domingo, 8 de agosto de 2021

¡INDALICO: SIÉNTATE EN EL TRANCO!

 


¡INDALICO: SIÉNTATE EN EL TRANCO! Almería, dudosa Andalucía.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 28 de febrero de 2021. Montaje de ilustración del autor.


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Aguadulce de Sevilla, verano de 1950. Un niño corretea en la calle Chica, que es también carretera general a la que de tarde en tarde torna peligrosa el paso de algún vehículo; ruido lejano de un motor y una voz de mujer grita ordenando: ¡Indalico: siéntate en el tranco!

Todo el vecindario frunce el ceño en busca de traducción. Ni Indalico ni tranco están en su vocabulario. Hasta que al fin se enteran de que el pequeño  Indalecio debe sentarse en el rebate de la puerta en acatamiento de la orden protectora de la madre de familia. Familia a la que Almería, que aún no sabe que es rica, ha mandado a la siega para que todos sus miembros en edad de hoz se empleen duro bajo uno de los soles más despiadados de España. 


Aunque intrascendente, este relato es una manifestación más de la dudosa condición andaluza de la tierra almeriense a la que me voy seguir refiriendo a través de un documento de finales del siglo XVIII conservado en el archivo de casa. Andaban jugando a las cartas unos campesinos en Senés cuando surge la discusión y naipes y viejos rencores de lindes se aúnan para derribar, herido de muerte, a uno de los jugadores. En las respuestas al tratar de situar en el tiempo su relación con la víctima varios testigos fijan hechos ocurridos antes o después "de ir a trabajar a Andalucía". Así,  no a Sevilla ni a Córdoba,  "a Andalucía" con la seguridad del que sabe que no está en ella, del que la mira de lejos.


Limitada por el mar en línea precisa y por tierra en borrosas lindes, Almería  comienza a ser murciana en Los Castaños, cuando las casas se cubren de teja y a medida que ascendemos levante arriba, Murcia arrecia y se bautiza Ginés, hay michirones en los platos, se mide la tierra por tahullas, resuena con fuerza el ico que hace grande a nuestros diminutivos... y cuando ya llegamos a la frontera, nuestro finis terrae oficial, nos encontramos a Huércal Overa recordándonos desde su escudo como ella fue el ojito derecho de mamá Lorca hasta 1668. 


Y entonces nos explicamos por qué los viejos planos de los Vélez llaman "carretera de Andalucía" a la que allí se dirige y que "Almería tiene más de levantisca y de murciana que de andaluza", según asegura en 1854 Pedro Antonio de Alarcón con mucha razón en esto y ninguna en el negarle con su silencio a la Almería alpujarreña y del norte su condición granadina. Sin que esto sea tampoco sinónimo de andaluz pues Granada es una Andalucía necesitada de apellido: Oriental y diríamos que con Jaén y Almería una Andalucía dudosa, "con reparo" como en lo moral clasificaba la censura las películas de mi niñez; vamos, que si Luisa Linares  en vez de Jaén se hubiera ocupado de nosotros, habría cantado con su voz de plata almagrera y sus  Galindos : "Hay quien dice de Almería, / que no es su tierra andaluza."


"Yo quisiera que esa gente, / me vinieran a decir / a qué región pertenece."  Y yo, Luisa. Pero para tu duda solo tengo otra pregunta: ¿Qué es Almería? Para mí la Almería-Almería es la tierra de su obispado, pero no como hoy lo conocemos sino exceptuando también sus pueblos del río Almanzora, señoríos de los Vélez, propios del partido de Baza y su vicaría y por esta del adelantamiento de Cazorla lo que le permitía al arzobispado de Toledo presumir de llegar al mar, de bañarse en su playa cuevana de Villaricos, sobre las ruinas de la antigua ciudad fenicia-romana de Baria hoy, ahora mismo, en el ojo tuerto de la especulación.


Un obispado cuyo alcance a poniente se limitaba a Felix, Enix y Vícar de los que nació ya en el siglo XIX La Mojonera, así llamada por la hilera de mojones frontera del partido de Almería con el de Ugíjar al que, con otros cuarenta pueblos de la Alpujarra pertenecían Adra, Berja y Dalías como ocurría también con los del medio y alto Andarax, todos de Granada en lo civil y en lo eclesiástico como Fiñana, Abla y Abrucena, en el río Nacimiento, lo eran de Guadix, hasta que hace unos sesenta años pasaron al obispado almeriense.


Estos días zumba en los medios un abejorro quejoso del acento de un anuncio de la Junta referido al 28F; le resulta muy castellano  y él lo quiere andaluz; pues nada, que el insecto tabarra elija uno -córdoba, sevilla o cádiz- y entonces serán todos los abejorros de bien de nuestros invernaderos los que zumbarán indignados por algo que no les representa. Ante el desacuerdo lo más sensato sería que desde las ondas nos siguiera hablando la voz hermosa del anuncio, la común que un día nos enseñara el más querido de nuestros tatarabuelos, don Perfecto Castellano. 


Uno más, este del habla, de los problemas que Almería tiene con sus límites, siempre imprecisos. Nadie sabe dónde empieza y termina su fandango y su taranto,  ni cuándo su semana santa modesta se hizo sevillana como su feria, hasta en su versión del mediodía emulada con heroísmo pues aquí son de agosto y no abrileños los mediodías… sudores de gota gorda en un baile por sevillanas del que siempre sale sofocada y maltrecha, flor o peineta descolocada, la identidad almeriense.


Las fronteras, claras en los mapas y difusas en la realidad, son líneas casi siempre de artificio y en ocasiones hasta de demencia como cuando se trazó en 1822 el borrador de la provincia que dejaba Adra en Granada ¡y su vega en Almería!.. Pero no todo es malo en esta indefinición. A veces hasta ayuda: pienso en aquel que un día fue enamorado y anda siempre preguntándose por lo que pudo haber sido y no fue… no le resuelve la incógnita pero le ayuda a seguir amando: lo indefinido, al contrario que lo limitado, siempre nos permite idealizar a conveniencia, que es el modo que tenemos de crear cuando jugamos a ser dioses. Tal vez por esto hubo quien propuso comunidad con Murcia, quizá de ahí el voto negativo de Almería en el referéndum andaluz en 1980; trazas de rebelión contra la autonomía, como si aquel niño de la carretera, queriendo vivir libre sus juegos, se hubiera pasado por el forro la orden de su madre: ¡Indalico: siéntate en el tranco!"





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