domingo, 8 de agosto de 2021

MARIPOSAS EN LA PUERTA DE PURCHENA


MARIPOSAS EN LA PUERTA DE PURCHENA. Vuelos masónicos sobre Almería

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 25 de abril de 2021.

"Un día de 1911. Se han dado los últimos retoques al edificio Campos levantado en la Puerta de Purchena; una nueva obra de la burguesía almeriense que ha ido alzando sus viviendas sobre los solares de la muralla y sus contornos, como si con ello rematara al antiguo régimen cuyas casas comienzan en las callejas del otrora intramuros a languidecer, a ser historia, a mirar con envidia a las del nuevo Paseo: la del último Casino hoy Gobernación, los edificios del viejo Correos, el Círculo Mercantil…

En la terraza brindan por la obra la propiedad, el trabajo y el arte representado este por el arquitecto don Trinidad Cuartara Cassinello -en adelante don Trino- el único que solo acerca los labios al vaso por cumplir, pues no está el hombre para copas con setenta y seis años de los de entonces, achacoso y a unos meses de partir. Por un momento se aparta del grupo, sube a la torreta, alza los brazos y cuando parece que va a dar el do de pecho en una ópera de la tierra italiana de sus ancestros, de las mangas de su levita surgen unas libélulas que toman raudas para el cerro sancristobalino y unas mariposas que se van situando sobre la barandilla, en la postura incómoda en la que las coloca el amor-odio de sus coleccionistas y despreciando, nunca sabremos por qué, su posado en las palmas, flores y guirnaldas talladas del edificio.

Cuando al fín don Trino se dispone a bajar del terrado mira al paisaje y por su cabeza pasa toda su obra en pos de una Almería horizontal; se siente satisfecho y hasta cree ver sobresalir, allá por Plaza Vieja, su monumento a Los Coloraos, "el Pingurucho", como se conocía desde su inauguración, aquí, en Puerta Purchena en 1873 y luego, ya ante el Ayuntamiento, "Pinchos de Cuartara" por la bola con rayos de sol con la que el arquitecto sustituyó al primitivo ángel, un ser inventado, nada en el sentir masónico para el que no existe un dios imaginado que esté en todo, sino que todo lo que en la vida está es dios.

Ya en la calle, con la vista busca el arquitecto a sus insectos: de las libélulas ni rastro, pero sobre la barandilla siguen las leves mariposas, dioses por reales, que tienen la virtud de pasar por transformaciones maravillosas a los ojos de todos y más a los de don Trino que se llamaba "Labrousse” cuando fraternizaba en la logia almeriense “Amor y Caridad”... vamos: que era masón, sin que esto y el ser arquitecto sean cosas que tenga que ir necesariamente unidas, aunque los masones estén llamados al arte de Vitruvio como hijos que son del "Gran Arquitecto del Universo" y a los arquitectos les suene a llamada la insignia de la masonería: compás, escuadra y plomada, claves para la realización de sus proyectos. 

No habían pasado sesenta años de aquella suelta de insectos cuando la magia que asistió al arquitecto se tornó negra transformando la Almería de sus sueños, horizontal, pegada a la tierra, a dios, en la de nuestras pesadillas elevándose al cielo en busca de la especulación urbanística. ¡Qué disgusto se hubiera llevado don Trino de haber visto su horizonte roto, su obra de Puerta de Purchena sumida en el abandono, sus mariposas agonizantes, despintadas, escamadas sus alas de óxido!…

Hartas de ver pasar historia de Almería, rara vez apartan los ojos del infinito, la última cuando miraron con el rabillo izquierdo la llegada en 2005 de don Nicolás Salmerón, paseante en bronce, a la plaza y se alegraron de ver al hijo de aquel médico que además de cuerpos trató de curar, otros dicen que perder, almas, fundando en Alhama una de las primeras logias que tanto tuvo que ver con la expansión de la masonería en nuestra tierra.

Hace años, en una de esas veces que miras y además ves, me encontré con la Casa de las Mariposas; la miré de abajo arriba, que eso es respeto, y la vi nave recién calafateada, velas nuevas, espléndida a sus cien años cumplidos: la torreta, castillo de proa y en su barandilla las mariposas -doce más una, el número de la transformación- en perfecto estado marinero de revista, como si hubiera vuelto a su rescate su capitán armador al que me pareció ver tras ellas. 

Luego supe la realidad, nunca mágica; y es que en eso que suelen hacer las entidades bancarias en descargo de sus conciencias, decidieron la compra y el remozado del edificio y, cómo no, con voluntad y cuartos, lo consiguieron y el rojo volvió a las mariposas monarca, tan tiffany, tan norteamericanas ellas. Me alegré tanto que hasta me pareció verlas moverse al compás de la palanca que labrada en el dintel de cuatro de los balcones de la casa, se ofrecía al hombre para ayudarle a mover su lastrado espíritu...

No fueron solo insectos lepidópteros los que se sacó Cuartara de las mangas aquel día de inauguración; frente al vuelo sedante y algodonoso de las mariposas, siempre indeciso al posado, el de las libélulas que como el del hombre cuando busca la perfección, es de cambio repentino ante la primera idea que se le viene a la cabeza. Por eso cuando salieron de la levita de don Trino no se fueron a la barandilla como las mariposas sino que tomaron las de San Cristóbal y en el trayecto dos de ellas pensaron lo que pensaron, giraron de súbito y se estrellaron sobre los cierres de la casa veintitrés de la calle Antonio Vico. Y allí siguen, petrificadas, colgantes modernistas al cuello de dos mujeres jóvenes que al pronto parecen idénticas hasta que la primera de las siete diferencias del pasatiempo nos las descubre mellizas, que no gemelas: una apenada, la otra con unos ojos apagados que tiene mucho de las fotos post morten del siglo XIX.  

La vida y la muerte de las que tanto saben las simbólicas mariposas de vuelo colorido y brillante pero insonoro y ceremonioso, de reinas de la discreción... la discreción que las salvó de la quema, y ahí están, la discreción que no tuvo el blanco y radiante monumento de Los Coloraos y fue derribado por doña Posguerra no por lo que de rojo tenía, nada, sino por ser columna pater masónica... y pregonarlo."








EL PALACIO DE LA CALLE INFANTA


EL PALACIO DE LA CALLE INFANTA

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de  7 de marzo de 2021.

"Es frecuente ver en la calle Infanta  turistas ante el palacio que acaban de descubrir camuflado y semioculto por  árboles destartalados… cejas fruñidas en busca de información, se encuentran con un letrero, oficial y cicatero, diciéndoles "qué e lo que e", pero ni pío sobre lo que fue  y de ahí su comentario: "sí, ya... Archivo Histórico Provincial… pero esto sería otra cosa"

¡Pues claro! Pero no me voy a poner a informar a tontas y a locas -con perdón- a quienes no me lo piden; usted tampoco lo ha hecho pero entiendo que cuando va ya por esta línea del artículo es que quiere que le cuente algo. Y a eso voy. Allí estuvo la casa del Gobierno hasta que fue convertida en la de ahora por el arquitecto Trinidad Cuartara en 1892 para palacio de don Francisco Jover y Tovar, tercera generación de una saga de comerciantes a gran escala que nació con Fernando VII, anduvo a gatas con Isabel II y creció con ella y con sus Alfonso, XII y XIII niño. 

Don Francisco había casado con doña Melania Jouffroy d'Abbans, una condesa francesa nieta del inventor del barco de vapor, a la que se le hacían en Almería los días largos y sobre todo las muchas noches en las que el marido planeaba en junta sus estrategias comerciales; arreciaba entonces el aburrimiento y allá que se iba a la casa de don Juan del Moral y doña María de Perceval en la calle del Cid hoy Eduardo Pérez. Su llegada la anunciaban unos leves toques de nudillos sobre el portón seguidos de su anuncio: ¡Je suis Mèlanie! en una voz dulce, casi imperceptible, que le abría la puerta de inmediato pues era, con su español perfecto de fondo y galo de forma, una mujer de mundo, inteligente, guapa y divertidísima.

Se le quedaron pequeños los grandes negocios de siempre, la minería, la uva, la exportación, la banca... y fiado en sus éxitos don Francisco acudió a novedades y con ellas a fianzas millonarias y al final ocurrió lo inevitable: la caída, simbolizada por el negocio del alambre de parral, una exclusiva que acabó llevando a pique la nave de sus negocios.

Y ya saben lo que suele ocurrir cuando comienza el barco a hundirse, la señora condesa cogió a sus dos hijos, Pedro y Francisco, y se fue a la francesa, sin despedirse de nadie, si acaso de su marido, eso sí, en su voz dulce y casi imperceptible de siempre: "¡au revoir cher François!"

La espalda de su mujer representaba la de la sociedad almeriense; se acabaron las adulaciones, los coches de caballos de tiros largos, los bailes y agasajos. Atrás quedaron los invitados en el palacio y en la hermosa finca de Gatuna, aún sobre Alhama camino de Roquetas, lejos el mecenazgo a los poetas, a los pintores Giuliani y Bedmar... 

Lejísimas las visitas con grandes de la corte, de su hermano don Pedro Jover, diplomático y gentilhombre, del que se decía que por ser algo más que secretario de la Infanta Eulalia de Borbón, la más pequeña, guapa y rebelde de las hijas de Isabel II, fue ahogado en alta mar en 1901 cuando venía de delimitar Río Muni, germen de la Guinea Española hoy Ecuatorial y desastrosa. 

Cuerpo al mar, en alma lo trajeron las olas 

para ejercer de calle postinera en Almería, zombi ilustre con un tiro en la sien que nunca sabremos si fue suyo, como quería lo oficial, o regalo ajeno; no parecía hombre de quitarse así los  problemas y eso creyó siempre su hermano don Francisco quien predicó con el ejemplo de su entereza cuando llegaron las subastas de sus cortijos, de sus casas, entre ellas esta, su palacio, que pasó por el trance de verse desnudar en público por la venta en almoneda de su esplendoroso mobiliario, de sus buenísimos cuadros y esculturas, de su impresionante librería...


Él se mudó a vivir enfrente, en uno de sus  almacenes -"3, rue de l'Infante" que escribiría su Mèlanie- y allí moró, invisible a los ojos de los que en tiempos se dijeron sus amigos, a los de la ciudad y la política que lo usaron de abogado, alcalde, diputado a Cortes, consejero del banco de España, conseguidor en Madrid... Solo unos pocos le tendieron la mano: don Juan del Moral Almansa, aún perdidas las fincas con las que avaló, le nombró comensal perpetuo a su mesa y aunque él acudió los primeros días pronto dejó de hacerlo en atención a su orgullo, permitiendo tan solo que en la discreción de la noche una criada le llevara la cena de casa.


Al poco fue a vivir a una casa del Muelle salvada de la quema y allí se dedicó a escribir, muy bien por cierto, sobre Almería en revistas locales y nacionales. Cronista de la ciudad, académico de la Real de la Historia, caballero de las órdenes de Isabel la Católica y Leopoldo de Bélgica… los negocios ya en el olvido, en 1922 murió don Francisco y con él estos Jover de origen catalán llegados a Almería vía Gibraltar como Los Coloraos y, como ellos, liberales aunque con un siglo de suerte.


Su palacio se tornó residencia de ancianas, eso sí, distinguidas, en una época en la que si había clases hasta en los entierros ¿como no las iba a haber en las vísperas? Autorizadas a llevarse mascota y aún algún mueble recordatorio de sus glorias, la señora Gorostizaga -madre de Luis Úbeda, la primera y mejor pluma del movimiento indaliano- se llevó consigo el piano, cuyas notas salían a pasear todas las tardes por el bello jardín, un macetón de tierra elevado entre gruesos muros, ya colgante cuando  se asomaba a la calle Real y que acabó convertido en una residencia de monjas dedicada al servicio doméstico, todo un guiño a aquellas señoras de gato y piano, venidas a menos y que encontraron en este caserón su penúltima morada.


Hace unos años el mismo lumbreras que perpetró el solado de la plaza de Careaga colocando allí unos familiares suyos, los adoquines en bruto, decidió noramala dar empleo en la calle Infanta a otros parientes, los tipuanas, feos árboles agandulados de flor anaranjada y pringosa ahora dedicados en tronco y rama a ocultar el monumento. Y nosotros tan frescos. Encantados de echar telones en nuestro escenario urbano. Como si nos sobraran palacios que enseñar."


¡INDALICO: SIÉNTATE EN EL TRANCO!

 


¡INDALICO: SIÉNTATE EN EL TRANCO! Almería, dudosa Andalucía.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 28 de febrero de 2021. Montaje de ilustración del autor.


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Aguadulce de Sevilla, verano de 1950. Un niño corretea en la calle Chica, que es también carretera general a la que de tarde en tarde torna peligrosa el paso de algún vehículo; ruido lejano de un motor y una voz de mujer grita ordenando: ¡Indalico: siéntate en el tranco!

Todo el vecindario frunce el ceño en busca de traducción. Ni Indalico ni tranco están en su vocabulario. Hasta que al fin se enteran de que el pequeño  Indalecio debe sentarse en el rebate de la puerta en acatamiento de la orden protectora de la madre de familia. Familia a la que Almería, que aún no sabe que es rica, ha mandado a la siega para que todos sus miembros en edad de hoz se empleen duro bajo uno de los soles más despiadados de España. 


Aunque intrascendente, este relato es una manifestación más de la dudosa condición andaluza de la tierra almeriense a la que me voy seguir refiriendo a través de un documento de finales del siglo XVIII conservado en el archivo de casa. Andaban jugando a las cartas unos campesinos en Senés cuando surge la discusión y naipes y viejos rencores de lindes se aúnan para derribar, herido de muerte, a uno de los jugadores. En las respuestas al tratar de situar en el tiempo su relación con la víctima varios testigos fijan hechos ocurridos antes o después "de ir a trabajar a Andalucía". Así,  no a Sevilla ni a Córdoba,  "a Andalucía" con la seguridad del que sabe que no está en ella, del que la mira de lejos.


Limitada por el mar en línea precisa y por tierra en borrosas lindes, Almería  comienza a ser murciana en Los Castaños, cuando las casas se cubren de teja y a medida que ascendemos levante arriba, Murcia arrecia y se bautiza Ginés, hay michirones en los platos, se mide la tierra por tahullas, resuena con fuerza el ico que hace grande a nuestros diminutivos... y cuando ya llegamos a la frontera, nuestro finis terrae oficial, nos encontramos a Huércal Overa recordándonos desde su escudo como ella fue el ojito derecho de mamá Lorca hasta 1668. 


Y entonces nos explicamos por qué los viejos planos de los Vélez llaman "carretera de Andalucía" a la que allí se dirige y que "Almería tiene más de levantisca y de murciana que de andaluza", según asegura en 1854 Pedro Antonio de Alarcón con mucha razón en esto y ninguna en el negarle con su silencio a la Almería alpujarreña y del norte su condición granadina. Sin que esto sea tampoco sinónimo de andaluz pues Granada es una Andalucía necesitada de apellido: Oriental y diríamos que con Jaén y Almería una Andalucía dudosa, "con reparo" como en lo moral clasificaba la censura las películas de mi niñez; vamos, que si Luisa Linares  en vez de Jaén se hubiera ocupado de nosotros, habría cantado con su voz de plata almagrera y sus  Galindos : "Hay quien dice de Almería, / que no es su tierra andaluza."


"Yo quisiera que esa gente, / me vinieran a decir / a qué región pertenece."  Y yo, Luisa. Pero para tu duda solo tengo otra pregunta: ¿Qué es Almería? Para mí la Almería-Almería es la tierra de su obispado, pero no como hoy lo conocemos sino exceptuando también sus pueblos del río Almanzora, señoríos de los Vélez, propios del partido de Baza y su vicaría y por esta del adelantamiento de Cazorla lo que le permitía al arzobispado de Toledo presumir de llegar al mar, de bañarse en su playa cuevana de Villaricos, sobre las ruinas de la antigua ciudad fenicia-romana de Baria hoy, ahora mismo, en el ojo tuerto de la especulación.


Un obispado cuyo alcance a poniente se limitaba a Felix, Enix y Vícar de los que nació ya en el siglo XIX La Mojonera, así llamada por la hilera de mojones frontera del partido de Almería con el de Ugíjar al que, con otros cuarenta pueblos de la Alpujarra pertenecían Adra, Berja y Dalías como ocurría también con los del medio y alto Andarax, todos de Granada en lo civil y en lo eclesiástico como Fiñana, Abla y Abrucena, en el río Nacimiento, lo eran de Guadix, hasta que hace unos sesenta años pasaron al obispado almeriense.


Estos días zumba en los medios un abejorro quejoso del acento de un anuncio de la Junta referido al 28F; le resulta muy castellano  y él lo quiere andaluz; pues nada, que el insecto tabarra elija uno -córdoba, sevilla o cádiz- y entonces serán todos los abejorros de bien de nuestros invernaderos los que zumbarán indignados por algo que no les representa. Ante el desacuerdo lo más sensato sería que desde las ondas nos siguiera hablando la voz hermosa del anuncio, la común que un día nos enseñara el más querido de nuestros tatarabuelos, don Perfecto Castellano. 


Uno más, este del habla, de los problemas que Almería tiene con sus límites, siempre imprecisos. Nadie sabe dónde empieza y termina su fandango y su taranto,  ni cuándo su semana santa modesta se hizo sevillana como su feria, hasta en su versión del mediodía emulada con heroísmo pues aquí son de agosto y no abrileños los mediodías… sudores de gota gorda en un baile por sevillanas del que siempre sale sofocada y maltrecha, flor o peineta descolocada, la identidad almeriense.


Las fronteras, claras en los mapas y difusas en la realidad, son líneas casi siempre de artificio y en ocasiones hasta de demencia como cuando se trazó en 1822 el borrador de la provincia que dejaba Adra en Granada ¡y su vega en Almería!.. Pero no todo es malo en esta indefinición. A veces hasta ayuda: pienso en aquel que un día fue enamorado y anda siempre preguntándose por lo que pudo haber sido y no fue… no le resuelve la incógnita pero le ayuda a seguir amando: lo indefinido, al contrario que lo limitado, siempre nos permite idealizar a conveniencia, que es el modo que tenemos de crear cuando jugamos a ser dioses. Tal vez por esto hubo quien propuso comunidad con Murcia, quizá de ahí el voto negativo de Almería en el referéndum andaluz en 1980; trazas de rebelión contra la autonomía, como si aquel niño de la carretera, queriendo vivir libre sus juegos, se hubiera pasado por el forro la orden de su madre: ¡Indalico: siéntate en el tranco!"





UN ANGEL DE BERJA, EN EL RETIRO DE MADRID


REGALOS DE REYES. Un ángel de Berja, en El Retiro de Madrid.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 31 de enero de 2021.

"Hace días que se perdió por el horizonte la nave que lleva a los Magos a su reino de Oriente; los niños siguen en el amor pasajero por sus juguetes, mientras los mayores se entretienen con los regalos que les ha ido haciendo la vida: yo en concreto con una anécdota más de las muchas interesantes y graciosas del virgitano don Antonio Salmerón Pellón, todo un portento de memoria útil, simpática y oportuna. Le oí contar lo ocurrido a su suegro, don Fermín Peralta Vázquez, siendo estudiante en Madrid: Sobre la superficie helada del estanque de El Retiro unos niños se aventuraban a recoger las monedas arrojadas por unos desalmados con la indecente esperanza de que ocurriera lo que al final ocurrió: que quebró el hielo y tres chiquillos se colaron en el agua dejando a aquel público, culpable y mirón, mudo hasta que al fin arrancó a gritar alertando a Fermín quien no tardó en llegar, echase al estanque y salvarles la vida a dos de aquellos críos. 


Menos las del desalmado que se alejaba llevando consigo el gabán y el reloj del héroe, todas las manos aplaudían mientras las bocas soltaban vivas y mucho vaho, lo único caliente en el parque madrileño aquel gélido día de Reyes de 1868.


Casi muerto de frío fue del brasero a la cama y de esta al sueño sobresaltado por el pesar del chiquillo muerto; se le hizo la noche eterna en su piso de Aduana, una calle que casi nace en Sol y muere en la de los Peligros, vamos que no se puede decir que no fue advertido del riesgo Fermín, cuando por ella salió a la de Alcalá en busca de El Retiro.


El apellido Peralta, tafallés, el nombre, de santo de encierro, su noble entrega,  apuntaban tan claramente su naturaleza que de no haberlo consignado la prensa en vez de virgitano nuestro héroe hubiera pasado por navarrico y la verdad que algo de esto había, pues de Navarra vinieron los del linaje de Peralta para asentarse de inmemorial en la Alpujarra; yo mismo tengo a los de Ugíjar entre mis ancestros. 


No tardó en verse aquel suceso en la boca de la gente, en el cantar de los ciegos y, cómo no, en el papel de imprenta. El Museo Universal con el título «Salvador de dos niños … en el Retiro» publicó su retrato grabado por Marcelo París sobre un dibujo de Daniel  Perea, tan sordomudo como buen artista. Las editoriales recogieron la hazaña en obras que mantuvieron su vigencia durante todo el resto del siglo, llegando a ser incluida en 1901 en los Cuentos Morales de Vidal, publicados por Hernando.


Recibió nuestro héroe reparación: el abrigo sustituto del robado;   reconocimiento: la cruz del Mérito civil de primera clase, el nombramiento de alumno interno de la facultad de Medicina, los títulos de hijo predilecto de Berja y de socio de mérito de la Económica de Amigos del País de Almería; y regalo: reloj de oro obsequio de la reina Isabel II. 


Un reloj que la familia guardó siempre como un tesoro y que nada tenía que ver con uno chapado y sin grabar que el "vizconde" de Barrionuevo intentaba pasar por el auténtico, cosa que siempre encendía a don Antonio cuando llegaba a este punto en el relato de la historia, indignándose, sin querer entender que nada tenía aquello de extraño al proceder de alguien que por inventar era capaz de inventarse para sí hasta todo un título nobiliario.


Pequeñas miserias aparte, la gesta del virgitano constituyó todo un ejemplo en unos tiempos de cuentos morales que aún mantenía las fábulas de Samaniego en plena vigencia, por lo que su historia no tardó en extenderse por un Madrid entonces casi familiar, siempre dispuesto a asombrarse cuando lo trágico adquiría la gran dimensión que le daba su escasez; un Madrid que hasta hacía poco había tenido por su bandido a Luis Candelas, a quien aún malo, le quedaba corazón para ser romántico y bueno... a ratos.


Este episodio transformó su paso por la facultad de medicina que de discreto mudó a una notoriedad por él nunca imaginada sin que ello le impidiera estudiar en serio, decidido a cumplir con su vocación.

Licenciado, volvió a Berja y allí residió con la familia que formó aunque su profesión la desarrolló como médico de Dalías, donde dio continuo ejemplo de entrega, multiplicándose cada vez que las circunstancias lo demandaron, como ocurrió en el cólera de 1885 en que atendió también Adra y a su Berja natal,  en la que de muy niño había sido testigo de los estragos de la anterior epidemia, hecho que, según su yerno, determinó su inclinación por la medicina.


Una medicina que siempre ejerció guiado por su vocación y por las palabras de un periodista escritas en aquellos días del suceso, en una nota que don Fermín guardaba entre sus papeles de valía: "que siga haciendo por la humanidad, después de concluida su carrera, lo que hace al empezarla",  y eso hizo hasta que se presentó la muerte un día de 1913, casi medio siglo después de que dos niños, ángeles rasos, y él mismo, que lo era de la guarda, recibieran de Melchor, Gaspar, Baltasar e Isabel II sus merecidos regalos de reyes."




Y SE QUEDARON DE PIEDRA (I)


Y SE QUEDARON DE PIEDRA (I). Fauna encantada de Almería

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 14 de febrero de 2021.

"Como en las antiguas catedrales había perros que presos por el día dedicaban la  a defenderlas del robo yo he querido ver al obispo Villalán, fundador de la nuestra, creando jauría con los alanos traídos en su escudo que pronto estuvieron correteando por sus naves hasta que una noche del siglo XVI fueron tocados por el cincelito mágico del escultor Juan de Orea y se quedaron de piedra.


Uno de ellos a los pies del prelado yacente al que había salvado la vida al avisarle del hundimiento de un techo y ahora le acompaña en la muerte con una fidelidad que no pudo demostrar cuando unos zotes que no eran franceses, como dicen, sino inciviles de nuestra última guerra le tocaron las narices tan fuerte que se quedaron con ellas en las manos sin que el perro, agarrotado como en las pesadillas, pudiera hacer nada para evitarlo.


Como le ocurrió a otro de aquellos canes cuando los bárbaros decapitaron los alados de los contrafuertes de la fachada; pues también en el exterior hubo encantamiento de perros escapados: en las puertas y el cubo, Santiago y en el Hospital donde en actitud juguetona quedaron dos como principio y fin del  barandal de piedra de la escalera del XVI, desmontada en 1950 y con la que a un tris quedaron de la escombrera como denuncié en 2007; temerosos de los brutos, se habían ocultado prudentes como el perrito gótico y tímido de la capilla del Cristo.


Además de Orea, otros artistas petrificaron con éxito. Las águilas de las portadas de la catedral una de ellas bicéfala, como la del escudo de Carlos V que echó a volar con dos... cabezas para ponerse en Alemania, dejándonos dos huecos: uno en la torre mayor de la Alcazaba y otro en el patrimonio.


Otras bicéfalas, las de Avis, fueron encantadas: una en el Archivo Histórico y otra en la plaza de Careaga, volada cuando hicieron desaparecer la portada del marqués de Torre Alta. Y con ellas, otras: la de la casa de Foix del escudo municipal. La de la Escuela de Artes, tildada de franquista cuando ella se sabe de San Juan como la que corona desde 1556 la puerta de los Perdones... Vuelos altos que tienen su contrapunto en las dos libélulas de la calle Antonio Vico, primas de las mariposas de la Puerta de Purchena, tan discretas, tan masónicas.


El zorro del arco gótico de la capilla del Cristo engulle un pariente sin temer la proximidad de un animal fantástico por saberlo irreal, pero mirando por el rabillo del ojo al águila que lo observa desde la otra jamba.


Los peces encantados por Perceval en su fuente del Parque; con malas pulgas, si es que los peces las tienen, y ariscos pues no todos los animales marinos son tan suavitos como los delfines del Parque o  los que saltan alegres de verse con la Patrona a la puerta de su casa, o la ballena de Las Almadrabillas, varada mirando al mar como la vida de nuestro pequeño Gabriel Cruz.


El toro de la plaza, viejo y desmemoriado hasta el punto de no saber si es veragua, patilla o miura, desde 1888 aguardando faena, ahora sin esperanza desde que le han puesto delante al diestro Relampaguito en bronce y de espalda.


El caballo de Santiago petrificado por Orea montado por el apóstol matamoros, "un spot publicitario del siglo XVI al llevar la cara de Carlos V" según oí decir a un guía provocando la risa en sus guiados, en mí y hasta en la diez vieiras de la portada, tan serias, tan almejas ellas.

Poco que ver este caballo, por los atributos hermano del de Espartero, con la borriquita de la Sagrada Familia petrificada por López Redondo cuando, calle Reyes Católicos arriba, en 1903, enfila su huída a Egipto.


Los leones en pie, como cazando moscas de vuelo alto, incómodos pero felices como lo que son: leones de escudo real. En cambio los de la torre y fachada aparecen cabreados, como si cuando fueron petrificados en el siglo XVI existiera ya el entorno urbano que hoy padecen.


El lobo, bronce por López Díaz, quién sabe si descendiente de aquel que en la navidad de 1489 fue abatido en la misma playa por el Rey Católico cuando celebraba con una cacería la toma de la ciudad. 


Los osos vascos de la puerta lateral de San Sebastián, uno yendo a Puerta de Purchena y otro viniendo desde el siglo XVII en que allí los puso el obispo Ibarra.


Entre tanta fiera, no sé cómo lo estarán pasando el ciervo del obispo Corrionero en el coro o el corderillo, mármol por Perceval en 1944 para el escudo del obispo Delgado en la capilla de la Piedad, en cómoda postura que para sí quisiera el carnero vellocino, el toisón de oro que se mece, colgado de barriga, en las portadas de la Catedral y las Puras.


Mientras en lo más alto de la ciudad, en el arco gótico de la Alcazaba, el conejo escucha el gruñido del jabalí. Tan promiscuo el uno, tan impuro el otro y los dos encantados.


He sabido de otras secciones de este peculiar zoo encantado: la provincial, la mitológica; las iré a visitar y luego os presentaré otros muchos animales de aquellos que un día fueron tocados por la varita del arte y se quedaron de piedra."




¿CAMPANA? ¡DIN, DON!






¿CAMPANA? ¡DIN, DON! Borrón de Pedro Antonio de Alarcón.

Articulo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 24 de enero de 2021.


"Hay en la calle Real esquina con la del Arco una curiosa casa aproada, de vocación marinera, navegante en la segunda mitad del siglo XIX con el nombre de Costum y Club Inglés por la nacionalidad de un pasaje corto, allí embarcado en las horas libres de sus quehaceres comerciales, entre el humear del moka auténtico y el habano de verdad, sesteando entre vistazo y vistazo a periódicos y revistas de todo el mundo.


Selectivo y raramente abierto al nativo, aquel local albergó uno de los actos que tuvieron lugar en la ciudad durante una visita del escritor Pedro Antonio de Alarcón y a cuyo relato quiero dedicar estas líneas no sin antes dejar constancia de que la identificación de la casa así como la anécdota que referiré son datos transmitidos por sus mayores a Jesús de Perceval y a él se los debo, como le debo tantos; una deuda asumida con gusto ante aquellos que se extrañan de la presencia frecuente del nombre de aquel gran artista en mis escritos.


No van estas líneas por los derroteros de la conocida obra literaria de Alarcón, sino que tratan de aportar una pincelada más sobre el retrato del escritor cuyo primer contacto personal con la ciudad de Almería tuvo lugar en 1854 cuando vino desde Guadix en un viaje de cuarenta horas de galera de mulas por cerros, río y rambla con noche de pulgas mesoneras incluída, para encontrarse con la ciudad oriental soñada, con casas de una planta y sus huertanos vestidos con zaragüelles. 


En caballo hizo Alarcón la entrada en Almería en su segunda y última visita. Era el año 1861 y como hacía poco de la publicación del Diario de un testigo de la guerra de África el escritor era ya hombre admirado por lo que su presencia contó con el concurso, no voy a decir del pueblo que estaba en aquello ineludible de la subsistencia, pero sí de la burguesía almeriense con inquietud que lo recibió, jubilosa, en sus sociedades; en una de las cuales, el citado club inglés recordado por el escritor hasta en sus últimos días en 1891, aconteció un suceso que pintó de oscuro aquella visita del accitano.  


Entre los que le recibieron hubo quien le habló de la existencia de un hombre apellidado Campana, guapo y galante, muy admirado por las mujeres; oyó esto Alarcón y nada dijo pero guardó el dato y cuando le fue presentado ante una concurrencia nutrida y siempre atenta a cuanto él hacía y decía, va este y le pregunta:

-¿Campana?

-Sí. ¿Por qué?

Burlón, le mira en silencio mientras hace el gesto de agitar con dos dedos una campanita para acabar contestando:

-!Din-don!

Aquel hombre humillado, se indigna y sin pronunciar palabra le tira el guante y reta a duelo. Una visita literaria que se había prometido feliz, a punto está de convertirse en drama de sangre y aún de muerte por la ligereza del escritor. 


Unos cuantos amigos comunes testigos de la afrenta, entre los que se encuentra don Juan Gabriel del Moral, bisabuelo de Perceval, tratan de que Pedro Antonio solicite el perdón al ofendido y a este su desistimiento. Pero todo es en vano y otra vez tenemos a Alarcón en duelo de pistola, como en 1855 en Madrid, cuando se enfrentó a un periodista isabelino y buenísimo tirador que tuvo la generosidad de desviar el disparo para salvarle la vida.


Hubo pues duelo sin que por desgracia haya llegado hasta nosotros detalle alguno a no ser lo poco que, más que describir, apunta con un cierto aire de arrepentimiento el propio escritor: un "lance, que no merece pasar a la Historia, en que dos inocentes vertieron su sangre, al rayar el día, dentro de un cercado de higueras chumbas, por un quítame allá esas pajas".


Era el retador, al que no he podido identificar con precisión, caballero de un linaje noble asentado en nuestra ciudad en la segunda mitad del siglo XVIII, el de Álvarez-Campana con presencia actual en la sangre de su dilatada descendencia, así como en lo toponímico: la rambla de Campana, en Pechina y en la plaza del doctor Gómez Campana, ante el Hospital Provincial, y aún en lo heráldico, según vi en casa de don Trino Gómez Campana en la plaza de San Pedro, en un magnífico sillón del siglo XVII cuya faja espaldar de añejo terciopelo mostraba bordado con primor el escudo familiar. 


La campana, de oro sobre campo de gules, sin permiso alguno tañida por Alarcón en un momento en que dejó de ser célebre para quedarse tan solo en famoso, algo que suele ocurrir con frecuencia y aún en personas de la talla de él, pues si el escribir bien es garantía de mucho no lo es de todo. Asegura el refrán -y con razón pues para eso está, para dárnosla según convenga- que el mejor escribano echa un borrón, pero no dice que el mejor escritor hace un tachón. 


Así es que cedo este aporte al refranero para consuelo de quien se duela por aquella gratuita provocación sólo explicable por la puntica de envidia ante la apostura del retador. Pero está claro que Alarcón, hombre inteligente y correcto, tuvo una hora tonta, un minuto bobo, cuando preguntó : ¿Campana? y respondió: ¡din, don!"


sábado, 7 de agosto de 2021

¡VIVA LA PEPA!


¡VIVA LA PEPA! Berja y la primera Constitución.

Artículo de Jsé Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almeria de  5 de diciembre de 2020. Ilustración del autor.


"Celebrando la marcha del francés se hallaba Berja cuando en 16 de octubre de 1812 llega el alcalde mayor y juez de primera instancia del partido y con él la proclamación de la primera Constitución, la Pepa por el día de este año de su nacimiento en Cádiz.


En la mañana del 21 medio pueblo ve aparecer al juez por la puerta de su casa, bajo un cartelón que interroga y responde, teta y sopa: “¿Quién es este, que viene cual aurora /anunciando placeres y alegrías? /Don Juan Manuel Lubet, a quien el cielo /envía a hacer feliz a nuestro suelo”.


¡La Virgen de Gádor! ¿Y quién será este auroro? se preguntaba Berja como ahora nos preguntamos todos. Juan Manuel Lubet y Rosell había nacido en Cádiz en 1769; estudió en Sevilla donde fue admitido de abogado en 1795. Su alcaldía mayor del Puerto de Santa María le llevó en 1809 a ser enjuiciado por la audiencia sevillana, a raíz de lo cual trató de marchar a La Habana. Su ejercicio de liberal vehemente le granjeó la enemistad del adversario hasta el punto de ser acusado de ebrio, homicida y mal poeta sin prueba de nada, salvo de lo último. Controlador de hospitales militares en la guerra, retorna ahora en la paz a la judicatura.


Este es el juez al que dejamos a la puerta de su casa, de gala, en una mano su vara y en la otra su ejemplar de la Constitución; preside ahora el cortejo y entre vivas a las cortes y al rey entra en la plaza, no sin antes haberse detenido bajo el cartel que se repite en cada uno de los seis arcos triunfales que la cierran: "Detente pasajero, aguarda un tanto /y antes de atravesar estos umbrales, /echa fuera de ti todo quebranto"


Queda instalada la comitiva en la tribuna, bajo los arcos del ayuntamiento y la presidencia de Fernando VII pintado en lienzo al que escoltan dos soldados del regimiento de Irlanda metidos a alabarderos. Hecho el silencio, disipado el humo de la fusilería de los Escopeteros del Reino, da el juez lectura al texto constitucional, seguida por un público atento a unas palabras raras pero biensonantes, una lectura seguida del bautizo del recinto como Plaza de la Constitución. 


Es fácil imaginar la noche, obligada a ser día por el mucho vino gratis y por una iluminación que solo en la plaza concentra más de cuatro mil puntos de luz, brilladores de los malos versos y las alegorías del juez, sobre todo la del enorme globo central: clarísima “prepotencia de la España y la Inglaterra sobre la Francia”. La, la, la...


La fuente, disfrazada de arcos de ramas con farolillos, sólo deja ver los chorros de sus dieciséis caños, mientras proclama ser la "imagen de Fernando, que es la fuente; /de nuestro bienestar superviviente”, poniéndose en comparación con su copia fallera de cartón y yeso, que desde el otro extremo de la plaza se explica: “Esta que parece fuente, /o que ser fuente aparenta, /la imagen nos representa /del gobierno antecedente."


Transcurrió la noche con fuegos artificiales, coros, máscaras, música... y bailes, públicos, pues solo “las personas principales del pueblo, las más brillantes de uno y otro sexo”, tuvieron el privilegio de asistir al del juez. A la mañana siguiente, tras el Te Deum, sale Lubet para liarla en Adra y Dalías y con eso cesan los actos de bienvenida de la primera Constitución, por la que felicita uno de los grandes carteles de la plaza: “Alégrate Berja /ensancha tu pecho, /respira, descansa,  /que ya es otro tiempo”.

Dos años tardó aquel gozo en caer al pozo, cuando un decreto de Fernando VII de 4 de mayo de 1814 da matarile a la Niña Bonita, Pepita Constitución que no llegó a Pepa sino en el deseo del  liberal. 


Aún se mantenía el juez en el cargo en 1815 en que aparece denunciando el impuesto al ganado en favor del teatro de Berja, mientras los pobres andan en la miseria mendigando por las calles. Ese año pasa de corregidor a Palma de Mallorca del que es echado al negarse -decía él- a delatar a los cómplices del general liberal Lacy, fusilado en el castillo de Bellver en 1817. 


Nada le solventa el retorno de los suyos y menos el del absolutismo en 1823 que le sorprende buscando destino. Y aunque es consciente de que se le ve el plumero, -como decían los absolutistas cuando el liberal dejaba ver sus ideas, es decir: las plumas del gorro de su uniforme- le supongo silenciando la definición que rimó en Berja en 1812: “Amar siempre a Dios, /ser obedientes al Rey, /Iguales, pues lo queréis; /Esto es la Constitución”. 


Tanto disgusto debió enmudecer al juez pues conociendo su afición a la pluma extraña la falta de rastro escrito después de 1824; es como si se lo hubiera tragado la tierra, la cárcel o el destierro... De cualquier forma un final inmerecido por discreto para un juez estrella y egocéntrico, deparador de lo que nunca hubiera deparado otro al uso. Si por un par de días lució Berja como escenario onírico fue gracias al ejercicio de marketing hecho por él a la mayor gloria de la Constitución... y suya. Fue su forma de gritar en la plaza virgitana ¡Viva la Pepa!"