miércoles, 25 de marzo de 2015

LOS AÑOS VIVIDOS


 Presentación por parte de José Luis Ruz Márquez del libro "Los  años vividos", de Eduardo del Pino Vicente, en el Teatro Apolo de Almería,  la tarde del 17 de diciembre de 2013. Ref. al día siguiente diario La Voz de Almería, p.30.     
                                                                                                 
Contaba mi bisabuela María Agustina, centenaria, que había oído referir a su abuela María Antonia que siendo ella niña presenció como la villa sevillana de Aguadulce se despoblaba cada vez que de Sevilla a Granada o viceversa, pasaba algún cuerpo del ejército napoleónico. En los ribazos del cercano Camino Real tomaba asiento todo un pueblo que, curioso y divertido, y en ocasiones con las meriendas, se admiraba de aquella tropa, de la vistosidad de sus uniformes y, sobre todo, de su manera de responder a sus saludos: “chau”, “chau”, “chau” -contaba que decían- en una interpretación libre, pero que muy libre, del idioma francés.

Aunque este relato no deja de ser algo ingenuo e irrelevante tuvo, sin embargo, la virtud de despertar en mí la primera de mis muchas dudas sobre la Historia.

¿Cómo casaba esto con lo que yo había comenzado a aprender en los libros?
¿Qué tenían que ver la catalana Agustina de Aragón disparando el cañón o la madrileña Malasaña blandiendo sus temibles tijeras, enfrentadas a muerte a los franceses, con la actitud de aquel pueblo que salía, divertido, al camino para verlos y aún saludarlos?
Es evidente que aquellos héroes de los libros poco o nada tenían que ver con mis retatarabuelos a los que acabé situando más cerca de las amables meriendas de la Pradera de San Isidro que de la Carga de los Mamelucos contra el pueblo de Madrid.

Ambas partes, no obstante, vivían una misma época y una misma nación pero no ocupaban el mismo lugar por muy cerca que estuvieran y por mucho que se complementaran. Y es que hay una Historia, la grande, la narrada por sesudos cronistas y en la que tienen su asiento los reyes, los héroes, los políticos y las batallas, mientras existe otra, discreta y cercana, que se encarga de contar la vida cotidiana de la gente sencilla.

Y aquí entra nuestro amigo Eduardo. Eduardo del Pino, ya hace años que, para nuestra suerte, optó por dedicarse a la historia entrañable y familiar, útil para complementar la grande y, sobre todo, utilísima para el regocijo de nuestros corazones.

Nadie como él para buscar los testimonios de la gente de a pie, de ponerlos en valor y orden y transmitirnos de modo ameno el relato de la vida de unos almerienses sencillos y a veces heterodoxos a los que viene brindando -desde 2008 en que empezó a reinar en la última página de la Voz de Almería- un homenaje sentido y respetuoso.

Nos habla de los niños, hasta bien talluditos mantenidos en la minoría de edad, gracias a los pantalones cortos, y siempre sometidos a la disciplina: con las guantás del Colegio Diocesano o el punterazo y coscorrón de la escuela de barrio de don José  el Aceitero.

Nos narra la sorprendente inquietud deportiva de los Bisbal: seis hermanos y todos boxeadores.
Se ocupa de la llegada de la Vespa y de la envidia que esta moto suscitó en unos años de penuria económica en la que las carencias imponían un modo de vida que reducía la diversión de los jóvenes a pasear por el Paseo y por el Faro, entretenimiento tan poco costoso como el que constituía “el consuelo de los novios pobres”: “ir a ver escaparates”.
Nos describe la vida -envidiable para los jóvenes de entonces- de Manuel el de las Caravanas, el vigilante de los auto-camerinos de rodaje, el único que podía entrar en la intimidad de los grandes actores y actrices de cine que entonces recalaban por nuestra tierra

Pero es tan poco convencional Eduardo en la elección de sus homenajeados que no solo repara en las personas sino que a veces pone sus ojos en sus animales de compañía; y así rinde homenaje a Oska, el perro del Habichuela, siempre orgulloso de ver a su amo vestido de hombre-anuncio de las salas de cine, cuando ya los rodajes en que intervenía a menudo habían pasado a mejor vida, llevándose su medio de subsistencia.

Y como estas, infinidad de historias. Todas interesantes y siempre ilustradas por unas magníficas fotos que no solo ponen cara a los biografiados sino que, frecuentemente, muestran en sus fondos unos paisajes urbanos ya desaparecidos con lo que se convierten en testigos del maltrato que se ha dado a nuestro casco histórico… y sirva de ejemplo la foto de portada del libro que hoy presentamos: el barquillero y su pequeño cliente en el Paseo, captada ante Correos, un edificio que no debió desaparecer jamás.

Campo este el de la fotografía, en el que Eduardo nos ha conseguido en esta ocasión dos auténticas “exclusivas”: la única foto del famoso Fuego-Vivo, hecha de joven cuando era zapatero de profesión y aún no deambulaba por Almería; y un Luis el de los Perros, retratado por el hijo de Antonio Pérez Iglesias, el pastelero del Barrio Alto.

Eduardo no para. Su capacidad investigadora y su constancia le han llevado a publicar con enorme éxito “Almería, Memoria Compartida” (2011) y “Almas de Barrio” (2012). Ahora un nuevo libro de la colección Memoria, “Los años vividos” está esperando a que lo acojamos en nuestras bibliotecas…
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Sentémonos en el ribazo del Camino Real y disfrutemos viendo pasar ante nosotros, no soldados ni cañones, sino la vida misma de nuestra ciudad de Almería de la mano de Eduardo del Pino Vicente, ilustre historiador de la gente sin historia.



                                                                                             


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