sábado, 7 de agosto de 2021

LA MUERTE MENOS TEMIDA.



LA MUERTE MENOS TEMIDA. El cementerio viejo de Berja.

Artículo de José Luis Ruz Márquez publicado en el periódico Diario de Almería de 1 de noviembre de 202. Dibujo del autor. 

"Cuando en 1814 se retiran los franceses dejan un país en ruinas pero también, no sé si en desagravio de tanto como robaron, muchos gérmenes de modernidad, entre los que se halla el cementerio tal como lo conocemos hoy, en el extrarradio y con el viento adecuado, para sustituir los enterramientos en el templo o a su alrededor, como aún pudimos ver en Alcolea y La Alquería.

Con este criterio construyó Berja su primer camposanto en el "rincón de Alegría" -que vaya la guasa- dando respuesta a la reclamación hecha en 1807 por el médico don Martín de los Llanos, un personaje llamado a convertirse en el hombre fuerte de los franceses durante el tiempo en que ocuparon la villa.

Hace medio siglo, cuando me lo encontré en uno de mis primeros paseos por Berja ya llevaba, según contaban las lápidas, setenta años de inactividad y muchos de abandono; pese a lo cual conservaba un aire solemne y romántico, un lugar que impresionaba y atraía a la vez, quizá por compasión al verlo tan sometido al vandalismo, a la acción erosiva del niño, a la machada del bárbaro y a la simpleza del iluso que espera oro de donde solo hay polvo, ceniza y nada... Y fosas hundidas, nichos profanados, lápidas rotas, huesos esparcidos...

Tanta muerte era, sin embargo, un compendio de la vida de Berja en el siglo XIX; una foto fija que se iba animando con la lectura de las inscripciones, una especie de túnel del tiempo por el que te adentrabas en la sociedad virgitana de la mano, pelada, de sus protagonistas.

Aún latía entre aquellos muros la guerra contra Francia en la bella lápida de 1852, creo  recordar de mármol blanco con epitafio y guerreros esculpidos, de don Francisco Antonio Godoy Peralta, héroe de aquella contienda, senador del Reino... 

Frente al orgullo justificado de esta lápida glosadora de las acciones patrióticas de aquel prócer, la vanidad de esta otra: la de: "El señor don José del Moral y Valbuena / hijo de los Excelentísimos Señores Marqueses de Íniza / que nació el 2 de febrero de 1866 a las 4 de la tarde/ y falleció  a los ocho minutos", un pobre niño al que en un suspiro de vida le dió tiempo a ser, merced a la soberbia de sus padres, si no excelentísimo como ellos, sí brevísimo "señor don".

En aquellas visitas estuve ante el minero, el labrador, el empresario, el ingeniero... los artífices de un siglo, el XIX, próspero para Berja, formados en una larga fila en la que de se destacaban algunas reminiscencias del antiguo régimen como don Nicolás de la Joya Oliver, alcaide de una de las fortalezas de la Alhambra, un hidalgo, un familiar de la Inquisición...

Y estuve también ante los extranjeros, casi todos equivocados de religión y por ello recluidos con los ateos, los suicidas y demás heterodoxos en el pequeño recinto civil, donde destacaba entre los hombres una sola mujer: doña María Rodríguez de Antequera, que se fue de este mundo con veinticuatro años en 1850 siendo despedida por su anónimo esposo con un poema que concluía así: " tu valor despreció los infernales / anatemas de secta y convencida / fuiste, para tu gloria y su tormento / el emblema del Libre Pensamiento".

Tomé notas e hice dibujos de las lápidas más singulares y curiosas; dejé "para más adelante", que es como decir "para nunca", su registro fotográfico en una época en que el fotografiar no era la tarea fácil de ahora, sin que esto sirva de nada en descargo de mi culpa, que la tengo. Como la tenemos todos al menos por omisos, en especial el titular del cementerio -no sé si la iglesia o el ayuntamiento- y sobre todo el propio pueblo, ninguno de los cuales puede sacar pecho de su actitud ante este inexplicable abandono. Así es que entre las muchas cosas que tiene Berja para enorgullecerse no es precisamente esta una de ellas.

Además del sentimental existe otro aspecto, el referido a lo histórico-cultural, desatendido al no haberse actuado a su debido tiempo cuando el destrozo no era tan avanzado, perdiéndose la ocasión de formar un muestrario de lápidas singulares, así como la transcripción de todas, labor esta que hubiera supuesto la recuperación de un siglo de genealogía virgitana quemada en 1936.

No hace mucho tiempo se procedió al traslado de los restos al cementerio municipal, un acto de justicia tardío apenas reparador del mucho abandono padecido por la  memoria de nuestros antepasados en aquel, más que santo, campoagravio, pues nunca se podría emplear mejor que en este caso el dicho "!Qué solos se quedan los muertos!" que en burdo quiere decir "el muerto al hoyo", pero una cosa es que se queden y otra que los dejemos, además de solos, desenterrados.

No hace falta nada más que ponernos en su lugar -que nos pondremos- para entender que no está bien olvidarnos de los difuntos, hacer como que no los vemos o tocar madera cuando otros los nombran. Mejor nos iría afrontando la muerte sin miedo, tal como aconseja el lema del escudo del linaje hidalgo de Valdivia, muy presente en Berja: La muerte menos temida da más vida."



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