miércoles, 31 de agosto de 2011

CRESPÓN NEGRO EN EL CRISTO DEL AMOR







Artículo de José Luis Ruz publicado en La Voz de Almería, el 27 marzo de 2002. Ilustración foto Trina de la Cámara en el taller de Jesús de Perceval


CRESPÓN NEGRO EN EL CRISTO DEL AMOR

El pasado día 13 de marzo moría en nuestra ciudad doña Trinidad de la Cámara Montilla, Trina para los su­yos, Trina de la Cámara para sus mu­chas amistades. Y con ella se iba uno de los pocos testigos que van que­dando de los inicios iconográficos de la Semana Santa almeriense tal como hoy la entendemos y en particular de la gestación y nacimiento del Cruci­ficado que se venera en la iglesia de San Sebastián, salido de las gubias y la maestría artística de Jesús de Per­ceval, su marido.

A la sombra de su brillante com­pañero, la actividad artística de esta mujer queda velada, en un segundo plano que no por discreto resulta ni mucho menos irrelevante, pues fue  mucha su valía. Su indudable sentido artístico, su sensibilidad, quedan puestos de manifiesto con facilidad. Con nada que indaguemos en su quehacer nos apa­rece una consumada dibujante, au­tora de delicados dibujos de tema ge­neralmente bucólicos con los que con­forma un retrato un poco naif y bas­tante sincero de su tierra y de sus gen­tes. Con poco que busquemos halla­remos en ella, también, a una senti­da poeta...

Pero aún siendo estas actividades de Trina algo de lo que sería bueno ocuparse, parece ahora oportuno que estas pocas líneas sean dedicadas a recordar su colaboración con Jesús de Perceval en la Escultura, desde la época de juventud del artista en su primer estudio en la calle de Eduardo Pérez, allá por el inicio de los años 30, y luego en el que sería definitivo, en una casa de la calle Padre Gabriel Olivares, hoy dedicada al artista.

Se iniciaba la década de los 40. De aquella casa de la huerta de los Cá­mara, un legado recibido por Trina de sus mayores, como por encanto salen cum­plimentados infinidad de encargos; se suceden las imágenes, los retablos y los tronos que las enmarcan y pro­cesionan. Una labor enorme se desempe­ñaba en el taller de Perceval. Car­pinteros, doradores, tallistas, apren­dices, se afanaban en una labor co­mún con el que se logra revestir no pocos templos de la capital y la pro­vincia. En aquella labor, en muchas de aquellas realizaciones, aparece con frecuencia la mano hábil de Tri­na. En el dorado y policromado de la talla de la Virgen del Carmen, que pa­tronea a los pescadores desde San Ro­que, se hallaba aplicada la esposa del escultor cuando surge el encargo de un Cristo para San Sebastián.

El embarazo de su hija Carmen no le impide, en absoluto el ayudar a Je­sús en la ejecución de la talla, pri­mero en su calidad de crítica -que lo era, y aguda- y finalmente en la ela­boración del policromado y el acaba­do, en aquellos calurosos días de fi­nales de junio de 1945, del Cristo del Buen Antor. Un Cristo representado por Per­ceval en el momento de la Expiración, que habría de constituir uno de los más representativos de los cinco con que cuenta la iconografia del Cruci­ficado en la Semana Santa almerien­se, una talla en madera que acusa en su traza la influencia de otra de Alon­so Cano.
Un Jesús en la Cruz del celebé­rrimo escultor facilitado por la pro­pia Trina, que lo había recibido de sus ancestros de la ciudad del Darro, permitiendo de este modo tan direc­to hacer posible, a pesar de la dis­tancia en el tiempo, la influencia del granadino en la obra de nuestro es­cultor. En el trasiego de aquellos días perdió la antigua talla un par de dedos de sus magistrales manos, una mutilación que fue un tributo más, y doloroso, de Trina a la obra de su esposo.

Ayer martes procesionó con orgullo la Hermandad al Cristo del Amor. Cuando muchos ojos devotos repara­ron en el crespón, pocos sabrían que Trina de la Cámara contribuyó a en­carnar, a dar lustre, a la piel de la ima­gen en que se anuda. Pocos sabrían como en 1985 fue de luto por su mari­do, Jesús de Perceval, y pocos, también, recordarían que en 1997 llevaba la mis­ma señal luctuosa por la temprana de­saparición de Mari Paz, la menor de sus hijas...

Y hasta aquí estas cuatro líneas que relacionan a Trina de la Cámara con la imagen del Cristo del Amor. Quién sabe si el inspirador de aquel poema suyo con que en 1967 presentía su pro­pia muerte:
                                          
                                        Pero siento mi alma como fría,
                                        pero siento mi cuerpo como inerte
                                        y por eso; Señor, te pido ahora
                                        y por eso señor, te pido siempre."



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