan elegante que ganas dan de decir que va la plaza con vestido de "catafalco y oro", en lenguaje taurino, el apropiado para la gran faena reparadora en parte del daño infligido por los ayuntamientos de los últimos sesenta años al casco histórico, empeñados en cosiderar solo centro el Paseo y sus aledaños. Idea cateta que ha influido en el barrio, su ornato y, cómo no, en su pavimento -piedra para el rico, al que estima noble, cemento para el otro al que ni estima- menosprecio que ha ayudado a que la Catedral se vea hoy en un entorno pobre y en parte hasta suburbial, tal como ocurre con casi todo lo singular del barrio.

Hecho uno a la queja resulta extraña la sensación de verse hoy celebrando una actuación municipal, pero la verdad es que luce bonita la plaza de Careaga; un gozo pleno si no nos evocara el patrimonio perdido, empezando por ella misma, todo un ejemplo del modus operandi -y horribilis- con el que la especulación deformó la cara guapa de Almería. Las tres casas de poniente fueron las primeras en caer, la del centro en los años cincuenta y la tercera, la número 10, hermosa vivienda que con la número 6, fueron rápidamente sustituidas por unos bloques que ahí están para explicarse. 

En la fachada de levante, la casa del siglo XVIII donde estuvo la imprenta Gutenberg, fue la quinta y última en caer, con mucha prisa para convertirse en solar cascotero y hasta hace unos días reino gatuno y chabolista en contraste absoluto con el resto de este lado de la plaza en el que la sensibilidad particular ha obrado el milagro de conservar, restauradas, dos bonitas viviendas: la de la familia Soria, levantada a mediados del siglo XIX por los Torre Alta y la del profesor Alías.

En la fachada sur se halla la del arquitecto Blanes, vaciada y reconstruida tal como se hizo con la que asoma desde la calle de Campomanes, buenas casas esquinas con la del Gallo, unifamiliar y de loft, tipos acertados de actuación llegados en auxilio del barrio histórico -a buenas horas mangas verdes- cuando ya no hay en él nada que salvar. 

La casa del lado norte, la número 1, fue la cuarta en caer y lo hizo por una rápida demolición, llamémosle preventiva, para evitar que una posible protección pudiera salvarla asegurándose así el solar, todo un clásico en la especulación. Nacido si no en nocturnidad sí en plena siesta de los políticos nunca despiertos a la hora de conservar, fue este solar hijo indeseado de la casa que da nombre a la plaza; "la plaza de mi apellido" como escribía orgulloso el primer marqués de Torre Alta en 1808, blasonada con el escudo de los Avis Venegas del mayorazgo de la Torre de Mondújar, origen del marquesado, cuando ya se apellidaban Careaga, por cuyo linaje les venía el título hereditario de alférez mayor perpetuo de Almería y portador del pendón que los Reyes Católicos otorgaron a la ciudad. 

Y ahí están las cuatro casas veteranas, sin dejarse avasallar, pues saben que no son ellas las gallinas en corral ajeno, que fueron las nuevas las que lo invadieron, lo destrozaron, pusieron en él los cuatro huevos de la especulación y luego solo pobreza y fealdad en el paisaje urbano. Y algo de esto se reconoce ahora: basta observar en qué lado de la plaza permanece y aún se ha acrecentado, la masa arbórea para tapujo de fealdades.

Las imagino aliviadas por esta actuación y hasta las veo contentas y, claro, me alegro con ellas, me vengo arriba, trepo a la euforia y acabo proyectando en mente la integración de la portada de Careaga en el edificio moderno para que así siga presidiendo la plaza con lo que saldrían enriquecidos el bloque, el barrio, Almería y sus visitantes.

Solo hace falta que se impliquen los que deben y la busquen; como pista aporto mi dibujo ilustrador de este texto. No andarán sus piedras lejos, ni en el fondo del mar, matarile, lire, lito, como me mintieron en 2000 cuando denuncié su desaparición.

Ya soñé entonces -animado por la portada que veía en el solar junto al cartel anunciador de su integración en la obra nueva- y cuando supe del engaño supe también que no son gratuitos los sueños, que se pagan caros en desilusión y desencanto, pues también en esto tira de embuste el consolador refranero.

Pero no nos pongamos tristes, reparemos en cómo hoy la plaza y sus cuatro calles han hecho un alto en el teclear de sus móviles y charlan animadas. Pongamos atención y enseguida veremos cómo de vez en cuando se miran orgullosas sus pies y sonríen alegres como lo que son: niñas con zapatos nuevos."



LA MUERTE MENOS TEMIDA.



LA MUERTE MENOS TEMIDA. El cementerio viejo de Berja.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 1 de noviembre de 202. Dibujo del autor. 

"Cuando en 1814 se retiran los franceses dejan un país en ruinas pero también, no sé si en desagravio de tanto como robaron, muchos gérmenes de modernidad, entre los que se halla el cementerio tal como lo conocemos hoy, en el extrarradio y con el viento adecuado, para sustituir los enterramientos en el templo o a su alrededor, como aún pudimos ver en Alcolea y La Alquería.

Con este criterio construyó Berja su primer camposanto en el "rincón de Alegría" -que vaya la guasa- dando respuesta a la reclamación hecha en 1807 por el médico don Martín de los Llanos, un personaje llamado a convertirse en el hombre fuerte de los franceses durante el tiempo en que ocuparon la villa.

Hace medio siglo, cuando me lo encontré en uno de mis primeros paseos por Berja ya llevaba, según contaban las lápidas, setenta años de inactividad y muchos de abandono; pese a lo cual conservaba un aire solemne y romántico, un lugar que impresionaba y atraía a la vez, quizá por compasión al verlo tan sometido al vandalismo, a la acción erosiva del niño, a la machada del bárbaro y a la simpleza del iluso que espera oro de donde solo hay polvo, ceniza y nada... Y fosas hundidas, nichos profanados, lápidas rotas, huesos esparcidos...

Tanta muerte era, sin embargo, un compendio de la vida de Berja en el siglo XIX; una foto fija que se iba animando con la lectura de las inscripciones, una especie de túnel del tiempo por el que te adentrabas en la sociedad virgitana de la mano, pelada, de sus protagonistas.

Aún latía entre aquellos muros la guerra contra Francia en la bella lápida de 1852, creo  recordar de mármol blanco con epitafio y guerreros esculpidos, de don Francisco Antonio Godoy Peralta, héroe de aquella contienda, senador del Reino... 

Frente al orgullo justificado de esta lápida glosadora de las acciones patrióticas de aquel prócer, la vanidad de esta otra: la de: "El señor don José del Moral y Valbuena / hijo de los Excelentísimos Señores Marqueses de Íniza / que nació el 2 de febrero de 1866 a las 4 de la tarde/ y falleció  a los ocho minutos", un pobre niño al que en un suspiro de vida le dió tiempo a ser, merced a la soberbia de sus padres, si no excelentísimo como ellos, sí brevísimo "señor don".

En aquellas visitas estuve ante el minero, el labrador, el empresario, el ingeniero... los artífices de un siglo, el XIX, próspero para Berja, formados en una larga fila en la que de se destacaban algunas reminiscencias del antiguo régimen como don Nicolás de la Joya Oliver, alcaide de una de las fortalezas de la Alhambra, un hidalgo, un familiar de la Inquisición...

Y estuve también ante los extranjeros, casi todos equivocados de religión y por ello recluidos con los ateos, los suicidas y demás heterodoxos en el pequeño recinto civil, donde destacaba entre los hombres una sola mujer: doña María Rodríguez de Antequera, que se fue de este mundo con veinticuatro años en 1850 siendo despedida por su anónimo esposo con un poema que concluía así: " tu valor despreció los infernales / anatemas de secta y convencida / fuiste, para tu gloria y su tormento / el emblema del Libre Pensamiento".

Tomé notas e hice dibujos de las lápidas más singulares y curiosas; dejé "para más adelante", que es como decir "para nunca", su registro fotográfico en una época en que el fotografiar no era la tarea fácil de ahora, sin que esto sirva de nada en descargo de mi culpa, que la tengo. Como la tenemos todos al menos por omisos, en especial el titular del cementerio -no sé si la iglesia o el ayuntamiento- y sobre todo el propio pueblo, ninguno de los cuales puede sacar pecho de su actitud ante este inexplicable abandono. Así es que entre las muchas cosas que tiene Berja para enorgullecerse no es precisamente esta una de ellas.

Además del sentimental existe otro aspecto, el referido a lo histórico-cultural, desatendido al no haberse actuado a su debido tiempo cuando el destrozo no era tan avanzado, perdiéndose la ocasión de formar un muestrario de lápidas singulares, así como la transcripción de todas, labor esta que hubiera supuesto la recuperación de un siglo de genealogía virgitana quemada en 1936.

No hace mucho tiempo se procedió al traslado de los restos al cementerio municipal, un acto de justicia tardío apenas reparador del mucho abandono padecido por la  memoria de nuestros antepasados en aquel, más que santo, campoagravio, pues nunca se podría emplear mejor que en este caso el dicho "!Qué solos se quedan los muertos!" que en burdo quiere decir "el muerto al hoyo", pero una cosa es que se queden y otra que los dejemos, además de solos, desenterrados.

No hace falta nada más que ponernos en su lugar -que nos pondremos- para entender que no está bien olvidarnos de los difuntos, hacer como que no los vemos o tocar madera cuando otros los nombran. Mejor nos iría afrontando la muerte sin miedo, tal como aconseja el lema del escudo del linaje hidalgo de Valdivia, muy presente en Berja: La muerte menos temida da más vida."



EL PINTOR ENTERRADOR.


EL PINTOR ENTERRADOR. Vicente Ferrer Vicente.

Articulo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 8 de junio de 2020.

"Una casa de la calle del Cuerno en el barrio pechinero de La Jarica y en ella una cama, una mesa, un par de sillas y una cantarera conforman el sencillo reino en el que viven Vicente Ferrer Vicente y su mujer Rosa García, menuda y afable que si alza su voz es por ser sordilla, siempre de blanco delantal impoluto y  a todas horas pendiente de su marido, haciendo verdad aquello, reversible, de que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer. Ella, tan limpia y aseada, no pone inconveniente alguno en que aquella casa sea el estudio en el que Vicente pinte en lienzos, tablas y papeles y, de vez en cuando, sobre las paredes, reproduciendo en ellas un ambiente palaciego con espejos, sillas y lámparas barrocos.

Todo un mundo de trampantojo que recreará también en la sala de autopsias, su "oficina", pues Vicente es desde joven enterrador de Pechina. En contraste con el ”lujo” de la sala y el de su casa, en las tapias del cementerio, como si quisiera estar más acorde con la desnudez de la muerte, llena los espacios libres de los muros con unas pinturas geométricas, como la simple arquitectura de tacos y arcos de madera tintada de nuestra niñez.

Él mismo tenía clasificadas sus obras en "memoriales”, “ideales” e “industriales”, según procediesen de sus recuerdos, su imaginación o estaban hechas para vender. Al grupo de las "ideales", sus preferidas, pertenece una que se conserva en casa -figurante en la exposición naif del Museo de Arte del pasado año- y que asoma aquí para ilustrar este artículo: "La llegada de San Indalecio a Pechina", una tinta/color definitoria del artista naif, siempre impositor de la realidad suya sobre la realidad-realidad, sin importarle un bledo que aquel varón apostólico del siglo I llegara a evangelizar en un galeón del siglo XVIII, ni el que ya le esperaran allí, adelantadas a la fe, la ermita de su advocación y el templo parroquial. Como tampoco le importa nada que el mar tenga que subir río arriba para romper sus olas contra el mismísimo pueblo.

Perceval conocía a Vicente por la relación que tenía con Pechina donde pasaba temporadas en la finca de su abuelo don Juan del Moral Almansa y en la que en ocasiones trabajó Vicente. A pesar de la diferencia de edad a Jesús niño le gustaba oírle hablar porque decía cosas que los otros hombres no decían. En su reencuentro, después de la guerra, habló con él ya como hombre y le vió pintar, descubriendo entonces que su singularidad radicaba en que tras Vicente Ferrer Vicente (Viator,1900) aquel hombre rudo, campesino, pescador y a ratos sepulturero, se escondía un artista con el que compartía admiración y otras muchas cosas...desde el interés por la arqueología hasta el uso del verbo saber en la muletilla de sus conversaciones: el “¿No sabes, comprendes?” de Jesús y el “¿Sabe usted?” de Vicente.

Empeñado en promocionarlo, Perceval le incluyó en la exposición indaliana de Pechina en 1946; recurrió a Tico Medina, que sería autor de más de un retrato magistral y periodístico de nuestro artista;  a Vallejo Nájera quien le incluyó en su "Diccionario de  pintores naif"... organizándole en 1956 su primera exposición individual en la sala Villaespesa de Almería. En la presentación del catálogo de aquella muestra, Jesús lo define como "un primitivo con toda la angélica gracia pechinera" que "sabe -dice- contarnos los pueblos como solo podría hacerlo el diablo cojuelo llevándonos por los aires, levantando las tapas de las tejas en las casas, viendo cómo la gente se mueve y se afana" siendo además "capaz de pintar la costa desde Málaga a Almería sin necesidad de moverse de su casa.“

Analfabeto, no sabía nada de arte, ni conocía ningún nombre de artista a excepción del de su amigo Perceval, quien le habló de Picasso y le mostró reproducciones de sus obras. 

Para ver la forma en que había interpretado Vicente lo contado por Jesús, este hizo que un periodista le preguntase:  

-¿Sábe quién es Picasso? 

Vicente se puso serio, pensó un ratito y alzando el cuello y el dedo índice, pontificó:

-!También pinta!

Poniéndose así, con dos... palabras, a la altura del genio malagueño al que, curiosamente, nunca dejaría de considerar un “estrambótico”.

Queda ciego en 1970 y sin la protección de su compañera y admiradora, surgen las enfermedades. Con las del cuerpo, no tardan en aparecer las del alma, una melancolía y tristeza que raramente dejan paso al optimismo. La ansiada operación no le deparó -a él  tan capicúa- la suerte de ver y verse de nuevo con sus pinceles, bregando con el color y la luz. 


Y así, a oscuras, sin verla llegar, le sorprendió la muerte un día de 1989. Faltando Rosa, dudo mucho que le llegara a tiempo el traje negro que decía necesitar  “para cuando me estire”. Porque esa es otra: Vicente no muere, se estira. Genio y figura… hasta la sepultura. Una sepultura que no fue la que para sí tenía dibujada desde 1962, sino otra sencilla a la que le llevaron sus paisanos a hombros, la única vez que no hizo Vicente a pie la ruta del camposanto."

EL ESCUDO DE VILLALÁN. Las armas de un obispo emperrado.

EL ESCUDO DE VILLALÁN. Las armas de un obispo emperrado

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en Diario de Almería de 10 de mayo de 2021.

*Con el escudo de la portada de la iglesia de Santiago ilustrador de este texto les ahorro el fárrago de la descripción heráldica del blasón de Villalán;  solo añado color por aquello de alegrar un poco la monocromía de la piedra: es verde el capelo de veinte borlas que le presta sombra, los perros alanos blancos sobre rojo y, sobre azul, los veros  blancos y las lises amarillas. 

Hay que ver lo en serio que se tomó don Diego Fernández de Villalán, el cuarto obispo de Almería y fundador de su Catedral, la etimología del nombre del pueblo vallisoletano de sus orígenes, Villalán de Campos, cuyo nombre no se sabe si procede de "villa de Egilán", el nombre de un hombre, o de "villa de alán", villa de alano tribu o de alano perro, que vaya usted a saber.

Duda resuelta por el prelado al decantarse por lo canino y al menos desde su llegada en 1523 vivió entregado a los perros alanos, su protector y el mayor de sus admiradores. Le deben tanto los canes de esta raza que lo han logrado incluir -y lo sé de buena tinta- en el santoral canino como San Diego de los Alanos. Amante de los perros fue en la vida y hasta en la muerte, en la que se hace acompañar desde 1556 en su sepulcro de la Catedral de uno a sus pies, el mismo que un día lo salvó avisándole del derrumbe de una sala: un alano, como no podría ser de otra manera, pues rodeado siempre de canes de esta raza lo extraño hubiera sido que le salvara la vida un caniche.

Como se ve, no era sol sino perros lo que a Villalán le gustaba, sirviéndose del cincelito mágico del escultor Juan de Orea, transformar en piedra allá donde se los iba encontrando: en las puertas, cubo, naves, salas y documentos de la Catedral, en la escalinata del Hospital, en las iglesias de Santiago, Purchena, Vera… en cualquier sitio, eso sí, casi siempre en alto pues siendo el alano español uno de los pocos canes capaces de trepar a los árboles, nunca quiso el prelado frustrar la tendencia de este perro a subirse por las paredes.

Tal vez sorprendiera a algunos de aquellos trepadores en el muro exterior de su capilla del Cristo de la Escucha, pero le debió parecer excesivo petrificarlos cuando ya lo había hecho en el escudo del contiguo cubo y desistió, que si por él hubiera sido habría fijado allí, no un sol, sino dos radiantes  alanos... y menos mal, pues ahora estaríamos en la discusión peregrina de si aquellos eran los perros de Villalán o los leoncicos de Portocarrero.

Así que no parece ser don Diego sino el cabildo el que puso el sol animado y radiante para saludar desde la fachada levantina de la Catedral los amaneceres de Almería... que no todo tiene, como el propio templo se encarga de demostrar, connotación religiosa: sol, leones, flores, frutas y hojarasca de piedra no poseen otro significado que el ornamental... y no digo esto con la intención de molestar a don Emilio Esteban Hanza por quien siempre sentí, aunque él no lo creyera, admiración por la mucha fe que ponía en las cosas.

Rollizos, brillantes, lustrosos y bien alimentados, van siempre los canes por parejas, atados con fuertes collares unidos a cadenas o correas, unas veces sueltas o arrastradas y en ocasiones salientes de la parte alta y atrasadas, de tal manera que si al seguirlas metiéramos la cabeza en el escudo, al mirar hacia arriba las veríamos asidas por la mano orgullosa y anillada del obispo.

No sé qué vería Villalán en estos canes de adiestre difícil, fuertes e independientes… pero si hasta el caballo acaba pareciéndose al dueño, por qué no se iba a identificar su señoría ilustrísima con los perros; y además, si para todos es válido lo dicho sobre el gusto -que no hay nada escrito- también lo habrá de ser para los obispos y con más razón para los que de este modo se emperran.

Pero si es todo un misterio la inclinación de Villalán por los alanos, no lo es menos el que envuelve su nacimiento, ocurrido, dicen, en Valladolid en 1466 o el silencio de los franciscanos de su orden sobre sus años de juventud; misterios acrecentados por él en las muchas actuaciones hechas en defensa de los intereses de la diócesis almeriense, dejando siempre claro, aunque sin explicar el porqué, que agarraderas tenía, pues igual se enfrenta al arzobispo de Granada que al gran marqués de los Vélez al que sacó de sus casillas para meterlo en la excomunión y exaperándolo hasta el punto de no desear el Fajardo ir al cielo para no coincidir allí con el obispo… y hasta dicen que lo representó en su capilla de Murcia por un apóstol de piedra, dizque demoniaco, que se parece a Villalán lo que un huevo a una castaña.

A todos llevó el pulso y siempre desde una seguridad que invita a pensar en un halo protector llegado por la vía, más o menos intrincada, de la sangre, algo que don Diego se cuida de ocultar con el silencio. Pero lo que él calla, parece decirlo su escudo; carezco de demostración documental concreta para afirmar nada pero la heráldica, que si no es prueba, sí suele ser indicio, está ahí diciendo por partida doble ser Villalán por los canes, Fernández, por las lises, y por los veros, Velasco: los Fernández de Velasco, condes de Haro y condestables de Castilla desde que en 1473 el rey Enrique IV elevara esta dignidad a hereditaria... Un linaje todopoderoso cuyo lema tan antiquísimo como irreverente, venía a decir que "Los Velasco eran Velasco antes que Dios fuera Dios / y fueran los montes peñascos", con un orgullo tan ciego que ni siquiera era capaz de ver la cercana Inquisición.

Es este, el de Velasco, un escudo que el prelado usa pero como por obligación, como si le guardara algo, y cuando puede hasta lo oculta, tal como hace en la puerta de los Perdones de la Catedral en la que se da por bien representado con los dos perros del primer cuartel de su escudo. Y de su corazón. Se le ve allí más a gusto yendo de Villalán. ¿Y por qué?  Ya me gustaría saberlo.  Desde aquí animo a la búsqueda de la respuesta y que nos cuenten luego el porqué del escudo, de las armas de un obispo emperrado."