sábado, 7 de agosto de 2021

ATAQUE A ADRA EN 1620.


¡TURCOS EN LA COSTA¡ El ataque a Adra en 1620.

Artículo de José Luis Ruz publicado en el periódico Diario de Almería de 11 de octubre de 2020. Dibujo recreación de Adra antigua, original del autor.

"Cuatro siglos se cumplen ahora .del ataque de los turcos a Adra y aquí como si nada. Tan ricamente. Atentos a las cosas que nos separan y en el olvido del pasado que nos une; creo que Adra aunque solo fuera una vez al siglo debería conmemorar la defensa que un día le hicieron sus hijos. Mientras se lo piensa, yo lo voy a hacer con este relato.


La Adra que he dibujado aunque figura ser del siglo XVIII, es la amurallada por la reina Juana en el XVI y la misma del XVII si quitamos tierra. Una villa contra la que rompen las olas tan cerca que ante la puerta del Mar han construido un revellín para evitar su cañoneo desde los barcos. 


El mar que le trajo culturas y le metió los atunes en la almadraba de sus monedas fenicias y romanas, es ahora la frontera de las viejas escrituras de las tierras costeras:  "... y al sur linda con el moro". Con el Mar. Moro, turco y peligro son una misma cosa. 

Por eso nadie en Adra levanta la cabeza sin echar la vista al mar. El miércoles 14 de octubre de 1620, una de aquellas miradas descubre una escuadra: guiña los ojos: cuenta sus navíos: catorce, y la reconoce: ¡turca! 


Toque de rebato. La gente del mar y de la vega corren a protegerse tras las murallas, mientras la más alejada huye hacia la sierra. Los bufidos de caracolas avisadoras de las riadas suenan ahora a la contra, río arriba, pues no es agua lo que anuncian, sino sangre. Y por los  atajos emisarios a caballo llevan la mala nueva a los pueblos. Es Berja la primera en acudir al mando del capitán Guréndez de Salazar quien a la vista de Adra comprende que la ayuda ya no va a ser posible desde dentro, ni acometer al turco que la ataca; hasta que no vengan refuerzos no puede hacer sino amagar, correr la caballería de un lado a otro para distraer al invasor del asalto a las murallas.


Sobre ellas una guarnición corta, mal pertrechada y escasa de pólvora, lucha contra unos turcos apoyados en su número, ochocientos, y en la artillería de sus barcos. Poco puede hacer por mucho que el capitán de Adra Luis de Tovar la anime con sus órdenes y con su ejemplo heroico. Cuando este cae muerto a los pies de la muralla, toda la población, trescientas personas, ya está refugiada en el castillo.


Dueños de la muralla y sus cubos, los turcos se entregan al saqueo mientras los sitiados se recogen en la torre del homenaje, el Macho, cuyos muros interiores acaban demoliendo  para con sus escombros taponar la puerta que resiste así la acometida de los cañones. 


A la luz del día siguiente, ven al capitán Guréndez y al cabo Guerra con sus virgitanos, luchando en desigualdad y bajo el cañoneo de las naves, contra otros doscientos turcos desembarcados para reforzar el ataque a la torre.

Así de angustiados andan cuando ven como por el río aparece una importante tropa. ¡Qué alivio! Sin ellos saberlo, aquella aparición les suena como a nosotros, de niños, nos sonaba en las películas de indios la llegada del séptimo de caballería al fuerte cercado.


Es el alcalde mayor del partido, Sebastián de Céspedes, con media Alpujarra armada. Forma escuadrón con la gente de su milicia de Ugíjar y las escuadras  de Berja, Fondón, Presidio, Paterna… y  despreciando los cañones, al grito de ¡Santiago!, ataca la villa a la que accede por la Puerta del Mar, desplazando al enemigo.


Levan anclas los turcos y El Macho les envía el disparo de un pequeño cañón, que suena a advertencia de padre sin autoridad, "¡que sea la última vez…!", un tiro al que ni siquiera responden los otomanos, retirados con un centenar de hombres menos... y el propósito de volver, como así harían al día siguiente sin éxito alguno. 


Aún velada por el humo, se muestra clara la tragedia. Trece soldados, el capitán y dos mujeres muertos, muchos heridos y del gato al caballo todos los animales han sido degollados, las casas al saco y quemadas y hasta San Nicolás -que ya opositaba para patrón de Adra- ha ardido en la iglesia, ahora descampanada y tan debilitada como la fe de muchos de los liberados, recitadores, eso sí por lo bajito, de aquello tan descreído: "Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos."


La Torre Macho se yergue orgullosa/o, -que poco importa- al saberse guinda inalcanzada del ataque y por ello Adra podrá declararse imbatida al igual que España puede decir que Francia no la conquistó por no haber entrado en Cádiz, cuando en ambos casos el indeseado visitante se paseó insultante por todos los rincones de la casa y lo único que no hizo fue meterse en la cama de matrimonio.


El Macho fue todo un símbolo para Adra, su sello municipal hasta 1830. Cuando la memoria aflojó y el mar, ya más seguro, se había retirado tanto que los cañonazos no llegaban al agua, con el permiso de la capitanía general, que no de la Historia, la fortaleza fue derribada. De este desagradecido modo terminó la torre macho que tuvo lo que había que tener de macho y de hembra cada vez que en Adra se gritó ¡turcos en la costa!"





EL MULO NÁUFRAGO


EL MULO NÁUFRAGO.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 27 de septiembre de 2020.  

"Hay que ver lo egoísta que es el hombre; usa y abusa del mulo, forma con él un auténtico centauro,  y basta la aparición de un motor para echar al olvido esta relación de siglos. El mulo ha pasado a la historia, como pasó el burro, como pasa cada temporada de caza el galgo y como pasa todo lo que deja de ser útil para el compañero interesado que siempre ha sido el hombre.  

Tan mal pagador que cuando le servía le pagaba con el insulto y ahora lo ha relegado a mero término de diccionario, a foto antigua… Cuesta trabajo explicar a los que no lo han vivido que antaño fue este animal motor vigoroso de nuestra supervivencia.


Después de tres años de guerra, Almería se halla en plena labor de recuperación. Barrios nuevos demandan un transporte para las obras  y el acarreo de mercancías y fruta al puerto y al ferrocarril. A la llamada acude el carro como el transporte de carga por excelencia; infinidad de autónomos y empresarios crean una red movida por una fuerza mular que en poco tiempo conforma una auténtica legión. Una legión a la que pertenecía un mulo que por su calidad hacía de puntero en el tiro de reata de los carros de un destacado empresario del ramo, al que llamaremos José con el anonimato que para él quieren los suyos.

 

Surgió un porte ligero al ferrocarril y el carrero decidió para manejarse mejor por las calles de la ciudad, ir con solo el mulo puntero enganchado al de varas. Ya cerca del destino se levanta un viento enorme, un vendaval de esos que sólo saben levantarse en Almería, y Valeroso, que así se llamaba nuestro animal,  se asusta, briega, se desata y emprende por la avenida de la Estación, entonces un camino salteado de cuatro casas, una carrera veloz, sí, pero no loca, pues iba bien dirigida a su cuadra en El Quemadero. 

 

Una buena cuadra en el cortijo al que nunca llegó, con el enorme disgusto de su dueño quién puso en búsqueda al desaparecido por las calles, la vega y el monte. De nada sirvieron las denuncias a la guardia, ni de nada tampoco las pesquisas ni promesas de recompensa. Se lo había tragado la tierra. Pasaron los días, se fueron disipando las esperanzas y con harto dolor fue dado por perdido, imaginado con guía falsificada, en manos de trajinantes, o vendido ya en cualquier lugar lejano.


El dueño se hizo a la idea de que se había quedado para siempre sin aquel hermoso animal, pero hete aquí que a los 47 días aparece. Resulta que en su  carrera halló abierta la portada de El Tiro Nacional -donde hoy se encuentra el edificio Belén, avenida de la Estación esquina a la Rambla- y se coló por ella, casualmente abierta por unos operarios de aquel complejo de deporte, cine y boxeo nacido en 1939 y que andaba inactivo por aquella época del año. Cerraron sin advertir su presencia y allí quedó nuestro mulo preso, cautivo, como un robinson en una isla perdida pero en más duro: sin verdores ni frutas ni aguas cristalinas, solo a merced de lo que pudiera dar la naturaleza que allí era tanto como decir nada. 


Nadie daba crédito al hallazgo. Estaba en la guías; su extrema delgadez lo hacía casi invisible de frente; se había comido, amén de todos los yerbajos de los patios, macetas y jardineras, las aneas de las sillas, los canastos y cestas de mimbre, sacos, cartones y hasta las cajas y barriles para uva... y se había bebido todo el agua de las milagrosas pilas y bidones que allí habían.

  

El dueño ni se atrevió a llevar el mulo al cortijo en el que descansaban las bestias y se guardaban los carros. La sola idea de que el famélico fantasma mular, aquel saco de huesos, escuálido y deslucido, pudiera ser reconocido por la gente, por sus clientes, como algo de su propiedad, de su empresa, le ponía enfermo; descartado el que lo hiciera ninguno de sus operarios, buscó un muchacho ajeno a la casa para que, a cambio de un dinerillo, llevara el reaparecido a la cuadra. Y así, ya oscurecido, de tapadillo y en vergonzante rodeo, Rambla arriba y paseo de la Caridad, hizo Valeroso su espectral viaje de El Tiro Nacional a su cuadra de El Quemadero.


Ya le esperaba allí el veterinario quien lo examinó y no tardó en mirar con cara de pésame al dueño para decirle que nada daba por su supervivencia.  Pero no se dió José por vencido y lentamente sus cuidados fueron haciendo por la recuperación de su mulo favorito... Cuando los músculos se empezaban a marcar otra vez sobre un pelaje ya casi brillante, cuando ya se hallaba a dos pasos tan solo de verse de nuevo puntero orgulloso de los carros del amo, el animal murió. Le había pesado demasiado el mes y medio largo de soledad y hambre y no pudo el pobretico con tanto sufrimiento.


Como veis, no solo el hombre ha sido protagonista de épicos asedios y peligrosos naufragios. También los animales cuentan con experiencias límite dignas de ser contadas, historias merecedoras de figurar en los anales del heroísmo animal... como esta de Valeroso, el mulo puntero al que un día el miedo y el dichoso viento de Almería llevaron a naufragar en la isla de El Tiro Nacional."



VIRGEN DEL MAR MOLINERA




VIRGEN DEL MAR MOLINERAL. Llanto por un grabado perdido

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 30 de agosto de 2020.

"Este 2020 no va a tener la Patrona la feria de todos los años. Decir feria es decir gentío, pero también más cosas y algunas malas como la que este año ha venido para amargar nuestra existencia de gregarios.

 

Habremos, pues, de habituarnos a hacer cosa a solas y así como hemos restringido besos y abrazos, tendremos que reducir salidas, evitar voces y parlas, aislarnos para no ayudar a este virus chino al que le ha puesto una corona, como si fuera bueno, el mismo desgraciado que apellidó española a la gripe de 1918.

 

La ofrenda a la Virgen habrá de ser este año de otro tipo; no sé cómo la harán los dominicos que la guardan, ni la hermandad que la representa, ni sus fieles que la adoran. Yo lo iba a hacer de la única manera que sé: con el grabado, mi asignatura pendiente en la práctica, sólo aprobada en la teórica, su estudio y su disfrute.


La fe ha ido formando sobre la Virgen del Mar una iconografía cuyo origen radica en los cuadros pintados, obras costosas que se popularizaron como grabados, asequibles por seriados: los xilográficos, primero, luego los metálicos, los litográficos... hasta que la imprenta y la fotografía, ilustró la devoción, disparando el imaginario en tinta de la Patrona.


Mi ofrenda iba a ser la publicación de un raro grabado  de  la Virgen del Mar que encontré en el Archivo Municipal, en una patente de la ciudad. No corrían los tiempos fáciles de hoy para la foto y la demoré y ahora, más de 40 años después, me encuentro con que el grabado ha desaparecido. Buscado con la ayuda de una eficiente funcionaria, compruebo como en el lugar en que debía de estar hay otra cosa y que hasta su rastro se ha borrado de los índices… y me han dado ganas de llorar. Parece que lo estoy viendo y así, en presente, os lo describo que ya sé que no es lo mismo, pero consuela.


Como consuelan la esperanza de recuperarlo un día y el grabado que ilustra este texto, una Virgen del Mar con Niño y barco, que alguno tilda de chapuza y copia de la patrona utrerana, a pesar de ser aprobado año trás año por los señores del concejo almeriense, en varias tiradas en los siglos  XVIII y XIX sin advertir, tan tontos ellos, que la imagen no era la oficial. Y ¿cuál era esta? ¿Es que tienen algo que ver la virgen barroca que al final imperó con la aparecida, sencilla y gótica, en 1505? La Virgen de Consolación de Utrera no tenía barco hasta que se lo regaló un devoto; ¿quién dice que la del Mar no recibiera similar presente...? 


Pero tornemos al perdido. En un primer vistazo diríamos estar ante uno más de sus grabados pero pronto advertimos que bajo la Virgen no está la bahía y sus torres, ni el convento dominico, ni las azucenas de Torregarcía, sino que allí hay un dato de interés para la historia de la  ciudad. 


Posa mirando al horizonte marino como en sus otros grabados, pero no en situación indeterminada sino precisando el lugar de posado: en el cielo, en la vertical de la estación portuaria; vamos que el vuelo de su manto no le deja ver, amarrado,  el barco de Melilla. 


Bajo la Virgen, un trozo de la antigua ciudad de Almería, una  perspectiva de su zona sur-este, en la que figura el extremo de la muralla del mar cuando  se une a la de levante sobre la que se ve un molino de viento, y de donde parte la coracha, el muro que va perpendicular al mar hasta introducirse en él; con esta y otra coracha en el extremo de poniente se libraba de ser atacada toda la muralla playera, una preocupación menos en caso de asedio. 


La existencia de esta fortificación auxiliar probada por la historia, viene a confirmar que este grabado, datable a finales del siglo XVIII, es  la interpretación de algún cuadro antiguo hoy perdido. 


Si la coracha existió, difícilmente podremos dudar de que el molino de velas que se ha encaramado a la muralla en busca de los vientos, fue realidad conviviente con ella.  Yo creo en su existencia con firmeza; vamos que oigo la molienda de los granos y el zumbar de sus velas entreteniendo las largas horas de los vigías.

Y si no ¿Por qué se lo habrían de inventar? ¿Es que no tenía Almería molinos mucho antes de que se le llamara renovable a la energía que los mueve? 

¿Es que no existieron en Almería molinos que le dejaron sus nombres, entre ellos a uno de sus barrios más castizos?


Por este grabado he podido comprobar cómo a la Virgen le sigue gustando flotar en el aire y oírlo moverse entre aspas y en eso la sigue el Niño, que da la impresión de que de un momento a otro va a tender su manita en busca del molinillo -corre, corre, que te pillo- que abajo gira y gira, lonas al viento. 


Por este grabado he conocido una faceta nueva en la vida de Nuestra Señora: que es molinera. 

Verdaderamente es una caja de sorpresas la Virgen del Mar. Claro que si una noche pudo  presentarse flotando sobre las olas con Dios niño en sus brazos, seguro que es capaz de sorprendernos con cualquier cosa buena.  No sería de extrañar que un día de estos apareciese con una inmensa cajita de vacunas en sus manos."





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PITA MÁS QUE ANDA, EL LOCOMÓVIL EN ALMERÍA.



PITA MÁS QUE ANDA. El locomóvil en Almería.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 18 de agosto de 2020.


"En la prensa de comienzos del siglo XX me encontré con la noticia de un niño no recuerdo si herido o muerto en el Almanzora cuando se colgaba a un extraño vehículo de vapor, noticia esta que me hizo evocar mi infancia madrileña y con ella el tren de Arganda, del que se decía "que pita más que anda" con razón, pues cuando cargado subía la pendiente desde lo que hoy es la M-30 hacia la estación del Niño Jesús, iba al paso de una persona, facilitando que los niños nos encaramásemos al vagón de cola sin que pudieran hacer nada por evitarlo los pitidos ni los insultos y amenazas que nos dedicaba el pobre maquinista, al que, la verdad, no le hacíamos puñetero caso, sabiéndolo, como le sabíamos, lejano y prisionero de la locomotora a la que no podía abandonar. 


Era así como abordábamos aquel tren de vía estrecha para pasearnos… pero ¿a qué fue a lo que se había colgado  cincuenta  años antes y con las mismas intenciones nuestras aquel pobre chiquillo del Almanzora? No era un tren, pero casi: bufante, negro, trepidante y silbador, solo le faltaba usar raíles para parecerlo. 


Era una nueva máquina diseñada para la carga, el tiro, el aporte de fuerza a otras, y siempre con la posibilidad de moverse y cambiar de lugar, características estas de las que se percató el latín y con sus palabras "locus"" y "mobilis" le compuso un nombre que, a decir verdad, quedó mucho más propio para historieta de comic que para vehículo serio: locomóvil. 

 

Con lejano orígenes en el siglo XVIII, no será hasta finales del XIX y comienzos del XX cuando esta máquina cuaje de la mano de la industria inglesa, la nacionalidad común de todos los primeros vapores de la historia. 


Ingleses son los dos locomóviles John Fowler llegados en 1908 a la estación de Albox-Almanzora y matriculados en Almería el 6 de abril como  AL-3 y AL-4 a nombre del empresario José Rivas Massegur, propietario de la Compañía Madrileña de Minas, con la que explota sus yacimientos de Almería, en especial la mina "Mi Modesto", en Cóbdar, desde la que arrima con estos dos vehículos el mineral de hierro al tren, pasando por las ramblas de Chercos, Líjar, Cóbdar, Albanchez, Comares, Los Plantones y Calderón.

    

Adquiridos por la Spanish Marble Limited, otros dos Fowler idénticos son matriculados como AL-5 y AL-6 en mayo y junio de 1908. El primero, llegado en abril, esperó la licencia en una cochera de Albanchez, de donde lo sacó una impaciencia que costó diez duros de multa. Venido para dar disgustos, rompió frenos en 1909 y por el collado de Los Molinos abajo, se llevó por delante a su compañero, destrozándose con él e hiriendo gravemente al conductor.


Aquel AL-3 fue el primer locomóvil matriculado en Almería, sin que signifique esto que fuera el primero en llegar. La interesante foto de Gustav Gillman que ilustra este texto está fechada en 1906 lo que confirma que al menos este vehículo que humea por un camino de Albanchez, se adelantó en la llegada y que si no figura en los registros es por que en aquella fecha aún faltaban unos meses para el establecimiento de la matriculación.


Pero no limitó el locomóvil su presencia a la provincia, pronto la capital lo incorpora a su paisaje por el que lo vemos  moverse como un elefante en una cacharrería, originando no pocos accidentes, ligados siempre a su mucha fuerza y rigidez de su conducción.


Algo que tuvo ocasión de comprobar el carrero Miguel Fernández Abad el 26 de mayo de 1910 cuando llevaba  pescado a la estación; se le atascó el carro y tratando  de liberarlo estaba cuando quiso la mala suerte que pasara por allí el locomóvil AL-20 -uno de los siete Eveling Porter venidos de Manchester- que lo mandó de la calle Jaul, en Las Almadrabillas, al Hospital con fracturas de gravedad. Las vecinas del barrio se arremolinan, increpan al conductor y acaban ante el gobierno civil pretendiendo ser recibidas por el gobernador, seguramente para  poner verde a aquella máquina que además de atropellar a Miguel, es una robajornales de sus maridos.


Un carro en la rampa de acceso de la rambla Orberá al dique de levante; aparece un locomóvil con mineral, se espantan las vacas, el vehículo vuelca y Manuel Ramos, su boyero, va a caer a los pies del locomóvil, que no lo aplasta por los reflejos de su conductor. Cuando sus compañeros y el alcalde de barrio lo levantan tiene una pierna contusa, la cara blanca del susto y el convencimiento de que ha vuelto a nacer el 8 de abril de 1910.


Cuando no encontraba carros ni carretas con los que toparse, el locomóvil la emprendía con lo inanimado y allá que iba contra los guardarruedas de piedra de los accesos a los andenes de la rambla…


Estaba claro que hacer amigos no era su especialidad... así es que en unos años dejó de circular por nuestras tierra el locomóvil, el híbrido de locomotora y tractor con nombre de dibujo animado, a todas horas silbando, de luto y andando despacio… lento como el tren de mi niñez, aún vivo en mi memoria: el tren de Arganda, el que pita más que anda."

¡VAYA YELA!


!VAYA TELA!  Tesoro árabe en Pechina.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico fiario de Almerí de 20 de julio de 2020.

"Obras en el cortijo de Perceval, una casa chata y mediterránea, con las  vigas de tronco de palmera sosteniendo las cañas y la launa de sus cubiertas, un cortijo del camino de Enmedio que hoy agoniza, como tantos, en el campo de Pechina. Destinado a vivienda del aparcero y a la guarda de las bestias y aperos de labranza, a finales del siglo XIX sus propietarios, don Juan del Moral Almansa y doña María de Perceval, emprenden la obra de adaptarlo para pasar en él largas temporadas. Una de las actuaciones consiste en el derribo de un par de estancias con el fin de construir un salón que servirá también de estudio y acabará siendo decorado con pintura del propio don Juan.


Cuando los obreros empiezan a desmontar el suelo un golpe de piqueta produce un hueco por el que se deja ver, tras el acomodo de los ojos a la oscuridad, una pequeña habitación encalada, con el suelo de ladrillo y en la que reina en solitario un arca de pino lisa y pequeña.

Aquello huele a tesoro. La suben y en un santiamén la están abriendo. En el fondo yace muy bien dobladita una tela que nada oculta, sin  acompañamiento de joyas  ni monedas. La decepción ensombrece las caras al tiempo que sólo se ilumina la de don Juan, el único que ve que aquel tejido bello es un pedazo de historia almeriense que acaba de volver a la vida.


Cuando la tela llega a Almería, a casa de don Juan en la calle del Cid, que así se llamaba entonces la de Eduardo Pérez, ya estaba esperándola impaciente don Cristóbal Bordiú, el ilustre abogado nacido en Almería en 1856, registrador de la propiedad cuando no ejerce de vocacional arqueólogo e historiador. Se encaprichó de ella, se la regalaron y a su casa de Madrid fue a parar y allí estuvo años, a  modo de repostero, colgada tras el sillón de su mesa de despacho.


¿Era tela de rezo?. Eso parece por contar con arqueta propia y, sobre todo, por hallarse tan discretamente guardada en un sótano, tipo de estancia poco común en los cortijos y que parece hecha ex profeso entre 1488 y 1570, en un tiempo en que la oración del musulmân era perseguida y había que ocultarla a los ojos de los cristianos y a los de los propios hermanos conversos. En algún recrudecimiento de la persecución a los moriscos decidieron cerrar con obra la trampilla secreta a la espera de unos tiempos mejores que nunca vinieron y sí, en cambio, la confiscación, la expulsión y la llegada de nuevos pobladores cristianos... luego el tiempo se encargó de echar todo al saco del olvido.


Sea como fuere, esta aparición es evocadora del pasado textil de nuestra tierra, vinculado a los primeros califas 

cordobeses que crearon "la casa  del tiraz", en la que se manufacturaban las más suntuosas labores de seda del mundo. Una casa que pronto dejó de estar sola, apareciendo en el siglo XII con la aquiescencia y control califal otras en Sevilla, Málaga, Almería, Pechina.. siendo la nuestra, después de la cordobesa, la casa más apreciada, agrupadora de más de ochocientos telares de seda.


Continuó aquel tejido con una existencia  exitosa con los almorávides, tornándose a partir del siglo XIII técnica y estéticamente más hispano-andalusí, línea  en que se mantendría hasta su decadencia en tiempo de los moriscos. Hoy, exceptuando las escasas muestras de seda en los museos, poco rastro queda de aquella actividad textil.  Si acaso, nuestra afición, casi genética, al gusano de seda, la única  oruga de la creación a la que desde niño tratamos con simpatía y admiración, no sé sabe si por su pasado de tejedora laboriosa o por su apetito. Un apetito que trataban de saciar con las hojas de las infinitas morenas plantadas en las vegas… "El Moreal" se llamó primitivamente, por cierto, el cortijo pechinero en que apareció nuestra tela, a la que nuevamente volvemos.


Muchas veces  estuvo Jesús de Perceval en la casa madrileña de don Cristóbal  después de fallecido éste en Cuevas en 1934 y ya no la vio allí ni en el despacho ni en ningún sitio. No le resultó oportuno preguntar por ella y la olvidó hasta que en los primeros días de la Guerra Civil  acudió al ayuntamiento  de Madrid en busca de la ayuda de Pepe Bordiú Cordero, el hijo de don Cristóbal, quien le recibió en secretaría con un afectuoso abrazo desde el que vió, con no poca alegría, que la tela regalada por sus abuelos colgaba en la pared, sobre el sillón de despacho. Pensó en fotografiarla, pero no llevaba la cámara y tampoco eran de foto los disparos que demandaban aquellos tiempos desgraciados. 


Muchas veces oí a Perceval hacerse preguntas sobre la tela y su destino final. ¿Volvió a la casa de los Bordiu? ¿Se quedó en el ayuntamiento de Madrid? ¿La degradó algún bruto a la categoría de trapo?

Preguntas sin respuesta en la historia de una tela -que yo supongo obra del tiraz concedido a Pechina por los califas Omeya- a la que unos golpes de piqueta despertaron de un sueño de siglos, para aparecer sola, sin necesidad de acompañarse de joyas ni monedas, muy segura ella de ser un auténtico tesoro... !Vaya tela!"




EL QUE LA HACE LA PAGA

EL QUE LA HACE, LA PAGA.

Artículo de José  Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 5 de julio 2020. Ilustración  original del autor.


"En 1980, cuando leía un original sobre los robos perseguidos por la Santa Hermandad toledana para ilustrarlo, me encontré con que unos penados a galeras, desde la cárcel de Cuenca iban a la de Toledo para salir con otros muchos hacia su embarque en Valencia; no comprendía que a aquellos presos, que bien podrían haberse sumado a la cuerda en el camino, se les obligara a andar leguas y leguas para deshacerlas luego... Ante mi extrañeza, don Fernando Giménez de Gregorio, el autor del trabajo, no tardó en sorprenderme en forma -él tan correcto- y fondo: !Para joderlos!

Y entonces reparé en que la pena tenía antiguamente mucho, por no decir todo, de venganza por parte de la sociedad. Hoy posee un significado distinto, busca la reinserción del penado y el devolverlo recuperado a la sociedad. Por eso resulta incomprensible la naturalidad con que nuestros ancestros acogían el maltrato al delincuente.

Rollos, picotas, horcas, jaulas y sambenitos, fueron siempre los objetos con los que se expuso al escarnio público, como una pena añadida, al reo ya fuera vivo o muerto. Más discretas, pero terribles, eran las penas que se cumplian por tierra -obras, canteras y minas- por mar -galeras- y por aire... ninguna, seguramente por no hallar con qué. Tanta actividad represora ha generado un amplísimo catálogo de los instrumentos y métodos con los que la sociedad castigó a los transgresores de sus normas, así como un infinito historial de casos del que ahora entresaco un par de ellos relacionados con nuestra tierra almeriense.

A mediados del siglo XVII don Jaime Manuel de Cárdenas Manrique de Lara, V duque de Maqueda, siendo cuatralbo -almirante- de las Galeras de España y hallándose con su flota fondeada en Málaga, dispone, "con objeto de no tener ocioso al personal, un viaje a Palma de Mallorca". Toman los penados los remos y las naves ponen proa a levante, llegando pronto a la vista de Almería; repara el duque en la Alcazaba y recuerda que él es su alcaide por delegación y gracia que los Reyes Católicos hicieron a su tatarabuelo don Gutierre de Cárdenas, al tiempo que le dieron en señorío la taha de Marchena compuesta por Huécija y sus pueblos. Manda el duque disparar unas salvas de saludo y la fortaleza no tarda en responder la cortesía con la misma pólvora, nunca mejor dicho, del rey.

Rema que te rema, supliendo la ausencia y la flojera de los vientos, tras una travesía de cuatrocientas millas, llegan por fin a Palma de Mallorca sin novedad, por no decir "felizmente", como tampoco, por no hacer burla de aquellos remeros, calificaré de "feliz" su estancia en aquel puerto. Una estancia corta, como cortos serán los fondeos de Valencia, Barcelona, Orán... y los de todos los puertos a los que se le ocurra al señor duque cuatralbo llevar la flota, con el único objeto de no "tener ocioso al personal", a los forzados, de hacerles recordar con cada golpe de compás del cómitre, con cada palada del remo, que allí estaban purgando las penas por sus delitos.

Ahora toca saltar de la mar a tierra, cambiar de siglo y tratar del caso de don Francisco Cuenca Ibáñez, alcalde de Adra entre 1884 y 1886. Lo poco que de él conozco se lo debo al rastro cultural y genético que ha dejado: el afán investigador de su hijo Francisco Cuenca Benet, periodista y biógrafo de artistas y autores andaluces, y la sensibilidad poética de su bisnieta Victoria Cuenca Gnecco. Por la valía de estos descendientes sé que fue muy buena su labor de regidor. 

Y para el historiador no pudo ser mejor. Tenía don Francisco la buena costumbre de no delegar, la de leer los oficios y escribir en el reverso el borrador de la contestación, solventando así el divorcio de la pregunta y la respuesta, viajeras siempre en cartas distintas y en direcciones encontradas hasta que nuestro alcalde, como si de un precursor del correo electrónico se tratara, consiguió el milagro de hacerlas vivir y viajar juntas.

En 1885 recibe Cuenca un oficio desde Cerro Gordo, por el que se le comunica haberse declarado allí el cólera en el batallón de penados que trabaja en la construcción de la carretera de Almería a Málaga y se le pide el envío urgente de algún médico. Su respuesta, que cito más o menos de memoria, es demoledora. Les viene a decir "que habiéndose declarado también el cólera en Adra y necesitando todos los facultativos, no puedo enviar ningún médico para los penados en detrimento de esta población honrada ".

Es decir: que si a alguien le tenía que tocar la muerte por falta de asistencia médica, todas las papeletas del sorteo las tenían los penados y ninguna los vecinos de Adra. Y esto lo decía un hombre como don Francisco Cuenca Ibáñez, seguramente sensible y bueno, federal y masón.
Y es que la idea de la necesidad del escarmiento estaba tan profundamente arraigada en la sociedad que no se concebía una arcadia social sin la existencia del castigo duro y despiadado del reo. Eran aquellos los tiempos en que de verdad se purgaban las penas. El que la hacía, la pagaba.'


EL GRITO DE UN ESCUDO

 


 EL GRITO DE UN ESCUDO. La  casa de los Moral en Fondón.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almeria de 22 de junio de 2020. Ilustración dibujo original del autor.

"Hasta el primer cuarto del siglo XIX en que se libera la minería era Fondón el clásico pueblo alpujarreño, uno de los cuarenta del partido de Ugíjar, con una población labradora de unas tierras en su mayoría propias del corto número de descendientes de los pobladores nobles llegados tras la rebelión morisca de 1568.


Entre ellos vino un Juan del Moral, tronco de un ramaje formador de una frondosa familia que ha perdurado hasta nuestros días y cuyos descendientes don Diego del Moral Campos y consortes emprendieron en el siglo XVIII un pleito contra el concejo y vecinos llanos y pecheros de Fondón para que les fuera reconocida una nobleza que de paso les eximiera del pago de tributos; es decir: que fueron a por honor … y pan, del mismo modo que antaño los pescadores gaditanos iban a sacar la patente de almadraba a la casa de los Medina Sidonia: "Por atún y a ver al duque". 


Incoado en la Real Chancillería de Granada en 1726, fue aquel un dificultoso litigio que costó -amén de miles de reales en abogados, documentos, imprentas y genealogistas- desde una muerte por envenenamiento en aquella ciudad a penas de prisión y multas a los escribanos de Fondón y aún de Valdepeñas de Jaén, origen del primer poblador, por el falseo y ocultación de los documentos que eran favorables a la causa de los del Moral. Ganado el pleito en 1742, el mayorazgo construyó su casa y en ella puso su escudo -el moral arrancado con bordura de aspas y flores- como cimera de su tenaz lucha. 


Mucho sacrificio para que un siglo después, la abolición de los mayorazgos acabara liberando estas casas a la hora de la herencia y la enajenación.

Desconozco el modo en que la vivienda pasa a los Godoy, otros nobles emparentados con los del Moral y que, al parecer, han sido sus donantes al pueblo para su uso cultural. Una acción loable y digna de todo reconocimiento: dedicatoria de calle, placa honorífica, título de hijo predilecto… cualquier cosa menos el borrado del apellido del que había levantado la casa a golpes de cuartos y no poco sufrimiento. 


Muchas veces he pensado en cómo hubieran sido ante este cambiazo de nombre las actitudes de algunos vástagos señalados del linaje:  La gravedad de don Diego del Moral, inquisidor general del reino de Murcia y poseedor de una buena pinacoteca, heredada por aquel obispado y por sus sobrinos fondoneros. La ironía de don Juan Gabriel del Moral y Villalobos, patrón de su capilla de la Concepción y autor de una de las memorias más frescas y auténticas de la invasión francesa, publicadas en 1908 por la Real Academia de la Historia. La incredulidad de don Sebastián del Moral, el caballero maestrante, dueño del cortijo de Cacín. La sorpresa de don Juan del Moral y de Almansa, mayorazgo de Mon, considerado con Giuliani y Bedmar uno de los tres mejores pintores de la Almería del siglo XIX. La perplejidad de don Jesús de Perceval y del Moral, célebre pintor y escultor, hijo predilecto de la ciudad de Almería.


Este muestrario ilustre del linaje debería bastar por sí solo para desautorizar el que ahora, por el solo mérito del apellido de sus últimos moradores, acabe la casa solariega de los del Moral en Fondón llamándose de Las Godoyas, así, en un femenino plural y caprichoso y además desafortunado al exponer a mala rima al sonoro apellido de Godoy.


Por justicia urge rebautizarla, devolverle el nombre que nunca le debieron quitar. Que la casa que ha llegado hasta nosotros íntegra en lo material, llegue también en su espíritu; aunque en este resida un punto de orgullo de linaje, una vanidad que a la postre resultó cosa buena al aportar al inventario monumental del pueblo una de las más bellas de sus casas barrocas.


Y es que al fin y al cabo la vanidad, sola o mezclada, es la madre honrosa de muchas obras de arte. La mayor parte de ellas impagables. Pero ya que no es posible pagarlas podríamos corresponder con algo tan sencillo como reconocer y perpetuar el nombre de su paternidad. Algo que se debería haber hecho ahora cuando la casa de los del Moral se ha remozado y luce, espléndida, como casa de la Cultura


Váyase, pues, el dichoso nombre de Las Godoyas, y desde allá dónde estas señoras  se hallen confórmense -que estoy seguro que se conformarán- con ver el escudo de su linaje de Godoy en una hermosa casa de ladrillo frente a la iglesia y dejen -que estoy seguro que dejarán- que torne "al César lo que es del César", a Moral lo que de Moral era.


Desde aquí animo a la autoridad fondonera a devolver a la casa su nombre original en honor de su fundador pero sobre todo en honor de la Verdad y de la Historia. Para que cuando se la nombre suene acorde con la voz de piedra añeja de su escudo que no se cansa, machacona y cierta, de gritar: !del Moral..! !del Moral..! El acompañar al blasón en su grito será, sin duda, viva muestra de  justicia. Y además de buen gusto. Piense, señor alcalde, que Las Godoyas más suena a nombre de grupo rociero que a palacio nobiliario o casa de la Cultura… "