sábado, 7 de agosto de 2021

NI SOL DE PORTOCORRERO... NI DE VILLALÁN


NI  DE  PORTOCARRERO... NI DE VILLALÁN.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 1 de diciembre de 2019.

"Con cansina regularidad, reaparece en estos días el nuevo descubrimiento de la pólvora referido al hermoso sol esculpido que anima la fachada levantina de muestra catedral y, en concreto, a si el mismo es del obispo Portocarrero o del obispo Villalán. 

A  sabiendas de que no está bien la autocita, acudo a lo que escribí al inicio  de los 80 y que en parte acabé publicando en la década siguiente en mi libro <Heráldica Eclesiástica Almeriense>.

En los años sesenta y setenta abundaban en Almería los cuentistas históricos especialistas en suplir la ignorancia con la falsedad osada y a los que nada se les oscurecía a la hora de identificar y atribuir;  lo mismo inventaban la casa de Espronceda que cogían un grabado romántico de una puerta árabe y lo convertían en la del Mar de Almería o decidían convertir lo que hoy es el Archivo Histórico en palacio de Almansa, ignorando que Espronceda fue solo diputado, no vecino, de

Almería, la puerta era la del Sol de Toledo y el palacio el del marqués de Torrealta…

Pues uno de estos falsarios, rodeando un día los muros exteriores de la catedral, descubrió en la capilla del Cristo un sol grande,  animado y radiante,  y en la torre  otro, también animado y radiante, pero pequeño, casi incrustado en el escudo del obispo Portocarrero.

Y aquella lumbrera no tardó en sacar una conclusión: ambos soles eran una misma cosa; sin reparar en la mucha diferencia de años en que fueron tallados y, por supuesto, ignorando que el grande era exclusivamente ornamental y solo alusivo a la  fachada del Sol, y que el pequeño era pura heráldica, la figura secundaria de un blasón que, como tal, se refiere siempre a familia, a persona.

Blasón que en este caso era el  de Portocarrero como obispo y también el de su linaje.  Pero el historiador presunto desconocía también que el obispo se llamaba en realidad don Juan del Castillo Portocarrero quien  no usaba el primer apellido pero sí se cuidó siempre de representarlo en su escudo, poniéndolo en el cuartel  principal, relegando al segundo el ajedrezado que le correspondía por su línea de Portocarrero.

Así pues, el sol del escudo que Portocarrero puso en la torre en 1613 era el sol que  el obispo llevaba en su escudo por su linaje de Castillo, siempre representado sobre un castillo que se acompaña de dos leones.

De haber conocido esto el historiante y sus seguidores hubieran bautizado  el sol de levante de la catedral como "!El Sol de Castillo!" algo que hubiera añadido más leña -de alcornoque, por supuesto- al fuego de la tonta polémica que hoy nos ocupa.

De triunfar la atribución caprichosa del sol de la fachada a Portocarrero quedaría injustamente maltrecha la fama del virtuoso prelado,  al que sabemos incapaz de la indelicadeza de poner -agrandada y orlada de flores y cintas- una figurita secundaria como es el sol de su escudo en una obra que nada le debía, en la capilla enterramiento de su antecesor don Diego Fernández de Villalán, muerto más de setenta años antes que él…

Por otra parte si Villalán hubiera querido dejar su huella en el exterior de la capilla habría dispuesto poner allí no un sol, sino su escudo de perros, lises y veros, tal como hizo en su sepulcro así como en el cercano Cubo y en todas las partes notables de la catedral.

No hay, pues, que buscar fechas ni escritos ni,  por supuesto, parecido entre los soles, pues por similares que estos fueran -que no lo son- nada significaría. Ningún parentesco tienen estos dos soles pétreos; uno es, como digo, un sol simbólico y ornamental mientras el otro, el del escudo de la torre, es puramente heráldico, un sol que -por cierto- ya brillaba en el escudo familiar de los Castillo muchos años antes de que naciera el obispo Portocarrero...

El año que viene otro nuevo descubridor de la pólvora volverá con la matraca peregrina de que el sol de la catedral es de Villalán o de Portocarrero, cuando  !ni de Portocarrero es… ni de Villalán tampoco!

El bellísimo astro que tan felizmente reina sobre la fachada oriental de nuestra catedral no es de ningún obispo; es hijo de la sensibilidad del artista que lo ejecutó -parece que Juan de Orea- y del cabildo eclesiástico que lo encargó a mediados del siglo XVI y se debe, sólo y exclusivamente, a su ubicación en la que recibía en su cara oronda los primeros rayos solares. 

Los mismos rayos que dieron nombre a la  desaparecida Puerta del Sol, en la muralla de su nombre o de levante -en la confluencia de la actual calle Lachambre con el Paseo- hoy un mero topónimo  que apenas subsiste gracias al rótulo de una vecina droguería de la plaza de los Burros, hoy a punto de desaparecer. 

Una puerta por la que durante siglos entró el sol de cada mañana en Almería y que, sin embargo, nunca mereció de nuestras autoridades la perpetuación de  su nombre en el callejero.  Una puerta que no tuvo la suerte de su homónima del lienzo de levante de la antigua muralla de Madrid, la Puerta del Sol, célebre en boca de todos, por ser, como es, la puerta por la que salen y entran los años en España."


José Luis Ruz Márquez

Académico de la Historia Andaluza














PLAZA, PINGURUCHO Y ARBOLADO



PLAZA, PINGURUCHO Y ARBOLADO. 

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 15 de diciembre de 2019.

"El proyecto de sacar el monumento de los Coloraos de la Plaza Vieja ha originado una polémica a la que desde aquí me sumo, con el respeto a aquellos que, sin estar sometidos a la anteojera del aproveche político, mantienen un punto de vista distinto al mío que es favorable al traslado de árboles y monumento. Y lo hago con la misma ilusión que en los años setenta, cuando propuse y defendí el traslado del mercado de abastos con que la dictadura de Primo de Rivera había ocupado la Plaza Porticada de Berja y a la que al final tuve la satisfacción de ver recuperada como espacio urbano  tradicional.

Aquella plaza, víctima del "hórror vacui", del afán barroco por ocupar lo vacío, perdió hasta su identidad, oculta por elementos ajenos que lejos de mejorarla la desgraciaron, algo que suele suceder cuando nos metemos en las obras a enmendar la plana a sus creadores.

¿Mejoraría la Plaza Mayor madrileña con ponerle unas barreras de ficus que ocultaran a la vista sus arcos, los aportadores de movimiento y gracia al conjunto ? Está claro que no y afortunadamente  así lo entienden allí. Solo una proporcional estatua de Felipe III y un mobiliario hostelero de quita y pon, se vienen encargando de aportar solemnidad y animación a una plaza que se mantiene fiel a la idea de uso con que se formó: fiesta, mercado, celebración y, cómo no, prestigio municipal. La misma idea con la que se formó la nuestra y se formaron todas las plazas mayores de España.

Para justificar la permanencia de los árboles en la plaza no vale argumentar que "hace años que los tenía", cuando hace muchos más años que no, en el tiempo en que la llamaban del Juego de Cañas, cuando desde sus balcones se veían los lances toreros, el paso de la tropa o el trote de los caballos con plena comodidad, sin tener para ello la necesidad de apartar con la vista, ramas y hojarasca.

Del mismo modo que no cabe argumentar la permanencia de los árboles basándose en que se plantaron para defenderse del sol, problema que con los soportales ya tenía solucionado la nuestra y todas las plazas de su clase.

El amor al árbol no puede llevarnos a situaciones penosas tales como la plantación hecha en las estrechas calles del casco histórico que se llevó por delante el palacio de la calle Infanta, ocultándolo a nuestra vista con una maraña de árboles desgarbados.

Cuantos estamos por la retirada del árbol en busca de una visión completa de la plaza no somos sus enemigos; queremos su trasplante siempre que sea posible y cuando no, exigimos lo mandado por las viejas pragmáticas: que no se talara un árbol en tanto no se plantaran otros cinco de la misma especie... O diez, o veinte. Somos incondicionales del árbol, pero no de su ubicación. Así que no es cuestión de árbol sí o árbol no. Los árboles deben complementar la arquitectura pero en la medida justa, sin llegar al agobio de la obra que con ellos se quiere enriquecer. Ahora cuando los usos de la plaza no son los de antaño sino escénicos, turísticos y festivos, parece llegada la ocasión de dotarla de una ornamentación ligera, limitada a unos macizos con plantas y árboles de poca anchura que sean respetuosos con su visión global.

En el centro de la Plaza Vieja el blanco monumento a los Coloraos, copia casi exacta del primitivo, se somete al análisis del visitante que no tarda en detectar la inexistencia de favor mutuo: el Pingurucho queda ahogado entre las fachadas de la plaza, mientras esta resulta empequeñecida por las grandes dimensiones de aquel. Así que no tarda uno en recordar aquello de  "mucho marinero para tan poco barco", el dicho popular y reversible referido a la proporción, instinto innato que nos lleva a la crítica por la vía de la comparación.

Tiene difícil defensa la permanencia del monumento en la plaza argumentando que "ya estuvo allí años antes", pues aunque esto es cierto,  no lo es menos que no fue pensado para ella y existiendo como existía ya aquel espacio, no fue colocado allí cuando se hizo, sino que con anterioridad, en el último tercio del siglo XIX, estuvo en la Puerta de Purchena, en la culminación del Paseo, la única vía recta y moderna con que por entonces contaba la ciudad. Ubicación esta más acorde con la querencia que columnas, monolitos y obeliscos -"pinguruchos" para los almerienses- tienen por la perspectiva, por colocarse en el punto de fuga al infinito de paseos y avenidas, para desde allí cortar el horizonte con su verticalidad.

Todos sabemos lo que el monumento conmemora, como sabemos también que nada va a cambiar de su significado porque mude de barrio. Parece, pues, llegada la hora de que el Pingurucho, haciendo honor a la libertad que simboliza, escape del corsé de la plaza, ejerza su obligación de monolito y se "fugue" saltando a otro punto de la ciudad. Un punto digno, por supuesto, desde el que seguir recordando a los Coloraos. Si ya es inviable la puerta de Purchena, queda el arranque de la Rambla, junto al mar que los trajo, vestidicos de rojo, un día de San Bartolomé de 1824."

PEORES QUE FALSOS


PEORES QUE FALSOSA.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 15 de marzo de 2020

"Era muy  niño cuando pasé de la afición al cromo a la del sello, su hermano serio y distinguido, y en ella estuve hasta que jovencillo, me apasioné por el arte y las cosas animadas y cambié de afición, arrinconando aquellas estampas para siempre. O al menos eso creía yo.

Hace más de cuarenta años, quién sabe si guiado por la nostalgia, llegué al mercadillo de los sellos de la Plaza Mayor de Madrid y sin saber cómo -dicen que lo que se es de niño se es siempre- me vi inmerso al cabo de tantos años en el escenario de mi niñez coleccionista.

Aquella feria ya no se ceñía al rincón noroeste de la plaza, sino que había multiplicado por mucho su extensión y la variedad de su contenido; los sellos tradicionales tenían ahora que compartir espacio, no ya con las monedas y las vitelas de puro, como siempre, sino con coleccionables de lo más variopinto entre los que hallé unos peculiares sellos y monedas de cartón que son los  motivadores y protagonistas de estas líneas.

Abundantes en extremo, eran como diosesillos que andaban por todos los puestos y, según ellos mismos proclamaban en sus textos, procedían de nuestra guerra civil y la inmediata postguerra. Confieso que en un primer momento me resultaron atrayentes, pero no tardó en encendérseme el piloto rojo de la duda.  

¿Cómo había sido posible que unos sellos tan abundantes y llamativos no los hubiese visto jamás por la  Plaza Mayor? Desde niño sabía que si se buscaba un sello o una moneda, real o falso, y no aparecía en aquel santuario de la filatelia no es que faltara, es que, simplemente, no existía. Así es que si no los vi fue, sencillamente, porque aún no los habían inventado. Contestada esta pregunta ya sólo podía darme respuestas. 

Aquellos sellos se presentaban sueltos o en pliegos dentados para su división y hasta que esta no se producía, el total del reverso mostraba una sola ilustración de parecida estética y variada temática y cromatismo: el legionario, el divisionario azul, las enfermeras... todo un lujo que los hacía hermanos imposibles de los pobres sellos oficiales, los de verdad, los que solían ser, como los quintos, de talla corta, austeros y monocromos, acordes con la miseria de su tiempo.

No figuraba en ellos paternidad clara, no eran sellos del estado, de correos, de diputaciones ni de ayuntamientos, sino que aparecían como cupones de racionamiento, hijos de la Beneficencia, de la Checa, de la CNT, de la División Azul… de entidades difusas elegidas con el fin de que los catálogos especializados y los archivos no nos confirmaran su ausencia y con ella su falsedad.

Por el carácter masivo de la falsificación aparecían estampillas de infinidad de ciudades y pueblos de España y, por supuesto, de  Almería y a estos les dediqué mayor atención por apego a la tierra y por limitar de algún modo aquel océano de inventos. Con los sellos aparecían también unas monedas de cartón  simulando ser de la capital, Adra, Berja, Bédar, Dalías, Cuevas.... y otros muchos nombres de pueblos que habían pasado de dormir tranquilamente entre las páginas de cualquier listín de teléfono a bautizar "monedas" de la República gracias a unos estafadores,

Unos estafadores rematadamente vagos y poco estudiosos que ignoraron que para mentir bien hay que informarse; son cosas de primer curso de Estafa Filateliconumismática, recabar datos históricos del país y de los pueblos, comparar cronología y tener todo en cuenta para evitar lo que ellos no evitaron: el ridículo. 

El ridículo inmenso de inventar unas monedas republicanas de cartón de 1937, de pueblos que entonces eran cortijadas, anexos o simplemente no existían: El Ejido creado en 1981,  La Mojonera, en 1984, o Balanegra, en 2015... Un cerro de casos esperpénticos en cuya cima figura la "moneda" de Almerimar, "acuñada" cuando solo era un llano costero, sin casas ni nombre y al que le faltaba más de treinta años para nacer y ser bautizada así, como lo que es: una urbanización veraniega de El Ejido.

Un fraude dañino para el bolsillo del que pica y sobre todo para la inteligencia del coleccionista que si jamás acepta el llenar el hueco del ejemplar perseguido con uno copiado, por muy bién que haya sido reproducido, difícilmente dejará entrar en su colección unos ejemplares como estos que nos ocupan que no son falsos, sino inventados, unos sellos y monedas ful que nunca existieron y ahora tratan de colarnos por cosas originales y de época. 

Los coleccionistas, que no toleran copias ni inventos, perdonan y aún buscan los falsos de época, aquellos sellos y monedas que aún siendo más falsos que Judas, suplantaron a los originales, circularon y tuvieron la valentía de llevar una carta o pagar un vino, con riesgo de su propia "vida" o de cárcel para su introductor. O sea: premian al falso que tuvo las narices de vivir con la realidad al margen de la ley. Unos auténticos héroes que poco tienen que ver con los simples sellos y monedas falsificados y menos con estos inventados, que nada merecen por ser lo que son: peores que falsos.'


LOLA ESPEJO OSCURO DE PERCEVAL




LOLA, ESPEJO OSCURO DE PERCEVAL

Artículo de José Luis Ruz Márquez  publicado en el periódico Diario de Almería de 21 de abril de 2020. Ilistración del libro, original de Jesús de Perceval.


"Si no veo, no me ven. Así espantan los pequeños a sus demonios. Los mayores recurren, al menos en lo que concierne al diablo literario, a un método también cegador pero retorcido; ellos no tapan sus ojos, cierran los de los demás, para que estos no vean las obras de los que están al otro lado de su pensamiento, de su ideología. Obras escondidas en una inmensa biblioteca oscura en la que no pueden leerse títulos ni autorías. Solo en el vestíbulo de aquella estancia es posible la consulta nítida y clara de las fichas de los autores en las que aparecen como facha, censor, falangista, delator… echando para atrás a cuantos pretendan entrar en aquel recinto del olvido en el que está Fernández-Flórez, en el que está Pemán, en el que están tantos.

Este año se cumple el 70 aniversario de "Lola Espejo Oscuro" la novela que depararía a Darío Fernández-Flórez el éxito negado por "Zarabanda", la primera de sus novelas, nacida muerta en 1944.  Una obra que constituyó el mayor éxito de la literatura española de posguerra, la más popular y editada de su autor quien, al calor del éxito, la estirará con segundas partes teniendo siempre por protagonista a Lola, una "chica  muy mona. Muy mona y muy cara”, una bella prostituta de lujo, castigadora de sus ricos clientes.

De los años de su inocencia, que alguna vez la tendría, del nacimiento y estancia de Lola en nuestra ciudad, de sus idas y venidas, se ocupó con la brillantez de siempre Antonio Sevillano en este mismo Diario de Almería (28/8/2014).

Lo mío se ciñe ahora a la relación de "Lola espejo oscuro" con Almería a través de Jesús de Perceval, su "paisano", el ilustrador de la obra en 1950 y  quien le puso cara con papel, tintas y maestría, convirtiéndose así en coautor del personaje; diríamos que Darío le pone el alma y Jesús el físico... el físico y también un poquito de alma. He querido creer que alguna vez en el barrio compartido, calles Real, Eduardo Pérez…, Jesús se cruzó con su belleza y desde entonces se conocieron... 

He pensado que tal vez no fuera solo la cara la aportación de Perceval al personaje. Siempre me pregunté si tuvo participación nuestro artista en la gestación y nacimiento de Lola. ¿Es posible que el personaje fuera sugerencia suya a Darío?

Él mismo Jesús me contó quién era la Lola real, cuál era su origen, distinto y escondido tras el nombre, Lola,  y el apellido Vélez, y cuál fue su recorrido vital. Reconocí la familia, y era creíble por indicios… algo que callaré siempre por carecer de la seguridad plena -aún siendo mucha mi fe en Perceval- y, sobre todo, del derecho a molestar a nietos suyos aún vivos.

En la primera de las dos ilustraciones hechas por Perceval en 1950 -el año en que nació la novela- la Lola de la sobreportada es contundente. Todo el espacio muestra el concepto que el artista tiene de la belleza femenina; la cabeza tocada de Lola luce como antecesora de la  "cabeza de mujer", temática practicada por el pintor durante gran parte de su vida artística; aquellas bellísimas testas percevalianas comparadas por Eugenio d'Ors con las de Miguel Ángel. Perceval ha aproximado al lector el rostro de Lola y lo ha acercado tanto que apenas le queda espacio para los inevitables guiños, en esta ocasión  paisajísticos, a su Almería: el mar y el blanco cortijo arcado.

En un nuevo ejercicio de amor por su tierra, nuestro artista en su segunda ilustración, también de 1950, refleja la salida de Lola por El Cañarete. Tal parece que hubiera cogido unas perras del legado de sus anónimos padres y, al consejo del artista, comprado un vestido de mojaquera, que  acaba de ponerse en la Venta Eritaña.

Se acompaña del gitano Juan, uno de los pocos hombres que salen bien parados en sus memorias, la mujer de este, una mona, palmera y chumbo. Al fondo el mar de la bahía, la Alcazaba y el castillo de San Telmo. Aparte de su proyecto no lleva Lola equipaje alguno; más que de viaje, pareciera ir de excursión -de gira, cómo se decía entonces- y así está captada por el pintor en el camino que serpentea entre riscos en busca de Aguadulce y la serenidasd del llano; una ruta que, por cierto, recorrí muchas veces, en la compañía siempre enriquecedora del artista.

Pasado El Cañarete ya no hay ilustrador, los paisajes del camino solo se impresionan en la retina de Lola. Adra es lo último que ve de su tierra almeriense; luego Ronda, Cádiz… unos años de allá para acá hasta recalar en un Madrid que se restriega los ojos recién despertado de la pesadilla de la guerra civil.

¿Vió Perceval a Lola en Madrid? ¿Salieron si es que alguna vez perdía su tiempo de oro nuestra cara meretriz?

Yo quiero creer que sí, que puso ella una pizca de ocio en el negocio y pasearon por Sol, por la Gran Vía, y que al pasar por la calle de los Peligros  juntos evocaron, entre risas y nostalgias, las Cuatro Calles de su Almería. 

¿Y por qué no? Estar dónde, cuándo  y cómo quieren, es uno de los muchos privilegios que gozan los personajes de fantasía."

miércoles, 4 de agosto de 2021

Un vals alpujarreño. La osadía a la guitarra


UN VALS ALPUJARREÑO. La osadía a la guitarra. Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería el 12 de abril de 2021.


"Hará unos cuarenta años que visitó el estudio de Perceval en Almería Rosario Fernández-Huidobro y Pineda (Madrid, 1914-1999). Concertista internacional de guitarra estaba relacionada con el mundo de la pintura por su matrimonio con el sanluqueño José María Romero Escacena excelente dibujante y caricaturista colaborador de ABC, por lo que pronto corrió fluida la conversación al surgir amigos comunes, tanto de los que tocaban como Regino Sainz de la Maza y de los que pintaban como Baldomero Romero Resendi quién por cierto era sobrino de ella.

Se indispuso el maestro y fui yo el encargado de enseñarle la Alpujarra a la que accedimos río Andarax arriba, por Fondón, Laujar... como descanso de curvas nos detuvimos en el mirador de uno de sus pueblos y contemplando el paisaje andábamos cuando siento un golpecito en la espalda, me vuelvo y un hombre me dice -¿Qué hacemos por aquí? No lo conocía y pensé que él a mí tampoco, que era el clásico desocupado tratando de pegar hebra, pero no tardó en preguntar -¿Como es que no ha venido don Jesús?  Entonces le presenté la señora como concertista de guitarra y pronto traté de despedirme. 

-De irse nada. ¡A mi casa!

Bueno, pues allá que fuimos. La casa era una joya; tenía un mirador como el que acabábamos de dejar pero con la acogida de lo privado, sombra de parra, mecedoras de lona y un puñado de parientes, un balcón privilegiado sobre la Alpujarra mitad almeriense, mitad granaína y enteramente grandiosa.

El ama de la casa, mujer afable y simpática, en un santiamén sacó vino, sacó jamón y me sacó el tema de la pintura, que por su marido supo que yo pintaba y allá que me dió una vuelta por pasillos y habitaciones mostrándome sus obras: figuras pocas y deformes, y vengan flores con fondo negro, malpintadas al óleo sobre soportes caprichosos, redondos, ovalados y hasta uno con pinta de pentágono irregular, con planta de ataud.

El hombre me preguntó por Perceval, dejó ver su admiración por él y no tardó nada en dirigirse a la señora:

-¿Entonces es usted concertista de guitarra? 

- Pues sí, lo soy.

Para qué le habría yo dicho nada. Se pierde por un pasillo para reaparecer con una guitarra cogida del cuello y lo que, a escondidas de la señora me venía pidiendo que le dijera, que tocara, ahora se lo ordena a ella:

-!Tiene usted que tocar algo! La mujer se excusó con aquello de llevar largo tiempo sin practicar, pero no cejaba aquel hombre en el empeño y continuamente le hacía el gesto de entregarle la guitarra. Yo estaba violento con la situación y notaba que ella también y empecé a arrepentirme de la hora en que decidí enseñar la Alpujarra desde de aquel pueblo.

Ante tanta insistencia doña Rosario toma la guitarra, la templa e inicia el toque con una pose elegante reforzada por su piel fina y blanca que a mí me recordaba los cuadros de Álvarez de Sotomayor, y aquí tuve un tanto de adivino, al saber luego por su hija Elisa que aquel artista la había retratado al óleo en su juventud.

Desde mi desconocimiento se me antojaba un minué… era algo leve, lo equivalente al apunte en la pintura, y que sonó a gloria el poco tiempo que duró. No se habían parado las palmas en aquel improvisado auditorio cuando aquel hombre se pone en pie, coge la guitarra y dice en voz alta -¡Yo también toco! Como si después de haber dado Goya unas pinceladas de maestro hubiera salido el aprendiz de pintor que se las rogó anunciando sus brochazos con un "¡yo también pinto!"

Y al tiempo que inicia el toque, anuncia la pieza: ¡El vals del cura! Y aquella artista entre sorprendida e incrédula oye imperturbable desde su elegancia a aquel espontáneo; de vez en cuando me miraba con ojos de pedir socorro... no sé si es por que le sobraban dedos o por que los administraba mal, pero el caso es que a mí me parecía desde mi ignorancia musical estar oyendo una cosa atropellada, que sonaba a vals y  pasodoble y a ratos tango.

Despedida y agradecimiento, carretera y manta. Ya en el coche aquella artista exclama como pensando en alto: -¡El vals del cura… qué barbaridad! Nos adentramos más en la Alpujarra y fue llegar a Ugíjar, su vieja capital, y otra vez; luego en Berja y finalmente en Almería, ya a las puertas del hotel, ¡El vals del cura... qué barbaridad!

Estaba claro que aquel alpujarreño de guitarra osada había sorprendido a la concertista, como creo que a ella le impactó también aquel recibimiento acogedor, todo un privilegio, pues no suele ser frecuente que en los viajes turísticos te abran los indígenas las puertas de sus casas, te den vino y jamón y concierto por añadidura. La verdad es que no fue para arrepentirse la parada en aquel mirador.  

Quiero pensar que la ilustre guitarrista habría sumado esta actuación al archivo de sus conciertos de haberlo formado. De ser así hoy estará donado -tal como ocurre con su magnífica colección de música impresa- como fondo al conservatorio de Castilla La Mancha "Jacinto Guerrero" en el que fue profesora de guitarra. 

A la mañana siguiente tomé café con mi amigo Manolo del Águila, músico y poeta de fuste, le referí el suceso y resultó que conocía a aquella pareja. Vi el cielo abierto. Tenía ante mí a quien me podría aclarar el grado de pericia del tocador del Vals del Cura, de aquella barbaridad de vals que más que sonar chirrió en el oído sensible de la concertista.  

Desde mi desconocimiento sobre la música siempre me ha parecido milagroso el juntar notas con el mínimo resultado de que acabe pareciendo algo, por lo que siempre me pregunto por el nivel del ejecutor; ahora se me había presentado la ocasión de que un entendido me precisara la calidad de un guitarrista al que ambos habíamos oído tocar.

Le pregunté por el nivel de su toque que yo intuía malo pero podía ser peor y aún pésimo... y  Manolo lejos de llenarme de razones técnicas, de explicaciones extensas, sirviéndose de una pregunta me dió una respuesta tan breve como inteligente:

 -¿Viste los cuadros de la mujer?

-Sí. 

-¡Pues él toca como ella pinta!




miércoles, 25 de marzo de 2015

LOS AÑOS VIVIDOS


 Presentación por parte de José Luis Ruz Márquez del libro "Los  años vividos", de Eduardo del Pino Vicente, en el Teatro Apolo de Almería,  la tarde del 17 de diciembre de 2013. Ref. al día siguiente diario La Voz de Almería, p.30.     
                                                                                                 
Contaba mi bisabuela María Agustina, centenaria, que había oído referir a su abuela María Antonia que siendo ella niña presenció como la villa sevillana de Aguadulce se despoblaba cada vez que de Sevilla a Granada o viceversa, pasaba algún cuerpo del ejército napoleónico. En los ribazos del cercano Camino Real tomaba asiento todo un pueblo que, curioso y divertido, y en ocasiones con las meriendas, se admiraba de aquella tropa, de la vistosidad de sus uniformes y, sobre todo, de su manera de responder a sus saludos: “chau”, “chau”, “chau” -contaba que decían- en una interpretación libre, pero que muy libre, del idioma francés.

Aunque este relato no deja de ser algo ingenuo e irrelevante tuvo, sin embargo, la virtud de despertar en mí la primera de mis muchas dudas sobre la Historia.

¿Cómo casaba esto con lo que yo había comenzado a aprender en los libros?
¿Qué tenían que ver la catalana Agustina de Aragón disparando el cañón o la madrileña Malasaña blandiendo sus temibles tijeras, enfrentadas a muerte a los franceses, con la actitud de aquel pueblo que salía, divertido, al camino para verlos y aún saludarlos?
Es evidente que aquellos héroes de los libros poco o nada tenían que ver con mis retatarabuelos a los que acabé situando más cerca de las amables meriendas de la Pradera de San Isidro que de la Carga de los Mamelucos contra el pueblo de Madrid.

Ambas partes, no obstante, vivían una misma época y una misma nación pero no ocupaban el mismo lugar por muy cerca que estuvieran y por mucho que se complementaran. Y es que hay una Historia, la grande, la narrada por sesudos cronistas y en la que tienen su asiento los reyes, los héroes, los políticos y las batallas, mientras existe otra, discreta y cercana, que se encarga de contar la vida cotidiana de la gente sencilla.

Y aquí entra nuestro amigo Eduardo. Eduardo del Pino, ya hace años que, para nuestra suerte, optó por dedicarse a la historia entrañable y familiar, útil para complementar la grande y, sobre todo, utilísima para el regocijo de nuestros corazones.

Nadie como él para buscar los testimonios de la gente de a pie, de ponerlos en valor y orden y transmitirnos de modo ameno el relato de la vida de unos almerienses sencillos y a veces heterodoxos a los que viene brindando -desde 2008 en que empezó a reinar en la última página de la Voz de Almería- un homenaje sentido y respetuoso.

Nos habla de los niños, hasta bien talluditos mantenidos en la minoría de edad, gracias a los pantalones cortos, y siempre sometidos a la disciplina: con las guantás del Colegio Diocesano o el punterazo y coscorrón de la escuela de barrio de don José  el Aceitero.

Nos narra la sorprendente inquietud deportiva de los Bisbal: seis hermanos y todos boxeadores.
Se ocupa de la llegada de la Vespa y de la envidia que esta moto suscitó en unos años de penuria económica en la que las carencias imponían un modo de vida que reducía la diversión de los jóvenes a pasear por el Paseo y por el Faro, entretenimiento tan poco costoso como el que constituía “el consuelo de los novios pobres”: “ir a ver escaparates”.
Nos describe la vida -envidiable para los jóvenes de entonces- de Manuel el de las Caravanas, el vigilante de los auto-camerinos de rodaje, el único que podía entrar en la intimidad de los grandes actores y actrices de cine que entonces recalaban por nuestra tierra

Pero es tan poco convencional Eduardo en la elección de sus homenajeados que no solo repara en las personas sino que a veces pone sus ojos en sus animales de compañía; y así rinde homenaje a Oska, el perro del Habichuela, siempre orgulloso de ver a su amo vestido de hombre-anuncio de las salas de cine, cuando ya los rodajes en que intervenía a menudo habían pasado a mejor vida, llevándose su medio de subsistencia.

Y como estas, infinidad de historias. Todas interesantes y siempre ilustradas por unas magníficas fotos que no solo ponen cara a los biografiados sino que, frecuentemente, muestran en sus fondos unos paisajes urbanos ya desaparecidos con lo que se convierten en testigos del maltrato que se ha dado a nuestro casco histórico… y sirva de ejemplo la foto de portada del libro que hoy presentamos: el barquillero y su pequeño cliente en el Paseo, captada ante Correos, un edificio que no debió desaparecer jamás.

Campo este el de la fotografía, en el que Eduardo nos ha conseguido en esta ocasión dos auténticas “exclusivas”: la única foto del famoso Fuego-Vivo, hecha de joven cuando era zapatero de profesión y aún no deambulaba por Almería; y un Luis el de los Perros, retratado por el hijo de Antonio Pérez Iglesias, el pastelero del Barrio Alto.

Eduardo no para. Su capacidad investigadora y su constancia le han llevado a publicar con enorme éxito “Almería, Memoria Compartida” (2011) y “Almas de Barrio” (2012). Ahora un nuevo libro de la colección Memoria, “Los años vividos” está esperando a que lo acojamos en nuestras bibliotecas…
….
Sentémonos en el ribazo del Camino Real y disfrutemos viendo pasar ante nosotros, no soldados ni cañones, sino la vida misma de nuestra ciudad de Almería de la mano de Eduardo del Pino Vicente, ilustre historiador de la gente sin historia.



                                                                                             


jueves, 7 de junio de 2012

CECILIO PANIAGUA Y JESÚS DE PERCEVAL.

CECILIO PANIAGUA Y JESÚS DE PERCEVAL.
Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico La Voz de Almería, de 9 de diciembre de 2000. Postal enviada "Al precioso Pintor Jesús de Perceval" por los cineastas Cecilio Paniagua, Folco Lulli y Pinillo.  Noya, 1957.

"En una espléndida sesión conti­nua ve Almería sucederse eventos re­lacionados con el séptimo arte. Es  nuestra tierra, como bien pregona el slogan, tierra de cine, porque es precisamente eso, su tierra, lo que prestó como decorado para la recreación de títulos paisajes lejanos en los que se desarrollaron distantes escenas. Por sus ramblas, terrera y collados, tronaron los tiros y las cabalgadas de los héroes del cine del Oeste, en una especial versión que le valió el gastronómico calificativo de spaghetti western.

Por lo mismo que a aquel cínico pistolero, acogía esta tierra al miste­rioso árabe, al metálico romano o al belicoso yanqui:.. Y para hacer de unos y de otros vinieron los más so­nados actores de la época. Mientras los nativos se tenían que contentar con el papel del extra: atacar o huir, sentirse héroes y hasta fingirse muer­tos a cambio de unos dinerillos y siempre tras el disfraz, sumido en un anonimato del que era imposible sa­lir.

El almeriense, como tantas veces, seguía sin ser protagonista de su his­toria. Por eso resulta gratificante contar entre los "nuestros" con alguien del Cine que hubiera trabajado des­de el corazón mismo de este hecho artístico.
Y esté es el caso de Cecilio Pa­niagua (Terque 1912- Madrid 1979). Entrar yo en la biografía de este mag­nífico director de fotografía cinema­tográfica resulta, amén de lo impos­ible por mis escasos conocimientos sobre su trayectoria personal y pro­fesional, ocioso, pues a ello se vienen dedicando en estos días los conoce­dores de su obra.

Sólo pretendo dar unas notas so­bre sus inicios y su relación con Je­sús de Perceval, su amigo, otro ilus­tre de la tierra que también estuvo ­aunque con menos intensidad en el corazón de Cine y con el que man­tiene un paralelismo en su actividad artística.

Sabemos que Cecilio recibió la afición de su tío, según nos atestigua el hijo de éste, José Paniagua. El origen del interés por la fotografía en Perceval es algo que no se puede precisar. Lo cierto es que Jesús tenía nueve o diez años cuando se intere­só por una cámara fotográfica, con tanto empeño y rabietas que al fin vino una de Londres, entre el equi­paje de su tío Giussepe Benedetto Maresca.

Niñez
Su preocupación por la fotografía era ya patente en su niñez, como pude comprobar entre las fotos que de aquella época vi en su estudio: mu­chas manifestando ya la búsqueda de efectos artísticos, entre  otras estrictamente familiares.

Es de suponer que con la dife­rencia de dos años -mucha cuando se tienen pocos- debió Cecilio contri­buir a la reafirmación de Perceval en su interés por la fotografía, si es que no es a él a quien se lo debe. El caso es que ambos se interesaban por sus respectivos quehaceres intercambiándose cuadros, pues Paniagua era también admirable acuarelista.

Las fotografías expuestas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1931 constituyen un éxito
que abrirá a Cecilio el mundo del Cine, una puerta en que jamás había pensado, y por la que entró aquel mismo año con Saudade, un documental de Car­los de Vel
Si Paniagua fue alumno de la Es­cuela de Artes, debió terminar con lógica anterioridad a su amigo Perceval. En aquel edificio de la calle Ja­vier Sanz -hoy instituto Celia Viñas- con­currirán juntos a la Exposición de Bellas Artes de 1934, en la que triun­farán: uno con la medalla de oro en Fotografía y otro con el premio del Presidente de la República. Llevó Pa­niagua dos fotos: un chiquillo viva­racho y greñudo y una vieja de velo negro y mirada interrogante. Perce­val dos óleos con tipos grotescos, uno de ellos acompañado al autorretrato del autor, que entonces andaba en su época de influencia zuluaguesca.

La dichosa Guerra les sorpren­dió en bandos distintos; Cecilio en Jerez -donde montó un estudio y lle­vó a cabo numerosos documentales­ y Jesús en Madrid, con unos anar­quistas con los que hizo el viaje a Va­lencia en un soberbio coche requi­sado a no sé qué duque, y ¡rodando documentales en el trayecto!

Las fotos y el cine documental que Jesús Perceval rodó en Valencia, sede del gobierno republicano, se perdieron por razones obvias y pien­so que jamás aparecerán. Más facti­ble se me antoja la recuperación del documental Mojácar que rodó, con guión suyo, con el productor Sobrado de Onega y el operador Andrés Pérez Cubero. Era -decía el propio Je­sús- la primera vez que se recogían para el cine los montes de Tabernas.

Corría el año 1939. Y faltaban 15 años para que se rodara Sierra Maldita, la primera de las películas de Almería. Después vendría Almería y la uva, otro documental suyo rodado el mismo año de Una herencia en París, el primer largometraje de Paniagua (1940).

Por aquellos años llevó Jesús a cabo, animado por Juan Aparicio y José Miguel Naveros, infinidad de reportajes fotográficos por los pueblos y la Chanca, documentos que aún hoy sobrecogen por las condiciones en que plasman a las gentes que retratan.

Luego fue, en 1956, uno de los primeros colaboradores de AFAL... y siempre un activo en la fotografía, cuyo proceso lo realizaba completo, desde la toma en una de sus muchas máquinas al revelado en su labora­torio, una labor intensa si pensamos en el tiempo que otros proyectos le demandaban; una faceta de este artista que está por estudiar, velada en un segundo plano por su actividad pictórica, en la que tanto destacó.

El paralelismo de que les hablé se da, incluso, en el acierto al crear símbolos que, aunque distantes en el mensaje, lograron conectar con la gente. Y si no piensen en la botella de Tío Pepe vestido de flamenco, obra de Paniagua, o en el Indalo de Perceval. Jesús no dejó jamás de prac­ticar la fotografía; imagino que lo mismo ocurriría con Cecilio en cuan­to a la acuarela y al dibujo. Los dos artistas jugaban con ventaja para ha­cer incursiones con éxito en sus res­pectivos campos. Sabían mucho de luces, de sombras y de composición. Quizás por eso congeniaron tanto.
José Luis Ruz